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Un paseo por la Quinta 17 de Octubre en Madrid PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Luis Caro Figueroa, el jueves, 02 de julio de 2009 (Ha sido leído 1199 veces)
El lunes pasado, venciendo fobias ancestrales y resistencias inexplicables, me decidí a visitar, en compañía de mi mujer, lo que fue la "Quinta 17 de Octubre", o lo que es lo mismo, la residencia en la que Perón vivió durante la última etapa de su exilio en Madrid.

Dos jóvenes salteños en la Quinta 17 de Octubre, en el año 1978
Dos jóvenes salteños en la Quinta 17 de Octubre, en el año 1978
En los veinte años que llevo en este país (más que Perón, por cierto) nunca había sentido esa pulsión tan "argie" de ir a visitar la que fuera la casa del líder exiliado, que para algunos era la del tirano prófugo. Entre otros motivos, porque en 1989, la viuda del general -hoy avecindada en el pueblo madrileño de Villanueva de la Cañada- decidió vender aquella residencia (se habla de que fue comprada por Jorge Valdano) y también porque al poco tiempo de la venta, la famosa "Quinta" fue derrumbada para dejar paso a otras construcciones.

Hoy, en el número 6 de la calle de Navalmanzano, en el barrio madrileño de Puerta de Hierro, se levantan un par de fastuosas residencias casi gemelas, con los muros muchos más altos que los que protegían a Perón. En sus fachadas no luce el nombre de "quinta", entre otros motivos, porque tal expresión no se utiliza en este país -como sí, en cambio, en la Argentina- para referirse a las viviendas urbanas, aunque estén rodeadas de amplios terrenos verdes pródigos en frutos.

Cuesta un poco llegar al lugar, porque el muy selecto barrio es en realidad una pequeña isleta de civilización, ubicada al norte de la Casa de Campo (el gran pulmón verde del oeste de Madrid), delimitada por la avenida de Fuentelarreina por el norte y la calle Arroyofresno por el sur. La única calle interior es la de Navalmanzano, en la que vivía Perón. Fuera de aquí, sólo existe el asfalto salvaje de la M-30 y un auténtico páramo desde esta endiablada carretera hasta Monte Carmelo.

Los argentinos que visitan Europa, por lo menos los que yo he conocido, tienen una tendencia inconsciente a exclamar en cualquier sitio con solera histórica que pisan, aquello de "¡Qué profunda emoción!". Cuando ello sucede, mi amigo José Etchelus Polo suele decirles: "Eso es en Venecia, gil", recordando la famosa exclamación de Charles Aznavour en su canción Que c'est triste Venice.

Lo cierto es que al pisar aquella calle serpenteante, al contemplar esos cipreses algo desvencijados, los chopos chispeantes por el viento, los muros elevados y la enorme cantidad de alarmas esparcidas por el lugar, no me fue dado experimentar una "profunda emoción" al estilo euroargentino. Sin embargo, tengo que admitir que tampoco sentí nada especial cuando hace unos años visité la que fuera casa de Carlos Marx en Londres. Es más; creo que la casa de Perón, o el espíritu de ésta, me hizo algunas cosquillas más que la austera vivienda del pensador de Treveris.

Mientras caminaba por la callejuela madrileña, bajo un sol de justicia, intenté ver si alguna de aquellas mansiones tenía una antena de radioaficionado. Pero no encontré ninguna. En los años cincuenta, mi padre, que era radioaficionado ya desde la década de los veinte, tuvo que lidiar con la leyenda urbana de que él, desde su estación de radio en Cerrillos, se comunicaba secretamente con Perón, del que recibía imaginarias instrucciones.

Mi padre fue varias veces encarcelado arbitrariamente por los agentes de la llamada la Revolución Libertadora. Cuando aquellos irregulares se hacían presentes para sobresaltar la vida familiar, además de llevarse consigo al dueño de casa, se aseguraban de despojar a sus equipos de radio de los "cristales", que en aquella época, a falta de osciladores variables, eran necesarios para transmitir en una frecuencia fija de la amplitud modulada.

Pero me temo que Perón desaprovechó la ocasión. El viejo militar era pretecnológico; tan aficionado a la correspondencia epistolar cuan partidario de los "transístor", como él llamaba a las radios portátiles. Por el entorno en que se desenvolvía su vida, no imagino a Perón intentando sintonizar en las sombras las ondas de la Pirenaica, la llamada Radio España Independiente, la emisora comunista que transmitía consignas antifranquistas desde algún lugar de Europa, y que se mantuvo en el aire hasta 1977.

Iruya.com en la Quinta 17 de Octubre

Durante mi visita no dejé hueco por revisar pensando que cada rincón entre los árboles, detrás de los contendores de basura, o los recovecos de algunos de aquellos señoriales muros, podrían ser los lugares adonde López Rega llevara a los caniches del general a hacer sus necesidades. No encontré ningún lugar adecuado para tales propósitos, lo cual me hizo pensar que quien fuera el fundador de la archipoderosa Triple A no tenía más remedio que hacer que los perritos se aliviasen dentro del propio recinto ajardinado de la residencia.

Ya de regreso, junto a un siniestro túnel que cruza por debajo la avenida del Cardenal Herrera Oria, vi una pequeña iglesia, la de Santo Domingo de la Calzada, en donde imaginé que el general iría a oír misa con cierta regularidad. Más adelante, un kiosco de periódicos, en donde seguramente Perón compraría los pocos diarios que Franco dejaba circular en España. Menos mal que en ningún momento se me ocurrió preguntarle a algún vecino si recordaba a Perón. Me hubiera sentido tan ridículo como si en Memphis se me diera por preguntar por las huellas de Elvis Presley.

Todavía me falta conocer el piso de la avenida del doctor Arce, número 11, muy cerca de la Plaza de la República Argentina, en donde Perón e Isabel vivieron con Ava Gardner como ilustre vecina. Se trata de otro lugar selecto de Madrid. Parece imposible pensar que Perón hubiera recalado aquí para vivir en Vicálvaro o en Entrevías; al contrario lo hizo en los lugares más elegantes de esta ciudad, muy cerca de donde vivían los actores y de los deportistas famosos de la época.

Cuenta la leyenda que en aquellas épocas, comienzos de los años sesenta, Perón y la bellísima Ava Gardner coincidieron en aquel edificio; ella un piso más arriba que él. Y que al comienzo eran amigos, porque a Ava le gustaban las empanadas puntanas que preparaba Isabelita y se liaban a comer allí comida argentina, mientras que la mayoría de los españoles -según la crónica de la época- "comía tortilla de patatas y bebía Anís del Mono". La armonía entre el general y la belleza de Carolina del Norte terminó rápidamente, porque Ava -que al parecer le daba al drinking en medidas que apenas si podía controlar- se montaba unos fiestones en su piso que impedían el descanso del general.

Según relatan los memoriosos, Perón tenía una especie de "teléfono rojo" con el cuartelillo más cercano de la Guardia Civil, y como Ava no era santa del devocionario de la muy devota doña Carmen Polo, esposa del dictador, los de la Benemérita acudían solícitos a la llamada de Perón y ponían fin a los excesos de la actriz, dispersando a intelectuales orgánicos, amantes de tauromaquia, bebedores impenitentes y aficionados al cine por igual.

Pero las cosas fueron a mayores. Ava, que era capaz de seducir al varón más santo, captó rápidamente que no era el tipo del general y al sentirse insultantemente ignorada, lo etiquetó de "marica". Algunos sostienen que cuando Perón salía al balcón de la avenida del Doctor Arce y pronunciaba encendidos discursos ante una multitud imaginaria, Ava y su sirvienta le gritaban desde el piso de arriba "Perón marica", lo que enfurecía sobremanera al general. Hay quien sostiene que Perón inventó allí mismo aquella genial salida de seguir su discurso "a pesar de esas estúpidas que gritan", que volvería a utilizar doce años después, aunque con mayor eficacia, para expulsar de la Plaza de Mayo a los montoneros, que no dudaban de su hombría tanto como de su capacidad de llevar adelante una auténtica "revolución socialista y popular".

En realidad, muchos agradecen que Perón -varón de incuestionable hombría- haya ignorado la salvaje belleza de la Gardner. De haber sucedido de la otra manera, Ava podría haberse convertido en la segunda jefa espiritual de la Nación y, tal vez Balbín y De la Rúa se hubieran tenido que enfrentar en 1973 a la fórmula Perón-Gardner.

Pero la actriz, entre tanto torero, tanto cognac disimulado en el zumo de frutas y tanta bohemia, murió -según dicen- eternamente enamorada de Frank Sinatra. Y el general no era precisamente un dechado de perfección canora, y aunque se llamaba a sí mismo "desorejado", casi con el último suspiro aprobó la esquiva asignatura de música, cuando al borde de las lágrimas y ya largamente superado por los acontecimientos, dijo desde el balcón de la Casa Rosada, frente a una multitud -esta vez- real: "Llevo en mis oídos la más maravillosa música que para mí es la palabra del pueblo argentino".

Todo un "I've Got You Under My Skin", sólo que "A Su Manera".
 

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