Ud. está aquí >Inicio
Textos rescatados
Textos rescatados
Buenos Aires a ojo de colla
Textos rescatados
Textos rescatados
Buenos Aires a ojo de colla
| Buenos Aires a ojo de colla |
|
|
|
|
Escrito por el lunes, 22 de junio de 2009 (Ha sido leído 561 veces) El hombre de cerro —el colla—, es desconfiado como la mula. En los viajes por la Cordillera, mientras el caballo se entrega dócilmente al pulso del amo, la mula no fía más que en su instinto. El argentino del Noroeste, transportado a la gran ciudad, se pone aprensivo como mula en terreno difícil. No da paso sin previos tanteos... Y todo lo ve: No con ojos de buey. El buey refleja en sus obscuros ojos, "il divino del pian silenzo verde", pero es seguro que no mira. Ni con ojos de águila, porque ese estómago alado no ve más que la presa. Ni con ojos de corzuela, pues ésa, mirando, se aturulla. Ni con ojos do chivo: al chivo sólo le interesan, la chiva y el pasteadero. No. El colla todo lo ve con ojos ariscos, pero avizores, con ojos de mula y por lo mismo, sus impresiones acaso no sean comunes ni vulgares. Pavorosa es la llegada a Buenos Aires por el Central Argentino. ¡Cuánto estrépito, Señor! ¡Cuánta sorpresa! Está el colla mirando por la ventanilla, cuando un viento, — un tren eléctrico —, una sombra rechinante, rampante, le golpea al pasar la cabeza, le desordena las "quiscas", como una cachetada a mano abierta sobre una oreja. Y nada faltó para una avería final! Ya estamos, pero no acabamos de llegar. Ni nos metemos en el río, ni ganamos la tierra firme. Paralelas al convoy, las otras vías corren, lisas, largas, obsesionantes. Se entrecruzan por el suelo, se multiplican en algún paso a nivel y en las playas de maniobras. Y según pasemos por una estación o por una alcantarilla, o por el fondo de una casita, los ecos son distintos, pero igualmente inquietantes. De un lado, cabrillea al sol matinal la creciente monstruosa, el río. La orilla baja, imprecisa., es fangal aquí, más allá muladar, y al fin la invade el ajetreo municipal de la "costanera", donde miles de cangrejos humanos trajinan lodo. A la derecha, abajo, ahí, cerquita, las copas de los árboles: el bosque de Palermo, una ceja de monte. Vuela el tren a la altura de los follajes y el colla espera de un momento a otro, el salto catastrófico, el descarrilamiento, la bomba de dinamita. Las vías a alto nivel, esas columnas monumentales de hierro, panzudas, esos puentes sobre seco, prueban cuánto ha de valer aquí la gente. Así el hervidero urbano, canaliza campo afuera el impulso centrífugo incontenible con que la población desborda. En Retiro, me apeo del tren (ahora el colla soy yo, ciertamente). El asalto de los changadores me alarma. Los dedos mostrando la chapa, el numerito, se le meten a uno en los ojos, y ya no sé cuál es mi mano derecha! Porque éstas no son manos que piden. Son manos que apremian, que exigen. Y aunque esa falange de blusas azules y gorras almirante constituyan un gremio honesto, —y como tal vigilado—, al viajero serrano se le ocurre que han venido a saquearlo y se convence de ello cuando — ya en el auto —, le sacude el "changador" la conminación de los dos pesos. ¡Dos pesos por un susto! ¡Dos pesos por un trote de dos cuadras a la pesca de un ladrón que se os lleva la valija! Retiro es "el inmenso techo de hierro y de cristal". Una figura lugoniana. Y el andén una cancha de cemento en que los hombres juegan a los trencitos, y en que dan ganas de volverse bola para rodar a gusto por esa gran lisura. Alza la vista el colla y los vapores que vagan bajo el domo turbio le recuerdan esas nubes rasantes, lerdas, de las quebradas hondas, en la Cordillera. La estación, si se nublara un poco más, acabaría por tronar y llover. Buenos Aires es la ciudad de las mujeres lindas. Pero no porque no haya feas, — ¡y las hay con rabia! — sino porque el forastero selvático es un hambriento de belleza humana y, naturalmente, cierra los ojos a toda fealdad. ¡Y qué mujeres, Dios mío! ¡Mujeres de sueño, puesto que las vemos pasar lejanas, abstraídas en su yo, metidas en su automóvil, o llevando al brazo una caja de tienda, o moviendo su dorada cabeza en una casa de flores, entre sedas y flores! Porque una mujer hermosa, — digo la que el campesino topa en la calle —, sólo es hermosa porque es fugaz. A primera vista, la preciosa que trepa junto a nosotros en el subterráneo es un prodigio. Examinada con ojo de mula, resaltan los defectos. ¡Qué desengaño! ¡Si fuese más gorda! ¡Si fuese más flaca! ¡Si tuviese unos brazos mejor torneados! ¡Si no tuviese tal arruga bajo el mentón!... ¡Ay de las mujeres junto al mar! El mar es una presencia demasiado grande para el ojo de mula. Ese horizonte movedizo que se alza y se baja con un ritmo cósmico y se lleva los deseos y la voluntad a unas lejanías disolventes. Buenos Aires, o el hormiguero pateado. Estamos en febrero. Hay insolaciones. Hace tanto calor como en Santiago del Estero, aunque algunos porteño no quieran ser tenidos por tropicales. La gente suda, pulula a todas horas por las calles, y ¡cosa rara! No huele mal, no tiene ese olor a patrulla de las multitudes provincianas. El viento del subterráneo trae un relente fresco y mohoso, de gredas y de cañerías herrumbradas. Los gordos, sudan a gotitas como las tinajas de nuestras antiguas destiladeras. El hormiguero pateado es un pueblo limpio. El hombre de cerro encuentra aquí los dobles de sus relaciones de la aldea. ¡Aquel tipo! ¡Idéntico a Chancha Yuta! ¡Allá va Buey Perdido! ¡Ese otro, igualito al boquíncho Peralta! ¡Pero las mujeres parecen no tener doble, porque el ojo de mula sólo nota las que no le recuerdan a ninguna conocida! La gran ciudad es indiferente al ridículo. Resignado al destino que lo cogotea y me lo tiene de aquí para allá, de ceca en meca y de zoco en colodra, el hombre de pueblo, vuelto cosa, va derecho a sus quehaceres y no tiene tiempo para ver, por las calles de Buenos Aires, el tipo más gordo, el pescuezo más largo, el hombre cucaña, el tronco humano, el mutilado, el enano, el jorobeta, el patizambo, el boquirrubio, en fin, la infinita variedad de la fauna humana. Y ellos pasan inadvertidos, cada cual a su negocio, anegados en la multitud innumerable. Así en la selva las hojas mordidas por los bichos, o arrugadas por dañinas larvas. Ni el entierro que pasa, ni la bomba del tranvía, ni el incendio de la tienda, ni el accidente de tráfico, ni una revolución, pueden turbar la tremenda ronda. Más fuerte que la muerte es esa gestación perpetua que bulle en la ciudad enorme, y los individuos tienen la intuición clara de la fatalidad. Dios los revuelve en la olla, como quien prueba la sazón de un locro, provisto de una fenomenal cuchara. En las aldeas los viejos se quedan en casa. Son viejos de veras, con ciática, catarro y pañolón a cuadros. Buenos Aires es la ciudad de los viejos alborotados. En el cabaret se anticipan alegremente a la danza macabra. En la calle, ¿adonde van, los bellacos? ¡Detrás de las chicas, los viejos chuchumecos, los polainas blancas, los galerones grises, el paso tembleque! Y las viejas, también salen a la calle, para ir de visita, y para asistir al servicio divino. ¡Ah, los impíos prodigios del tráfico! ¡De pronto, una anciana doblada en tres, por librarse de un auto, salta en la calle, polleras arriba, con agilidad de pollo! ¿Dónde vio por primera vez el hombre mula, tanta gente haciéndose arrastrar sentada? En las calesitas. Y ahora, tan serios, en tranvía, en ómnibus, en auto colectivo. Todos estos vehículos son calesitas sin música que se han descarrilado locamente por las calles. Aparece una bañadera y cierra por un instante una bocacalle su mancha larga y roja. Es el iguanodonte del tráfico. El delirio. ¡Sólo falta que las veredas y las calles mismas comiencen a disparar! (*) Escritor nacido en Salta el 11 de enero 1887 y muerto en esa ciudad el año 6 de noviembre de 1959. Señala Leonor Fleming que su obra es contemporánea a la de Ricardo Güiraldes, Horacio Quiroga, Roberto Arlt, Mateo Booz y Roberto J. Payró. Durante tres años de su juventud residió en Buenos Aires. En 1914 publicó su primer libro De mi vida y de mi tierra. De su obra destacan: El viento blanco (1922); Los gauchos (1928); Los valles de Cachi y Molinos (1937); Cuentos y relatos del Norte argentino (1946) y Salta, su alma y sus paisajes (1947). Este texto se conserva en la Biblioteca Privada J. Armando Caro de Cerrillos (Salta, Argentina), rescatado aquí para Iruya.com. Fue publicado en el suplemento Letras-Artes del diario La Nación, Buenos Aires, marzo 1931. La inclusión de textos de Dávalos no publicados en libro es un homenaje de Iruya.com en el año del cincuentenario de su muerte. Toda reproducción de los textos aquí publicados debe mencionar a Iruya.com como fuente. |
Contenido más reciente
Navegación
Nuestros números
10 online
Un artículo que hizo historia
| Cónsul honorario por un díaAcabo de leer en estas mismas páginas una muy razonable queja del señor Cónsul de Chile en Salta, dirigida contra un medio de prensa de nuestra ciudad, por lo que él considera -y con razón- el menoscabo a un símbolo patrio del hermano país. |
Contenido destacado
| La democracia que nos queda de los griegosLa política como profesión, si así se la puede llamar, se ha convertido en la antítesis de lo que imponen las leyes y un aliento de la hipocresía. Y es así, a punto tal que los políticos se suceden en generaciones cada vez más renuentes con la adquisición de los conocimientos básicos antes de... |
Una ventana a Salta







