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Costumbres urbanas
La señora que subrayaba los diarios
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La señora que subrayaba los diarios
| La señora que subrayaba los diarios |
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Escrito por el viernes, 03 de julio de 2009 (Ha sido leído 1101 veces) La lectura es, seguramente, una de las actividades humanas más fascinantes. Es, tal vez, la forma más civilizada y sosegada de que disponemos los seres humanos para ponernos en contacto con las ideas y pensamientos de nuestros semejantes, sobre todo cuando discrepamos con ellas. Y, probablemente también, una de las más simples, pues todo consiste en pasar la vista (excepcionalmente podemos utilizar otros sentidos) sobre lo escrito o impreso, mientras vamos captando el valor y el significado de los signos empleados. Por supuesto, hay quienes ven en la lectura un proceso sumamente complejo en el que intervienen elementos fisiológicos, psíquicos e intelectuales, imágenes conceptuales codificadas, construcción de sentidos, y varias cosas como estas, que se interrelacionan continuamente. Pero no es mi caso. La lectura para mí siempre ha sido algo muy natural y simple, hasta el punto de que no he tenido necesidad de interesarme por descomponer y estudiar detallada y detenidamente las fases del proceso de lectura y de asimilación de las ideas ajenas. Me ha bastado -y me basta aún- el hecho de saber que, leyendo, soy capaz de vivir otras vidas que no sean la mía propia y de comprender a gente a la que, tal vez si echara un discurso en una esquina, no le hubiera prestado la más mínima atención. Leo a gran velocidad y a pesar de que soy capaz de retener los conceptos fundamentales de un escrito, la velocidad me impide muchas veces disfrutar de los matices de la escritura. Y cuando, a propósito, me aboco a leer un escrito de forma lenta y pausada, suelo detenerme en las formas más que en el fondo. Con el tiempo he descubierto que, el que acabo de describir, no es un problema exclusivamente mío, sino el de muchas personas que, por razón de su oficio, están obligadas a leer con rapidez y eficacia documentos complejos y con diferentes niveles de abstracción como lo son, por ejemplo, las resoluciones judiciales. Con esto quiero decir que no todo el mundo lee ni experimenta el placer de la lectura de la misma manera. Hay quienes sólo leen algo cuando entran al cuarto de baño y que se desesperan por tener a mano un trozo de papel, pero no de características absorbentes y de múltiples capas, sino uno con letras, del estilo literario que sea. Es lo que menos importa. Conozco a algunos que, viéndose forzados a utilizar ciertos baños públicos en donde ni siquiera hay obscenidades escritas en las puertas, echan mano de su cartera y se leen sus propios documentos de identidad, el dorso de las tarjetas de crédito o la oración de alguna estampita de San Martín de Porres que portan consigo. Hoy es afortunado quien es capaz de leer la lista de contactos de su teléfono móvil, y no digamos ya quien tenga acceso a Internet a través de su pequeño terminal. La diferencia en la naturaleza y estructura de los soportes señala que mientras el papel escrito siempre es susceptible de un doble uso en aquel contexto, el telefóno móvil -por el momento- sirve para un solo propósito, no para los dos. Pero lo que me ha llamado la atención más que nada en materia de estilos de lectura, ha sido el hábito de una señora, a la que conocí hace muchos años y a la que traté durante varios, quien gustaba de subrayar el diario mientras iba leyendo "analíticamente" las noticias. Y no hablo de Le Figaro o el Frankfurter Allgemeine Zeitung sino de un diario provinciano de triste fama, conocido por la baja calidad de sus artículos de actualidad, la vulgaridad de sus análisis políticos y la inusitada pasión literaria de sus páginas policiales. La señora de la que hablo subrayaba todo aquello que iba pasando por su mirada aceitosa, incluidos los insufribles edictos, los clasificados más inútiles y la cartelera de los cines. Su especialidad eran las noticias políticas, de las que, al parecer, le interesaba extraer -subrayado mediante- el meollo de las opiniones de los diferentes dirigentes políticos. Su principal aliado, un rotulador de fibra de color azul que hacía las veces de prolongación natural de sus conexiones neuronales, iba dejando sobre el papel no sólo pistas sobre su interés sobre un tema determinado, sino expresiones de sorpresa y de desagrado en forma de primitivos emoticonos analógicos. La tortura comenzaba cuando una persona desprevenida le pedía su ejemplar del diario para poder consultarlo. Si ya es desagradable entrar en contacto con un periódico que ha pasado por varias manos, mucho más lo es tomar prestado un ejemplar tan salvajemente ultrajado por el omnipresente rotulador azul, con noticias previamente digeridas por su propietaria, con flechas, remisiones, conexiones hipertextuales primitivas pero arbitrarias, y con apuntes marginales del más variado gusto. La subrayadora se había colgado a sí misma el cartel de "estudiosa". "Últimamente leo mucho", solía decir en rueda de amigos. Pero no leía a Proust, ni a Flaubert, ni a Thomas Mann, sino Ámbito Financiero, Clarín, La Gaceta, La Razón, Página 12 y publicaciones por el estilo, que, al parecer no sólo le llenaban la vida de actualidad y de intenso movimiento, sino también colmaban sus expectativas intelectuales de mujer madura, pero aún mundana. Porque la subrayadora buscaba a través de la lectura y del subrayado mecánico y compulsivo de textos inconducentes, no sólo la superación intelectual -a lo que, debo reconocer, no renunció jamás- sino también un lugar destacado en una sociedad que se había empeñado en negárselo, por aquello del abolengo, que por mucho rastrear en el diario y esforzarse por encontrar en él "nuevas ideas", desgraciadamente no poseía y del que su asimétrico matrimonio la alejaba aún más. Mucho más incluso que la injusta "discriminación inmobiliaria" que sufría, tras naufragar la compra de una fastuosa casa en una céntrica esquina y verse obligada a sentar sus reales en una bucólica cabaña de diseño, erigida precariamente en las orillas menos aristocráticas de uno de nuestros más caudalosos ríos de verano. No sólo su afición por las lecturas más urgentes y ligeras obraba en contra de sus legítimas pero virtualmente irrealizables aspiraciones sociales. Se había empeñado en sembrar su camino hacia la high society de minas antipersona, atribuyéndose una condición de "progresista", y más recientemente de "defensora de los derechos humanos", cualidades que, bien vistas, sólo eran compatibles con sus orígenes o, más bien, confirmatorio de éstos. Pero su vertiente progresista resultó inesperadamente traicionada por la iconografía, ya que la subrayadora renegaba -y con razón- de que en sendas fotografías con sus admirados Raúl Alfonsín y Ernesto Sábato, infaltables en su ajuar doméstico y profesional, ella había salido con "ese gesto fruncido" que tanto afeaba sus facciones; un rictus que recuerda mucho la expresión de quien experimenta un atasco de yerba en la bombilla del mate. Años y años de subrayar el diario para que, llegado el momento, y frente a aquellos tan encumbrados personajes de la política nacional, nos traicione la dentadura. Una pena. Hace años que no tengo el placer de verla escanear el diario con un marcador de punta mota, pero es como si la estuviera viendo. Y escuchándola aborrecer al liberalismo y a los liberales, los mismos que permitieron a sus abuelos emigrar desde algún "lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme" y establecerse en este país sin preguntarles siquiera a qué venían. Los mismos liberales que se hincharon a crear escuelas y bibliotecas y que enseñaron a leer a millones de analfabetos, incluidos probablemente aquellos labradores recién llegados. Los mismos liberales que -acertados o no- levantaron, casi de la nada, un país en donde fue posible crecer y desarrollarse con derechos y con libertad para aprender, a leer y a pensar, incluso subrayando los diarios. |
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