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Malditos Pactos de La Moncloa
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Malditos Pactos de La Moncloa
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Escrito por el domingo, 23 de agosto de 2009 (Ha sido leído 1077 veces) Las tribulaciones y los fracasos explícitos de la democracia argentina, que no son privativos de ningún gobierno en especial, y que se expresan cada tanto en sucesivas y cada vez más graves pérdidas del rumbo del sistema de gobierno, seguramente tienen algún responsable al que se podría identificar con facilidad. Pero ni la sagacidad de los hombres del puerto ni la ancestral sabiduría de los hombres de las tierras interiores, han conseguido dar aún con él. Y no porque no lo intenten, pues cada semana se renueva el catálogo de presuntos responsables de nuestros fracasos; una lista de la que entran y salen, con cierta facilidad, personajes más o menos familiares por su actualidad mediática (como el entertainer Tinelli, por ejemplo), pero en la que no faltan culpas atribuidas a personajes tan remotos como Cornelio Saavedra, el Deán Funes, Mariano Moreno, Remedios de Escalada, Santiago de Liniers, Bernardino Rivadavia, Juan Galo de Lavalle o Bartolomé Mitre. Hoy me propongo ampliar la lista a los famosos Pactos de La Moncloa, a los que señalo como responsables directos del extravío de la democracia argentina, reconquistada, para bien y para mal, en diciembre de 1983. Los "Pactos" -que como todo el mundo sabe son españoles, como el toro de Osborne y la tortilla de patatas- comenzaron a agitar nuestra incipiente vida política democrática, no porque fuesen entonces modelo de nada, sino porque quien primero habló de importarlos -el presidente Alfonsín- se enfrentó, nada más llegar al gobierno, con un escenario político y socioeconómico casi terminal, muy parecido al que, a mediados de 1977, amenazaba con tumbar al enclenque gobierno del presidente Adolfo Suárez. En efecto, el gobierno surgido de las primeras Cortes Generales posfranquistas, tras las elecciones de junio de 1977, era un gobierno que no disponía de la mayoría parlamentaria y que nació ya jaqueado por una inflación galopante, por el desequilibrio de las cuentas públicas, el aumento del desempleo por el regreso de la emigración, el declive de las industrias tradicionales, el tremendo déficit exterior, la obsolescencia del modelo económico y social corporativista e intervencionista del franquismo, la consolidación de los sindicatos de clase y la emergencia de nuevos agentes políticos y sociales. Desde entonces, los Pactos de La Moncloa son una especie de "elefante blanco" para la democracia argentina; una vaca sagrada, una ultima ratio de la que se hace preciso tirar cuando el país toca fondo, esto es, cada cuatro o cinco años. Antiguamente, cuando cosas tan terribles como esta ocurrían, el elefante blanco era la llamada "oficialidad joven", por lo que las crisis más o menos terminales no terminaban con "música de pactos" sino más bien con "ruido de sables". Al cabo de todos estos años, he llegado a aborrecer tanto a los Pactos de La Moncloa como a los golpes militares, porque ni unos ni otros consiguieron construir nada positivo en la Argentina. Hay, entre ellos, sutiles diferencias, claro está. Todos más o menos sabemos cómo funciona un golpe militar, y una mayoría, aun sin formación y sin entrenamiento, es capaz de llevar a cabo uno. Con tal, sólo es cuestión -solía decirse antiguamente- "de tener los fierros adecuados". Pero muy pocos saben en la Argentina ni siquiera qué fueron en realidad los Pactos de La Moncloa, quiénes lo suscribieron, con qué propósitos y con qué grado de suerte. Muy pocos sabrían, en consecuencia, cómo "reeditarlos" provechosamente en la Argentina. Por no saber de pactos, ya nos hemos olvidado del de Olivos, del Federal, del de San Nicolás de los Arroyos, del Roca-Runciman y del más vernáculo Güemes-Rondeau, firmado en Cerrillos. Los "pactos" no son, desgraciadamente, algo frecuente en la historia argentina, en la que han tendido a prevalecer lo que los españoles llaman "dos cojones", esto es, el principio de autoridad puro y duro. La creencia popular es que los Pactos de la Moncloa fueron la razón -no la primera, sino acaso, la única- que permitió a la democracia española (que nació con mucho más riesgos de estrellarse que la Argentina) salir a flote y convertir un país atrasado en una de las principales potencias del mundo, sólo en un par de décadas. Pero ¿quién tiene la receta de semejante milagro? se preguntaron una y otra vez en la Argentina. ¿Dónde están quienes lo pueden hacer posible entre nosotros? Así, recurrieron a expertos argentinos exiliados que habían presenciado la transición pero que ninguna injerencia tuvieron en la formulación de los Pactos. Otros se arrogaron absurdas especialidades sobre los Pactos, a los que no habían visto ni siquiera en la televisión. Se tejieron novelas y se alimentaron fantasías de todo tipo, como que los Pactos habían sido impulsados por los sindicatos para reivindicar aumento de los sueldos, o que habían sido impuestos por la Casa Real, o que su contenido era exclusivamente económico, o que eran la "obra cumbre del gobierno de Felipe González". Otros sostuvieron la idea de que los Pactos eran solamente políticos y que ellos solos, sin la ayuda de otros recursos y el concurso de otras voluntades, apuntalaron la transición española. Resultado: los Pactos de la Moncloa nunca se reprodujeron en la Argentina y a ello debería agregar el adverbio "felizmente", ya que la estatura de los políticos argentinos ha estado siempre muy por debajo de la que tenían -y en algún caso, mantienen- los que concurrieron a apuntalar la transición en España, y porque si algo sabemos los argentinos de pactos y de acuerdos es cómo eludirlos, adulterarlos y dejarlos de cumplir. Muy pocos en la Argentina se animarían a proponer una nueva "Moncloa", si supieran que lo que hicieron realmente aquellos históricos pactos fue poner los cimientos de una fiscalidad seria, moderna y rigurosa como la que hoy sostiene al enorme aparato estatal español. En otras palabras, que si se supiera que los "Pactos" nos harán pagar impuestos a todos, nadie los propondría, nadie los firmaría en la Argentina.
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