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Política y gobierno
La política de Salta y los jóvenes candidatos conformistas
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La política de Salta y los jóvenes candidatos conformistas
| La política de Salta y los jóvenes candidatos conformistas |
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Escrito por el domingo, 13 de septiembre de 2009 (Ha sido leído 1020 veces) La política progresa de un modo parecido al de la ciencia. El conocimiento científico avanza no sólo por la mera acumulación de saberes a lo largo del tiempo, sino a fuerza de continuas rupturas epistemológicas; es decir, gracias a la permanente recusación de los saberes convencionalmente aceptados y a una actitud abiertamente proclive a la rectificación de errores. Debo aclarar, de entrada, que no me refiero a los avances del conocimiento científico de la política (pues ello entra dentro del campo de la ciencia) sino a los avances de la política como actividad práctica de los seres humanos. El buen político, como el buen científico, es un inconformista por naturaleza. Nunca está lo suficientemente contento con lo que ve, con lo que oye, con lo que le cuentan, y busca con afán -casi con obsesión- nuevas formas y estrategias de resolución de los problemas colectivos. El buen político no debería conformarse ni siquiera con el orden ideal que él mismo ha ayudado a construir; está obligado siempre a buscar formas más perfectas. Pero hay quien entiende la actividad política como la aceptación de un cierto estado de cosas que no se puede mejorar. Estamos, en este caso, frente a un mal político, a un ser derrotado de antemano por una realidad a la que considera ineluctable y, por tanto, renuncia a modificar. Hace unos quince años, más o menos, me sorprendió ver colgando de unos postes de luz de la calle Caseros de Salta unos afiches, muy humildes, de un político que pertenecía al partido que entonces gobernaba la Provincia de Salta, y que presentaba su candidatura a diputado provincial, en medio de una evidente estrechez presupuestaria. El inverosímil lema de aquel afiche era "Para que sigamos sin corrupción". Conociendo un poco al personaje, no me sorprendió tanto su falta de imaginación y su tendencia al conservadurismo, como su aspiración negativa de "continuar sin corrupción" como su máxima contribución al progreso moral de la sociedad. Aquel lema -no precisamente diseñado para encender a las masas- daba a entender que la ausencia de corrupción (algo que sólo existía en la mente del candidato, no en la realidad) constituía el punto culminante de las virtudes de una sociedad que, a pesar de sus clamorosas carencias, estaba siendo convocada no a crecer ni a mejorar, sino, simplemente, a no empeorar. Las próximas elecciones en SaltaAlgo muy parecido está sucediendo en la campaña electoral para las próximas elecciones legislativas provinciales y municipales de la Provincia de Salta, en la que ningún candidato -salvo muy honrosas excepciones- se anima a denunciar el estado de desastre de nuestro sistema de convivencia, porque el 95% de ellos forma parte, de un modo o de otro, de esa gran fuerza mayoritaria que "ha transformado la Provincia" desde 1995 y que, desde entonces, viene ufanándose de ello como si la transformación hubiera sido verdad y se tratara, además, de una conquista eterna o intemporal. Las ambiciones, las políticas y las personales, tan necesarias para el progreso de las sociedades contemporáneas, se han detenido en Salta en el año 2003, sin que nadie se haya animado hasta ahora a denunciar la manifiesta caducidad y la inutilidad social de las viejas "conquistas". Sólo los conservadores más primitivos están convencidos de que sus aciertos "duran 50 años". Los progresistas suelen mirar el reloj más a menudo frente a la evidencia de que las modernas sociedades se transforman en cuestión de horas y de que aun la política más acertada y exitosa necesita de constantes reformas y actualizaciones; o, incluso, necesita de políticas enteramente nuevas y diferentes a las anteriores. Algunos candidatos a concejales se presentan al electorado prometiendo obviedades como "legislar para el Municipio". Tal como si un médico presentara su candidatura a gerente de un hospital prometiendo que "curará a los enfermos", o un policía lo hiciera jurando que "combatirá al delito", o un bombero pretenda llamar la atención de alguien prometiendo que "apagará los incendios". Algunos confunden sus aspiraciones con sus deberes, mezclan la realidad con sus deseos, y no distinguen las plataformas electorales y los programas de gobierno de los artículos de la Constitución o de las cartas orgánicas municipales. Con ello demuestran la muy pobre preparación con que se asoman al mundo de la política. Los más audaces, por llamarlos de algún modo, ya ni siquiera se animan a proponer, como se decía hasta hace poco, "más de lo mismo". Sólo porque están obligados a prometer algo, prometen ya "menos de lo mismo", porque muchos consideran "muy bueno lo que ya se ha hecho". Los 'gerentes de innovación' están cediendo el testigo del poder a los 'gerentes de mantenimiento'. Esta peculiar característica de la vida política salteña demuestra el carácter profundamente endogámico de las elites políticas que se suceden las unas a las otras, no en base a criterios de servicio público, sino con arreglo a lo que establece el Código Civil para las sucesiones patrimoniales. En este aspecto, se puede decir que Salta es muy democrática y republicana porque continuamente "cambian los nombres" de los que nos gobiernan, pero la realidad demuestra que lo que no cambian son los apellidos. Medio centenar de familias controla en Salta los mecanismos de postulación de candidaturas a cargos públicos electivos, y es allí donde se debe buscar la razón de la falta de audacia y de imaginación a la hora de formular propuestas políticas a los electores. Este fenómeno trae aparejado el que, en Salta, sean de algún modo más "progresistas" las posiciones políticas de los veteranos y, paradójicamente, más conservadoras las de los jóvenes. Si ya es triste ver en Salta a jóvenes de treinta años que abandonan prematuramente sus sueños de obtener un trabajo real en el mundo de la producción económica para dedicar gran parte de su tiempo a la política, mucho más triste aún es ver cómo esos jóvenes sin ambición (Maradona diría de ellos que 'no tienen hambre de gloria') demuestran no conocer mejores mundos ni horizontes más perfectos que los que han vivido, y no encuentran, ni aunque las busquen, razones para cambiar y mejorar una realidad que amenaza con devorarlos y con empobrecer, sin remedio, sus propias vidas y las de sus hijos. Es éste uno de los síntomas más claros del declive del orden social en que vivimos. Cuando repaso las propuestas de estos candidatos jóvenes, me doy cuenta de que, además de conservadores e inmaduros, algunos persiguen la objetividad y el eficientismo de forma obsesiva. Y la objetividad, así como la eficiencia, entendidas de esta manera, pueden constituir peligrosas formas de arrogancia que empujan a los hombres a impacientarse con la lentitud del progreso y de las reformas conseguidas mediante la persuasión y la discusión. No es lo mismo "desear el progreso" o "servir al prójimo" a toda costa que ejercer la política, porque ésta siempre nos obliga a pagar el precio de una cierta lentitud en el hallazgo de las soluciones y a veces nos hace entrar en contacto con personas incapaces, con intrigantes y conspiradores, a los que no quisiéramos ver ni en figuritas. Siempre será preferible esta forma lenta y farragosa de obtener resultados políticos, que perpetuar la especie de "jóvenes eficientes" cuya arrogancia pueril e inútil nos exige pagar tributos cívicos a sus másters y conocimientos, que en política adquieren un valor sumamente relativo, cuando no despreciable |
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