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¿Quién se bebió el Susam Samroju? PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Luis Caro Figueroa, el domingo, 01 de marzo de 2009 (Ha sido leído 2080 veces)
Poco antes de finalizar el año parlamentario argentino de 1973, un grupo de senadores nacionales, entre los que se encontraba mi padre, recibió la visita del flamante Embajador de Corea del Norte en la República Argentina. Ambos países habían establecido relaciones diplomáticas el 1 de junio de aquel mismo año, tras una declaración conjunta firmada por el entonces canciller argentino Juan Carlos Puig y el vicepresidente de la República Popular Democrática de Corea, Kang, Ryang-uk. Tras conversar con los legisladores sobre temas relacionados con futuro convenio comercial que vincularía a ambos países, si bien por un breve espacio de tiempo, el cordial diplomático obsequió a sus anfitriones con una serie de productos tradicionales de aquel país, entre los que sobresalían notablemente unos botellines de un potentísimo aguardiente coreano llamado Susam Samroju.

Korean Ginseng Drink
Korean Ginseng Drink
Como es de suponer, aquellas botellitas fueron a parar a nuestra casa de Buenos Aires. Allí encontraron difícil acomodo en un improvisado bar de un mueble más o menos antiguo, en donde, en vez de almacenar bebidas, los dueños de casa guardaban los tomos de una vieja enciclopedia cultural por fascículos que, además, estaba incompleta y a punto de disgregarse por falta de una encuadernación adecuada.

Las botellitas, de unos 350 cl de capacidad, poseían un gran atractivo visual y olfativo. Llamaban la atención por su brillante etiqueta de color rojo y letras doradas, así como por el hecho de que en el interior de cada una de ellas se conservaba una raíz de ginseng que más se parecía al cuerpo de un reptil muerto que a otra cosa. Bastaba con darle sólo media vuelta a la tapa para que las botellas comenzaran a emanar un intenso olor a alcohol, muy parecido al que desprendía el prolijo maletín del enfermero salteño don José Choque, que durante los años sesenta, acostumbraba reforzar la asepsia de sus ya impecables intervenciones pinchantes con abundantes dosis de alcohol Albahaca de 96º.

Por un motivo o por otro, el mencionado Susam Samroju se había convertido en un objeto que infundía cierto respeto, cuando no una abierta desconfianza por su lejana procedencia, hasta el punto de que las botellitas permanecieron intactas durante más de un año, sin que a nadie se le ocurriera otra cosa más atrevida que enseñárselas a algún curioso de tanto en tanto, para que quedara impresionado con aquella raíz embebida, que de a ratos adoptaba la forma de una cola de iguana y por momentos se parecía a una delgada mano humana afectada de una severa artritis deformante.

Nadie sabía a ciencia cierta la fecha de caducidad del producto, al estar su etiquetado principal en idioma coreano, de modo que al cabo de un cierto tiempo dimos casi todos por hecho de que aquel aguardiente ya no era apto para el consumo humano, sobre todo porque sus vapores no sólo destilaban alcohol sino que también desprendían un fuerte olor a tierra. Tampoco era cuestión de deshacerse de las botellas, pues se suponía que aquellas bebidas tenían una milenaria historia, ya que su fabricación en Corea data nada menos que del siglo XIII, esto es, de la época de la invasión de la península por los mongoles.

Durante la cuaresma de 1975 los dueños de casa emprendieron un viaje al lejano oriente dejando la casa al cuidado de "los tres más chicos", entre los que se encontraba el que estas líneas escribe. Durante aquel tiempo nos dedicamos, casi exclusivamente, a exponer nuestros huesos, tan temeraria como innecesariamente, en partidos de fútbol auténticamente suicidas que disputábamos a diario, tanto en los bosques de Palermo, en las proximidades de los piletones de Obras Sanitarias de la Nación, como en el amplio terreno que quedó vacío después de la demolición de la vieja Penitenciaría Nacional, en la esquina de las avenidas Las Heras y Coronel Díaz, donde funcionó la cárcel de máxima seguridad en la que cayó fusilado el general Juan José Valle en 1955.

Menos fusilamientos, uno podía llegar a enfrentar cualquier peligro en aquellos solitarios espacios verdes. En una cierta ocasión nos tocó enfrentar a un sólido equipo capitaneado por el eximio charanguista Jaime Torres, al que nos empeñamos en poner las cosas difíciles hasta el final del partido, para disgusto del artista pero, especialmente, de sus guitarristas, quenistas y percusionistas, que integraban también su equipo de fútbol y que hicieron en todo momento gala de un carácter más bien agrio, vociferando aquello de "¡suba chico! ¡baje chico!". El encuentro que nos enfrentó a los folkloristas no fue de "hacha y tiza", sino más bien de "erke, charango y bombo", como reza el carnavalito más famoso que conoce nuestro folklore.

Por aquellos días de libertad adolescente dejábamos nuestra casa al cuidado de un allegado salteño, político en activo, que nos hacía "visitas solidarias", compatibles con nuestra condición de estudiantes a cargo de la casa paterna. Con el correr de los años, descubrimos que el visitante, además de algunas malas mañas conocidas, ocultaba otras tan perversas como, por ejemplo, su condición de avieso confidente de los servicios de inteligencia de una de las Fuerzas Armadas. Nada que nos inquietase especialmente, sobre todo después de habernos fajado metro a metro con el indomable Jaime Torres, sus pantorrillas de acero, y su correoso equipo de músicos. Y de haberlo hecho en aquellos terrenos bravos, allí donde sólo una delgada línea separa la vida de la muerte.

Al regresar a casa tras disputar aquel inolvidable partido, encontramos a nuestro interesado huésped derrumbado sobre un camastro, presa de un sueño sospechosamente profundo, envuelto en un vapor sutilísimo difícil de identificar. Sin poder hacer nada para que recobrara el conocimiento y reanudara sus labores profesionales de observación y vigilancia, nos dirigimos al salón de la casa, intrigados por saber algo más de la trayectoria de don Jaime Torres y de su temible -futbolísticamente hablando- conjunto folklórico. Alguien entonces abrió aquel bar, pretendiendo echar mano de aquella enciclopedia incompleta, pero el hallazgo no pudo ser más sorprendente: Las botellas de Susam Samroju habían sido reducidas una a una, hasta la última gota, y las raíces de ginseng chupadas hasta convertirse en delgadas hilachas antes de ser colocadas nuevamente dentro de los recipientes. Por no quedar, no había quedado ni el olor a aguardiente, ni el olor a tierra. Sólo se salvaron las etiquetas y el vidrio, pues hasta el corcho que protegía las tapas metálicas había desaparecido.

Todas las miradas se dirigieron entonces hacia aquel lecho pobre y desaliñado en donde descansaba sus huesos el confidente, al que ya se sabía capaz de coronar hazañas como esta y de lucirse paradas etílicas aun más bravas. Las evidencias lo condenaron de por vida, pero pensamos entonces que sería castigo suficiente a su abuso de confianza el solo hecho de que su organismo se viera obligado a metabolizar, en solo unas pocas horas, aquel tremendo alcohol terroso, presuntamente caducado, digno del alambique infernal del mismísimo Alí El Químico. Pero los antecedentes eran ampliamente favorables a nuestro personaje: Un par de años atrás, durante un salvaje asado de carnaval en Cerrillos, el hombre se había bebido unas cuantas medidas de whisky escocés en un vaso lleno de talco, sin apenas darse cuenta de la mezcolanza. Y si no fuera aquel suficiente castigo, confiábamos en que una milenaria maldición coreana descendería sobre él y lo convertiría en una estrambótica iguana tuerta.

Los años posteriores sirvieron para ayudarnos a perdonar aquel abuso. Me refiero al del aguardiente, ya que el del espionaje artero a domicilio todavía está en pleno proceso de elaboración. Si antes de aquel suceso del ginseng, el hombre ya estaba en la lista de "borrachos peligrosos", después de aquello se ganó un lugar prominente en el Olimpo de los bebedores compulsivos, ya que descubrimos que el famoso Susam Samroju, además de servir como bebida espirituosa, es empleado en las industrias textiles como base para algunas tinturas más bien persistentes.

Un cierto día vimos caminar al impenitente bebedor por una vereda solitaria, allí por donde la calle 25 de Mayo de Salta hace un recodo y desemboca en lo que fueran las antaño populares bodegas Giol. Al preguntarle a mi acompañante qué rara misión de la superioridad estaría desempeñando nuestro agente en la zona, me dijo: "Tal vez vino a la bodega a hacerse directamente una transfusión".


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