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Danilo Bonari PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Carlos Vázquez Iruzubieta, el martes, 02 de junio de 2009 (Ha sido leído 896 veces)
De vez en cuando se manifiesta una tendencia a recordar a personajes destacados de Salta, y es de desear que se convierta en un hábito noble y eficaz para que los salteños no diluyan entre la bruma del olvido tantas vidas que animaron con su presencia y su obra la esfera anímica del quehacer comprometido.

Danilo Bonari
Danilo Bonari
Entre los salteños que se han reservado buena parte de tan encomiable tarea viene siendo una y otra vez el sensible teclado (la pluma se decía en mi época), del Dr. José Armando Caro Figueroa, quien no recaló en el ámbito de los próceres (o quienes suponen serlo), sino que con reiteración ha dirigido su mirada y su memoria hacia personas populares aunque no famosas. En tantas ocasiones, Armando se “jugó el tipo” rescatando figuras auténticamente populares, sin que por ello se debiera entender que rechazaba el otro aspecto. En más de una ocasión le hice saber mi reconocimiento como salteño, por ese trabajo que abordaba simplezas de la vida cotidiana y que hoy quiero reiterar para confirmarle en letra impresa aquello que recibía de mí, en comentario privado.

Hoy me toca a mí y para el caso elegí a un personaje en el sentido más propio de la palabra. Un hombre al que tuve la suerte de conocer muy cercanamente y compartir largas conversaciones, y no referiré los temas porque para Danilo no había otro que la política. Bueno, hay que reconocer que cuando estaba necesitado de dinero, se volcaba en lo jurídico y ascendía a los mejores niveles del conocimiento y el trabajo judicial. No leía mucho mas, era intensamente intuitivo. Danilo, parroquiano infaltable del “Bar Los Tribunales”, reunía alrededor de su mesa a un buen número de oyentes.

Fue un radical fervoroso hasta que Frondizi partió en dos el Partido Radical para pactar con Perón y terminar elegido Presidente. Danilo Bonari se fue a la UCRI o se quedó en el radicalismo intransigente, el sector “más o menos de izquierdas” del Partido Unión Cívica Radical. A la hora de elegir candidato a Gobernador de Salta, todos pensaban que sería el elegido por su personalidad y sus luchas reconocidas; pero no, porque Frondizi prefirió a Bernardino Biella, con más medios económicos y propietario del Diario El Tribuno, juntamente con Raúl Decavi y Roberto Romero, que se quedó con todo, mientras sus socios “hacían política”.

A partir de entonces el rumbo de Danilo fue herético. Hizo campaña política a favor de Ricardo Durand y llegó a desempeñar el cargo de Ministro de la Corte de Justicia de Salta, no recuerdo bien si elegido por el partido de Ricardo Durand, un peronista que atendía a los necesitados con un clima de beneficencia al viejo estilo, o por el peronismo de entonces.

El de Danilo fue un peronismo vivo de palabra pero a mi juicio, poco sentido, y no porque no fuera un hombre atento a los requerimientos de las clases más humildes que lo fue, sino que talvez porque resoplara en los rincones de sus más hondos sentimientos su pasado radical. De ese radicalismo pertrechado para luchar con encono contra el Partido Demócrata Nacional (los derechones de siempre), que desapareció de la vida nacional con el primer triunfo de Perón. Aunque, es bueno reconocer que siguieron gobernando el país y la Provincia desde la sombra, que es como mejor se gobierna y nadie te molesta.

La derrota en las internas de aquellas elecciones en las que no pudo participar porque ocupó su lugar Bernardino Biella enfrentado a la Unión Cívica Radical del Pueblo, marcó, creo yo, todo lo que fue la vida futura de Danilo. Se pasaba las horas de la mañana en el “Bar Los Tribunales” opinando y dando clases de política cotidiana y analizando lo que había acontecido el día anterior para echar al viento su pronóstico de lo que ocurriría al siguiente día. Todos opinaban y lanzaban sus pronósticos. Por la tarde trabajaba en su estudio jurídico, poco, y todas las noches hasta cerca del amanecer, seguía con la política y sus consecuencias para la sociedad en ruedas de parroquianos del “Jockey Bar”, que abrió un día de no se supo cuándo y nunca más cerró sus puertas porque permanecía abierto día y noche.

Lo que le ocurrió a Danilo fue que no prendieron en él ciertas certezas que a muchos nos llega con la edad. Una de ellas, que siempre se presenta en nuestras vidas el día aquel en que decidimos que la lucha de pecho abierto ha concluido y que ya has hecho tu parte, bien o mal, pero que, en todo caso, ya es tarde para cambiarlo. Que lo que se perdió por “malhechura” o negligencia no es posible recoger en épocas postreras de la vida, y que no se debe insistir en lo que se perdió porque es irrecuperable.

Hay cosas que después de cierta edad te resbalan por la espalda sin alterar tu ánimo; y se las ve fluir hacia otros terrenos donde ya tus pies no pisan, hacia otros cielos que tus ojos no están ya interesados en mirar, en fin, que la vida te proporciona otras tareas que dimanan de nuevos intereses espirituales que están lejos ya de la lucha cotidiana, sencillamente porque no apetece encarar esa lucha. La tarea es inmensa, aunque de signo distinto. No lo fue para Danilo que se mantuvo firme en sus principios, lo que está muy bien, pero también en luchas casi juveniles a causa de un pasado que no por su culpa lo alejó de lo que hubiera podido ser; esto es, un honrado y eficaz gobernante de su provincia, tan necesitada de políticos inteligentes y decentes.

Digo finalmente, algo que es más importante que todo lo que aquí fue dicho: Danilo Bonari fue un hombre sencillo, honrado, solidario con sus amigos y por sobre todo, una buena persona. Un triunfador se encuentra en cada vuelta de la esquina pero, una persona buena de corazón, eso es más difícil. Danilo Bonari lo era, y eso me ha movido el interés de escribir este artículo.
 

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