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El albino de los portadocumentos: un homenaje postergado PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Luis Caro Figueroa, el jueves, 02 de julio de 2009 (Ha sido leído 1080 veces)
Aunque cueste reconocerlo, los mayores y más peligrosos "supresores de identidad" de los ciudadanos argentinos de las décadas de los setenta y ochenta no fueron los militares ni sus aliados. Fue el potente detergente Camello en combinación con la gran velocidad de centrifugado de las modernas lavadoras automáticas de tambor horizontal. Entre ambos se fagocitaron miles y miles de DNI argentinos, olvidados en algún pantalón vaquero o en alguna camisa, que madres, esposas y novias abnegadas lavaban con cariño a los hombres de la casa.

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Muchas personas, especialmente jóvenes, se enfrentaban al escarnio, o a una multa administrativa, cuando intentaban identificarse con libretas carcomidas por "los verdes enzolves", aquellos simpáticos pac man, sumamente agresivos, que en la publicidad televisiva del jabón Ala iban fagocitando las pequeñas partículas de mugre.

Para proteger aquellas valiosas libretitas verdes de su fatal deterioro material y jurídico, los salteños solíamos recurrir a los buenos oficios de un viejo trabajador autónomo, que durante años y años vendió toda clase de portadocumentos en la vereda del fallido Banco Regional del Norte Argentino, ubicado en plena city salteña, sobre la calle Balcarce casi esquina con España.

Durante muchos años quise tener más información sobre este señor, conocido popularmente como "el albino de los portadocumentos", a causa de su hipopigmentación y de su oficio; pero su pista se pierde en el último tercio de los años noventa, época desde la que los que solían comprarle dejaron de ver sus objetos expuestos a lo largo de la pequeña tapia que separaba la vereda pública del pasillo interior de acceso a aquel edificio, convertido ya en la pomposa Dirección de Rentas de la Municipalidad de Salta.

Había muchas cosas que me intrigaban de su personalidad, pero particularmente me llamaba la atención su dedicación casi monográfica al mismo rubro durante muchos años. "Esto es para una tesis doctoral de marketing estratégico", pensé en algún momento. Porque he visto a vendedores ambulantes que rápidamente se cansaban de andar pregonando en los colectivos que su kit de peines era el complemento ideal "para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero", o que abandonaban el intento de colocarle a los viajeros y transeúntes catorce turrones Miski por un peso.

Pero este hombre, al parecer incansable, perseveró toda su vida en la difícil especialidad mercantil de los portadocumentos, enfrentando, además, una dura competencia.

Cuando me pregunto qué habrá sido de su vida, pienso también que ya que la Municipalidad sigue tan alegremente empeñada en redecorar la ciudad colocando placas de bronce en homenaje a personajes ignotos o de muy baja estima social, sería muy bueno que "el albino de los portadocumentos" tuviera la suya en aquel rincón que solía engalanar con su blanca y pulida presencia.

En España existe una Medalla al Mérito en el Trabajo que otorga el ministro del ramo tras un riguroso proceso de selección que más se parece a uno de beatificación por sus estrictas regulaciones. En Salta, habiendo tantas placas que recuerdan, en bares, empanaderías, peñas y otros lugares de beberaje, las existencias huecas e improductivas de personajes que no aportaron a Salta más que comentarios ácidos y apodos más o menos ingeniosos, alguien podría pensar en premiar la silenciosa labor del "albino de los portadocumentos", dedicándole una discreta placa como testimonio de su entrega vital a la venta ambulante mínimamente invasiva durante un cuarto de siglo o más.

Es una pena que el intendente de Salta esté cegado por la megalomanía y que sólo piense obsesivamente en lograr para sí progresos materiales que ya no necesita. Estoy pensando que el intendente pudo haber estado alguna vez cara a cara con aquel hombre de rostro encendido y cabellera color marfil; que pudo haber distinguido su bondadosa mirada debajo de aquellos casi impenetrables anteojos ahumados con que el hombre defendía con gallardía sus retinas de la agresión cotidiana del astro rey, expuesto como estaba, sin seguro médico, sin cobertura de accidente de trabajo o de enfermedad profesional, lloviera o tronara, con sus objetos desplegados sobre la acera.

Es posible que un intendente sin corazón -como el de Cerrillos, sin ir más lejos- le hubiera exigido al popular albino el permiso correspondiente para explotar su pequeño negocio y una habilitación específica dentro de las previsiones del código tributario; pero es posible también que algún intendente, de esos que se llaman humanistas y que andan buscando el abrazo fácil en los barrios y villas de la ciudad, pueda experimentar un instante de candor juvenil, olvidarse de acumular millones, y pensar que alguna vez aquel humilde vendedor del amplio sombrero de Jipijapa le vendió un plástico con el que el intendente protegió su DNI de las inclemencias del tiempo, y que gracias a que pudo conservarlo, luego pudo ser candidato, votar, ser elegido, y toda esa tediosa ceremonia de la democracia más formal.

No pido que la Dirección de Rentas de la Municipalidad lo declare su protector, aunque tal vez no sea mala idea. Sólo el Registro Civil le debe a este hombre un público reconocimiento. Simplemente deseo que algún icono ciudadano recuerde a nuestra posteridad, que a pocos metros de la desembocadura oeste de la Galería La Continental, hubo una vez un señor que supo ganarse la vida muy sacrificadamente vendiendo portadocumentos y que lo hizo durante muchos años, sin que los salteños -entre ellos, quien esto escribe- hayamos tenido ocasión de agradecérselo debidamente.
 

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