Disciplina artística: Literatura Biografía: El camino que un joven como él tenía por delante en la Salta de los años de 1940 no parecía destinado –por provinciana lógica- a desembocar sólo en una vocación literaria sino en un modo humano de ser que luce en Aráoz tanto como aquélla. Segundo hijo de una familia con cuatro, Aráoz comenzó a escribir a los 13 y a editar a los 17 años en las páginas literarias de "El Pueblo" y "El Intransigente". Ser hijo de un prominente dirigente político, el último del partido conservador que ocupó la gobernación de Salta, era un dato que marcaba otros derroteros más frívolos o más rentables.
"Escribí desde chico y me animé a publicar hacia el final de mis estudios secundarios en Salta. Lo primero fue un relato inspirado en Río Blanco, donde pasaba mis vacaciones de verano. Estaba en cama afectado por una osteomielitis y allí me inicié". Su padre había publicado por entonces una media docena de libros con relatos, ensayos históricos y discursos políticos.
"Mi padre fue un directo incitador de mi vocación, un animador de mis escarceos literarios. El era un escritor de raza pero repartió su tiempo entre la política y la literatura con el resultado que la primera se tragó a la segunda. Esto le impidió vertebrar una producción literaria constante. Su "Diablito del Cabildo" me parece un texto muy logrado junto a alguno de sus relatos", pondera Aráoz.
La juventud lo acerca a otros jóvenes "inquietos". Al nombre de los venerables de la literatura salteña –Castellanos y luego Juan Carlos Dávalos- sucedió una generación intermedia donde aparecían nombres como los de Luzzatto, Carlos Mario Barbarán Alvarado o Julio Díaz Villalba. Luzzatto produjo un giro copernicano en las letras salteñas, dice. Dávalos era un modelo sobre todo de llevar la vida, y un prosista que dejó páginas que el tiempo se encargó de valorizar.
Batirse por la estética
Uno de ellos, refiere la "epidemia de duelos" que afectó a Salta en las primeras décadas de ese siglo agitado. En seis meses anotó Dávalos 47 duelos efectuados sin que en ningún caso el intercambio de pistoletazos dejara un muerto en el campo del honor. Un comentario al libro de Mirta Delia Blanco donde el poeta José María Mirau, director de "El Pueblo", fustigaba los nuevos vientos estéticos que soplaban por Salta, produjo una reacción contraria en Aráoz Anzoátegui.
Duelos por rencillas políticas eran frecuentes pero éste, por diferencias literarias, asombró tanto que saltó a la primera plana de "Crítica" en Buenos Aires. "La sangre no llegó al río", comenta sonriendo Aráoz. Los padrinos de los duelistas zanjaron el pleito aunque no se sabe si se conserva en algún sitio el acta conciliatoria, seguramente una perla perdida para siempre.
En esa época se formó el terceto entre Aráoz, Manuel J. Castilla y José Fernández Molina. A Castilla lo conoció en la casa del pintor José Casto. Los jóvenes no podían dejar de peregrinar hacia las fuentes del "Cancionero Popular" que Juan Alfonso Carrizo recopiló, cuaderno en mano y a lomo de mula, por todo el Noroeste. La copla rescatada en los perdidos valles resultaba descender por línea directa –aunque mestizada- del cancionero castellano, de la poesía arábigo-andaluza.
En 1941 obtiene su primer premio con la "Elegía a Lavalle". De ese tiempo es también el poema a Federico Gauffin, a quien conoció como enjuto árbol caído en su lecho de enfermo. Allí lo trató. A Dávalos lo frecuentó en su parada habitual del Café del Japonés frente al diario "El Intransigente", donde las charlas se prolongaban sin medida.
El paso de los años
Aráoz no sólo escribió sino que dejó escribir, como de igual modo lo hiciera José Juan Botelli cuando nos animó a los jóvenes de más tarde a meternos temerariamente en sus páginas literarias. Aráoz recuerda aquellas heroicas, que demandaban desvelos en el taller. Era "la página de los locos". Scotti ilustraba algunas de ellas. "El Círculo" fue otro centro propulsor de la actividad cultural salteña y llegó a editar un periódico puramente cultural donde vieron la luz los primeros trabajos de Walter Adet, Jacobo Regen, Carlos H. Aparicio, Miguel Angel Pérez y Juan José Hernández. Antes se levantó "La Carpa" en torno de Raúl Galán. Fue un ensayo de diálogo regional que marcó una época. Luego tomó el relevo "Tarja" en Jujuy "hermosa revista donde estaban Busigniani, Groppa, Calvetti, Fidalgo, Medardo Pantoja".
Los recuerdos no permiten esa austeridad de palabras de la poesía. Recuerda a José Hernán Figueroa Aráoz, su amistad en Buenos Aires con Jacinto Grau, sus charlas con Roberto Arlt y Mariani. Director de Cultura primero, y luego de Radio Nacional, Aráoz acercó a hombres de todas las vertientes. La censura nos fue un arma entre sus manos. "sucedí a Perdiguero en Cultura luego de 1955 y continué muchos de sus buenos proyectos", dice. En la radio atrajo una tertulia literaria que acercó a Salta a Borges, Sábato, Luis Franco, Mallea y muchísimos más.
No sólo poeta, también ensayista. Después de veintitantos años, releer alguno de sus trabajos pueden sorprender por su poder intuitivo: habla del empequeñecimiento de nuestro interior como causal más gravitante de la debilidad del federalismo; cuestiona el pasado estático y muerto; detecta el mal de la incomunicación, la falta de diálogo humano en el país y la región; defiende una cultura sin censuras. El único modo de ser universales "es ser tal cual somos", dice. Recusa al folclorismo para la exportación, y a lo telúrico de cartón piedra y por encargo.
No sólo poeta y ensayista, también editor. En cuidadas ediciones salieron de Limache primeras ediciones de las "Tradiciones Históricas" de Bernardo Frías, además de reediciones de Juan Carlos Dávalos, Daniel Ovejero, Ernesto Díaz Villalba o Federico Gauffin. A eso se añade su condición de, como se dice ahora, gestor y animador cultural. Aunque no se diga, a Raúl y a Renée pertenecen la idea y la organización de los primeros Festivales Latinoamericanos del Folklore.
Masca la pipa mientras habla. La tiene adiestrada para dejarle conversar mientras arroja ese humo aromatizado de un tabaco que carga y descarga, que aviva con su aspiración. El tiempo es el gran antologista. Sus vientos barren la hojarasca, instituyen un inapelable tribunal que discierne cualidades.
Sus manos saben amasar palabras. "No busco la metáfora brillante", explica. Más que un ensayista erudito se dice "lector atento". "Lo mío vocacionalmente es la poesía. Si soy poeta por obra de Dios o del Demonio no es pregunta que pueda ni deba responder. Hay obras que tienen vigencia en un momento y luego se eclipsan. Y las hay que con el tiempo son reconocidas. Personalmente sólo aspiro a vivir, aunque sea modestamente, dentro de esa gran nebulosa que gira en torna de los grandes creadores. Aspiro a estar en alguna medida en los suburbios de la cultura de mi tiempo".
Basta mirarle a los ojos y oírle hablar para saber que lo dice con esa natural humildad que le hace tener no sólo calidad poética sino calidad y calidez humana. Lo que, muchas veces, son virtudes difíciles de ver caminar juntas.
Texto gentileza de Gregorio Caro Figueroa
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