El habla hispana está llena de anglicismos con los que convivimos de un modo más bien pacífico. Resulta casi inevitable y es, hasta cierto punto, beneficioso que ambas lenguas, la castellana y la inglesa, por su riqueza y su dinamismo, se influyan mutuamente, para ensanchar los horizontes de una y de otra, así como para favorecer la comunicación entre ambas culturas.
La primera impresión desde la niñez, es que el ser humano no es otra cosa que lo que refleja el espejo. Mirarse al espejo y decir “ese soy yo”, es lo que le acontece a todos y para esta certeza no precisa de enseñanza alguna; lo descubre por sí. Se podría decir que es la respuesta a la pregunta: ¿Qué soy yo? En efecto, yo soy “eso” que refleja el espejo. Sin pura conciencia del hallazgo, cada niño crece con el convencimiento, acertado, que es “eso”; que no es ninguno de los demás. Es la primera afirmación de la personalidad que se manifiesta con deseos caprichosos y actos expresos de voluntad que de ordinario contradicen los deseos de los mayores creándose un conflicto permanente que a veces se suaviza con el tiempo, y así acontece porque cada cual tiene una voluntad singular dirigida por sus requerimientos interiores, racionales o arbitrarios.
Se entiende por avatar la encarnación terrenal de un Dios. Más estrictamente y teniendo en cuenta el origen sánscrito de la palabra, esta encarnación esta vinculada de modo esencial a un “descendimiento” en el sentido de que los dioses descienden de sus ámbitos celestiales a los terrenales para cumplir con alguna misión que ellos mismos se imponen o que les imponen dioses de categoría superior.
La progresía como meta de una existencia provechosa es algo que hoy todos los jóvenes de modo especial y también muchos adultos persiguen con denuedo. Ser “progre” es un grado en esta vida de estrés y ansiedad, y también de libertades ilimitadas. Nada hay más repulsivo que lo “retro”, esa manera oscura de ver las cosas y de planificar una vida vestida de traje y corbata; en efecto, nada más deplorable para el sentimiento progresista de vida cómoda que estas tinieblas medievales. Al tema le dedicaremos algunos pocos comentarios de los tantos que se podrían tomar en consideración.
Cuando tenía yo diez años, la curiosidad infantil me llevó a entrar, sin permiso, a un pequeño cuarto de un instituto de inglés de Salta, en el que acababa de matricularme y en donde me encontré con una abundante cantidad de propaganda anticomunista, retratos ciertamente bellos del ya finado presidente Kennedy y una gran cantidad de material impreso que hablaba de aquello -tan incomprensible para un niño- de la "Alianza Para el Progreso".