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Historia y tradición
Salta, la ciudad inmóvil
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Salta, la ciudad inmóvil
| Salta, la ciudad inmóvil |
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Escrito por el martes, 09 de junio de 2009 (Ha sido leído 1108 veces) Era Salta, una ciudad inmóvil. Cada cosa en su sitio, como cada árbol, el frío de julio y las primaveras suaves. Estábamos en nuestro sitio los pocos que éramos en aquel espacio. Todo estaba allí, ocupando su lugar, aguardando que los años se sucedieran como las estaciones y los sentimientos. Nada se movía como no fueran las hojas lanceadas de los eucaliptos del parque. Había perros que circulaban por todas partes y a veces se escapaban de los gallineros de los barrios alejados del centro, algunos ejemplares que picoteaban entre los recovecos de las calles empedradas o simplemente de tierra, antes que empezaran a endurecerlas con cemento. Hoy se ha desperezado y se mueve con ansiedad. Cada mañana salen los salteños a la calle deambulando como poseídos de aquí hacia allá y da la impresión que rehacen el camino inverso para volver a empezar. Las calles están llenas de vehículos que se comportan con ferocidad contra los seres humanos. Las aceras llenas de gente que se empuja para llegar antes que los demás, quién sabe dónde, y nadie se percata del movimiento de las hojas de los eucaliptos porque el tiempo escasea, ni que hayan desaparecido los perros que a veces atropellaban los autos, y mucho menos de las gallinas huidas de sus cárceles porque prefieren picotear en el gallinero que sobre el asfalto. Ha adquirido esta ciudad algunos defectos de las grandes urbes y ninguna de las escasas virtudes que suelen tener. De aquella Salta espiritualmente innumerable ningún signo está visible. Todo se ha esfumado. Viejas casas donde vivieron hombres de rostros perdurables, han sido demolidas para levantar monumentales edificios de cristales y hormigón. Se sabía por aquel entonces, quiénes habitaban aquellas casas, y muchas otras porque todos estábamos enterados del lugar de reposo de cada salteño. El tiempo infatigable y la ambición destruyeron la visión de la ciudad inmóvil. Hoy se mueve todo sin destino ni concierto; simplemente, hay movimiento, y mucho, pero no se vislumbra el nuevo espíritu. Si toda la Creación se mueve, la ciudad de Salta se moverá fatalmente, como de hecho acontece; la cuestión es saber cuál es la clase de movimiento que la conduce y hacia qué laberinto. La ciudad de Salta ha limpiado su rostro y se ha coloreado las mejillas sin otro propósito que parecer más bella; no obstante, aquella “Salta La Linda” ha perdido toda su lindura para presumir de un rostro pasado por el salón del esteticista. Lo bello tiene el empuje de lo generalizado; es un concepto de ribetes académicos. Lo lindo es algo más humilde; bastante más humilde y por ende, más íntimo porque carece de presuntuosidad. A “Salta La Linda” sólo le queda el nombre y todos se ufanan sin razón, creyendo que sigue existiendo como siempre fue. Los salteños que llevan las riendas no aciertan en hallar la razón de ser de esta Salta, cambiada por completo. El cambio está hecho, pero no se conoce el destino de lo cambiado. Será por ello que se sigue mostrando a quienes la visitan, ese folklore que nació en la segunda década del siglo pasado y que se extendió con sabiduría popular durante al menos tres décadas. Después el invento de las cuatro voces con tres guitarras y un bombo se fue muriendo y cuando ya no había nada más que exprimir, se convirtió en una caricatura de lo que fueron sus versiones originales. Ahora se mueve todo, aunque sin mesura y destino cierto. Se ha cambiado la quietud por la movilidad y no se ve que con ello se haya ganado algo en lo que se ha dado en llamar “calidad de vida”. Todo esto, dejando al margen la contumaz realidad de la auto destrucción del argentino, un orgulloso suicida que parece complacido contemplando los escombros que los dueños del poder de todos los tiempos van dejando a su paso. Lo de Salta no es eso, es otra cosa. El presunto respeto por las tradiciones se ha convertido en moneda de cambio en la oferta turística. El traje de gaucho y en todo caso el poncho sobre el hombro para no perder el lustre salteño, han dejado de ser una seña de identidad para transformar una tradición respetable en un disfraz de alto rango. Lo propio sería llevar sin ostentación las raíces de un pasado original, para que sean los de afuera quienes descubran esas tradiciones hundidas en la inmovilidad. Nada más ridículo que mostrar o más bien, restregar en los ojos “de los de afuera” las señas de identidad de “Salta La linda”, que si es verdaderamente Linda, ya lo advertirán sin esfuerzo. A propósito de esto, llega a mi memoria la esperpéntica costumbre de “mostrar la casa” al visitante que atraviesa la puerta de calle por primera vez, a fin de recibir elogiosos comentarios y halagos desmedidos. Así se comportan los salteños desconcertados, de modo especial, los que mandan. No abandonan el poncho ni en las infernales siestas estivales. No se trata de elogiar el pasado por haber quedado atrás con recuerdos dulces, sino de distinguir entre lo que es progreso dominado por el hombre que lo diseña, o bien, la acumulación de cosas nuevas sin ton ni son y, por sobre todo, acumulación de riquezas. Es algo como el síndrome de Diógenes, pero al revés. Perder las espirituales señas de identidad es demoler el edificio donde se ha vivido y remover con excavadoras los cimientos para evitar que vuelva a crecer esa cizaña llamada “atraso secular”. Es lícito progresar, siempre que se controle el movimiento renovador. No hay razón válida para rechazar la compatibilidad de los espacios de soledad y necesaria pacificación del espíritu con la evolución casi siempre bulliciosa. El movimiento no es en sí mismo deplorable, a no ser que se convierta en un alocado trasiego cotidiano, corriendo de aquí para allá como pollo sin cabeza. |
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