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Google Latitude renueva las viejas prácticas de comunicación familiar
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Google Latitude renueva las viejas prácticas de comunicación familiar
sáb
31
jul 2010
| Google Latitude renueva las viejas prácticas de comunicación familiar |
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Escrito por el jueves, 06 de agosto de 2009 (Ha sido leído 1712 veces) Cuenta la leyenda, que cuando mi abuela italiana mandó a su hijo primogénito a estudiar medicina a Buenos Aires, recibió muy ilusionada, tras varios días de tensa espera, el primer telegrama del joven viajero. Corría el año 1919 y en aquel entonces los telegramas que llegaban a manos de los destinatarios eran escritos a mano en la oficina receptora, es decir, no se entregaban mecanografiados, como los conocimos en las décadas de los 60 y 70. Al abrir mi abuela el telegrama y leer su contenido, su gesto de alegría se tornó en angustia, y al borde de las lágrimas dijo: "Esta no es la letra de Alberto". Años más tarde, un hermano mío, siendo aún un niño de la escuela primaria, ganó un concurso nacional por haber seguido y reportado, a través de la radio de aficionados, un eclipse solar. El mismo personaje, con unos pocos años más, envió a su madre un emotivo telegrama desde Tucumán, para anunciar su primer arribo al Jardín de la República. Aquel telegrama, que nuevamente envolvió en tristeza a su destinataria, decía: "Llegué en cochero hasta la pensión". Durante los años setenta me tocó a mí seguir por radio los viajes de mi padre por el mundo. A él le gustaba que yo, operando su potente estación de radio, lo localizara de continente en continente mientras asistía a las asambleas interparlamentarias. Eran épocas en que a pesar de los loables esfuerzos de la Compañía Argentina de Teléfonos y de su mejor operador de todos los tiempos, Panchito Perotti, las llamadas telefónicas internacionales eran virtualmente imposibles, cuando no carísimas. Mi padre se enorgullecía al comprobar que sus "chirimbolos", como él llamaba a sus equipos, eran capaces de ser escuchados en todo el mundo con claridad y potencia, atravesando los océanos y sobreponiéndose a las interferencias. En 1976, mi padre y yo nos hallábamos circunstancialmente en la playa de estacionamiento del viejo supermercado El Chango, en las afueras de Salta. Desde el mismo coche, con un pequeño equipo de radio -un Atlas 180- comunicamos por primera vez con uno de mis hermanos exiliados en Madrid. Recuerdo que mi padre me dijo entonces: "Si le cuentas a algunas de estas personas que están aquí que acabas de comunicarte desde el auto con tu hermano que está en Madrid, nadie te lo va a creer". Tres décadas y media después, gracias a los avances en materia de comunicaciones, cualquier persona con un teléfono celular puede comunicar con cualquier lugar del mundo, desde la playa de estacionamiento de El Chango o desde cualquier otro lugar de Salta. Hace un par de días me ví obligado a acceder al pedido de mi hijo el mayor de viajar en su coche, en compañía de dos amigos, a la costa atlántica andaluza, muy cerca del lugar desde donde Colón inició su segundo viaje a América, que se halla a unos setecientos kilómetros del lugar de nuestra residencia. Mi hijo, que estudia ingenería de telecomunicaciones, advirtió rápidamente mi preocupación de padre y enseguida se abocó a encontrar una solución a mis "necesidades" de comunicación. Su teléfono móvil dispone de GPS, pero no el mío. Aun así, se las ingenió para dar a ambos aparatos de alta en el servicio Google Latitude, en donde sincronizamos nuestros perfiles. A partir de ese momento, yo sabría exactamente dónde estaba él y viceversa. Desde luego, este nuevo servicio de Google está bajo siete focos por su potencial amenaza al derecho a la intimidad de las personas, pero por el momento sólo mi hijo sabe dónde estoy yo y yo dónde está él. En principio, nos podemos dar de baja en cualquier momento. Todo esto funciona, como es de imaginar, en estrecha conexión con Google Maps, de modo que localizar a la otra persona es un juego totalmente visual, casi de película. Cuando por primera vez vi el icono de mi hijo en la Autovía de Extremadura, me entró una inexplicable emoción y me vinieron a la memoria las viejas experiencias familiares (telegráficas, radiofónicas y telefónicas). Me acordé especialmente de aquellas películas policiales en donde un testigo en peligro efectúa una llamada telefónica desesperada desde una cabina de carretera, y el policía que la recibe ordena al sargento de turno: "rastrea esa llamada". Siempre me he preguntado cómo podían hacer para rastrear las llamadas, porque la tecnología de entonces era muy primitiva. Lo cierto es que los polis de las series generalmente fracasaban en el rastreo y el testigo terminaba acribillado detrás del cristal de la cabina. Ahora nada de esto es necesario, si uno se allana voluntariamente a que Google espíe la localización de nuestro teléfono móvil y mande la información al satélite. Con el seguimiento del viaje de mi hijo y sus amigos a través de Latitude, me pude enterar, sin que nadie me lo dijera por otros medios, la velocidad media de la travesía, el tiempo de las paradas, las veces que lo hicieron para repostar combustible o aliviarse del calor, si encontraron un estacionamiento adecuado, y un cúmulo de información deducible de la propia localización del icono en el mapa. Todo ello, claro está, sin necesidad de echar mano del prosaico y antiguo recurso de hacer una llamada telefónica para preguntar: "¿Qué tal el viaje?". El problema, claro, es confiar en lo que dice Google. Si desconfiara de la precisión o de la autenticidad del servicio, debería haber dicho, como mi abuela: "Esta no es la letra de Julius". |
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