El nazismo ha sido un espectáculo. Una tragedia griega en la que todos mueren. El argumento, a primera vista insólito, atrajo el entusiasmo de germanos y extranjeros, ávidos de ideas nuevas en una Europa económica y moralmente debilitada en el período entre las dos guerras. El argumento geopolítico y la recuperación de la dignidad alemana fueron las banderas enarboladas con pasión. Esas banderas estaban tejidas con trama y urdimbres mayormente ignoradas, sólo aireadas al conocimiento público después de la caída del Tercer Reich. Lo extraño es que esta estructura proteica fue lo menos destacable en el estudio post bélico del fenómeno nazi. El interés se centró siempre en lo externo, en la imagen y no en el significado. En este breve estudio trataremos de penetrar en ese ámbito casi despreciado por los historiadores, salvo excepciones, que siempre las hay, y en cuanto a la estructura del nazismo, nos referimos aquí a la ideológica, como reza el título, y no a la militar o a la de los hechos consumados con su política practicada en Alemania y el resto de Europa.
Durante la campaña electoral que la llevó a la presidencia, Cristina Fernández de Kirchner expuso – como una de las ideas-fuerza de su discurso – su voluntad de promover una “concertación plural” en Argentina. En España, en el contexto de una grave crisis financiera internacional, aumento de la inflación y sensibles recortes en las previsiones de crecimiento (con el inevitable aumento del desempleo) Rodríguez Zapatero, que afronta unas difíciles elecciones dentro de unos días, se refirió también a la concertación social como una de sus grandes apuestas. Es decir, ambos líderes políticos se refirieron al mismo método para abordar una situación económica y social compleja: el diálogo con los actores sociales para tratar de llegar a acuerdos que puedan traducirse en leyes que aprobará el parlamento, en políticas que consoliden la acción del gobierno y en convenios colectivos que rijan las relaciones laborales entre trabajadores y empresarios.
Un amigo mío -potencial suicida- se empeñaba en hacerme ver la trágica contradicción lingüística existente entre las acciones de "caer al vacío" e "impactar de lleno". Nunca supe si mi amigo era de aquellos semioptimistas que ven el vaso siempre medio lleno o si, por el contrario, pertenecía al bando de los semipesimistas, que lo ven medio vacío.
Durante la Gran Guerra (1914-1918), Alemania enfrentada a los aliados de siempre justificó su ayuda a Lenin con la necesidad de cerrar el frente oriental. La consecuencia fue la desbastación del zarismo con la ejecución de toda la familia imperial y la implantación de un Estado con un sistema político rígido basado en la aniquilación del capitalismo, la implantación de la comunidad de bienes con una única propiedad en manos del poder político, y una interdicción absoluta de lo sagrado, liberando así a los pueblos del opio de las religiones. El ataque quedó centrado en la religión que tenían a mano es decir, el cristianismo ortodoxo de la Rusia zarista.
Hace un tiempo, en Sevilla, cuando me dirigía en un taxi hacia el aeropuerto, pasamos frente al estadio del club Betis. “Recuerdo – me dijo el taxista – que, cuando yo era un niño mi padre me trajo a este campo a ver a nuestro equipo contra el Real Madrid. ¡A pesar de que vinieron con Di Stéfano, les hemos plantado cara y hemos empatado!”. Cuatro décadas después, este hombre conservaba en su memoria esta pequeña hazaña deportiva. Porque, efectivamente, en aquella época jugarle de igual a igual al Real Madrid era un éxito aunque sólo se lograra un empate en cancha propia.