Cuatro décadas de historia nacional se condensan, de algún modo, en el cambio de perspectiva de Caro Figueroa. Del análisis social (más que historia) militante, al servicio de un ideal revolucionario sin perder rigor, el autor se ha ido aproximando a un planteo que
recuerda vagamente al de Gilberto Freyre en su "Casa Grande e Senzala" **. Se podría, y no faltará quien lo haga, hablar de cuestiones personales e individuales. No nos sumamos a ese espíritu, entre otras cosas porque resulta de escasa utilidad: en cuestiones de política e historia, un vuelco personal siempre adquiere significación por el contexto general en que está inmerso.
En el sitio Saltagaucha.org.ar, y con el título “Tonada del Primer Mundo”, el historiador salteño Abel Eduardo Pereyra incluye una referencia crítica al libro “Historia de la Gente Decente”. Pereyra advierte la escasez de aportes referidos a la historia de Salta durante el siglo XX, vacío que se propone cubrir con una síntesis de ese período.
El 29 de
septiembre pasado,
la Corte
de Justicia de Salta
dictó un fallo que
tuvo mucha
repercusión en Salta
y casi
nada a nivel
nacional.
Iruya.com
publicó
íntegro ese texto e
incluyó varios
artículos de opinión
sobre el llamado
caso “José Fabián
Ruiz”, un wichí
acusado
de violación y abuso
deshonesto en
perjuicio de una
menor de su misma
etnia.
Detrás de las
argumentaciones
jurídicas emerge la
punta de un iceberg:
la
ajetreada “cuestión”
aborigen, uno de los
temas pendientes más
delicados en
Latinoamérica.
Desde mucho tiempo
antes, Dios había
anunciado al pueblo
de Israel, por medio
de sus profetas, que
enviaría un Mesías,
un “ungido”, para
liberarlo. En el
antiguo Israel se
ungían a los reyes y
a los sacerdotes, de
modo que ellos
entendieron que Dios
les daría un gran
caudillo, como el
rey David, que les
permitiera terminar
con la sumisión a
los poderosos de
entonces,
sucesivamente los
reyes de
Mesopotamia, de
Persia, de Grecia o
de Roma. Fueron
muchos los anuncios;
algunos intuían ya
el verdadero
carácter del enviado
de Dios.
A ver qué significa realmente el escrache. Si miramos bien, quizás comprendamos mejor su sentido político y su dimensión ética. Es importante hacerlo, ya que el escrache se practica como si fuera una épica moral, una epopeya justiciera, una gesta de la memoria colectiva. Y por cierto, tengo buenas razones para pensar que no es nada de eso.