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Historia y tradición
Aquella guerra y otras guerras
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Aquella guerra y otras guerras
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Escrito por el jueves, 17 de septiembre de 2009 (Ha sido leído 812 veces) Recordar el altísimo costo en vidas humanas de las dos grandes guerras mundiales del siglo XX, estremece, sobrecoge, indigna. Esto es insuficiente para medir la profundidad, la amplitud del escenario, el peso del componente ideológico totalitario y las secuelas de aquel drama. En la Primera Guerra: ocho millones y medio de muertos en campos de batalla, casi diez millones de civiles y seis millones de inválidos. En la Segunda, esa cantidad se multiplicó: más de treinta y cinco millones de muertos, en Europa y de ellos, al menos, veinticinco millones en la Unión Soviética. Iniciada el 1 de septiembre de 1939 con la invasión a Polonia por el ejército nazi, y concluida el 7 de mayo de 1945 con su capitulación, por el número de víctimas, la destrucción de ciudades, las hambrunas y los seis años que duró, fue la guerra más prolongada y destructiva de la historia moderna. Desde el siglo XVII, anota Laqueur, “ninguna guerra europea se había librado con tanta ferocidad ni había provocado tanta destrucción”. El propósito de aniquilar al enemigo se desplegó en terrenos abonados por el desprecio a la persona, el rechazo a la libertad, la repulsa a la verdad, la recusación de toda ética, la hostilidad al sistema democrático, el fanatismo, el cultivo de los antagonismos ideológicos y nacionales, y de odios de raza y de clase. El Estado totalitario, sus componentes ideológicos y el poderío militar fueron posibles por un clima de confrontación de concepciones antagónicas, menos tangible pero no por eso menos decisivo, que arropó la etapa de gestación y despliegue de una disputa radical que debía resolverse suprimiendo el disenso y eliminando a su portador enemigo. Por eso mismo, el conflicto no tardó en plantearse como guerra total, trascendiendo las fronteras europeas e involucrando, a partir de 1941 y por primera vez, a todo el mundo. Al fastidio por opiniones diferentes, sigue la voluntad de recusar la razón, condenar la discrepancia y sepultar el pluralismo. Esa tendencia viene acompañada de la demonización del disidente, condición previa para su supresión por enemigo. En tales ideas absolutas y en su ejecución, mediante asesinatos, torturas y campos de concentración, Stalin y Hitler coincidían. Estimulando heridas abiertas por la Paz de Versalles y señalando al enemigo, “un grupo de criminales que consideraba la guerra como una opción aceptable de política exterior, se hizo con el poder y puso contra las cuerdas a políticos parlamentarios educados en el diálogo y la negociación”, explica Julián Casanova. Todo totalitarismo es un maniqueísmo que divide al mundo en dos partes mutuamente excluyentes, “los buenos y los malos, y que se fija como objetivo la aniquilación de estos últimos”, señala Todorov. La guerra no se explica sin ese maniqueísmo sobre el que se monta, a escala reducida pero efectiva, el terror, previo y simultáneo a ella. Trasladada al terreno político, la negación de la complejidad servía para condenar la democracia, el sistema político destinado a asumirla. Para Hobbes el fanatismo es, a menudo, “la alianza del apasionamiento con la ignorancia”. Según Jaspers, “de la creencia procede el fanatismo de la certeza”, alimento de ideologías y prácticas totalitarias. En 1934 Ortega y Gasset advirtió que la simplificación era hija de la desorientación y de la desesperación. La simplificación, de la que se nutren ciertas creencias secularizadas, es uno de los modos de negar la complejidad. Al simplificar, el ser humano niega y abandona el centro de la vida para trasladarse a cuestiones periféricas, instaladas como centrales. Éstas, por extremas, se empecinan en sustituir el impulso de integración, propio de la cultura, por un impulso de exclusión. “He aquí en qué sentido formal e inevitable la desesperación se hace extremismo”: lo periférico se hace central. Se afirma un rincón y se niega el resto, dice Ortega. Al colocar en el centro lo nacional, lo social o lo económico, el hombre se retrae. Al retraerse y ser rehén de lugares comunes, queda prisionero de una única cuestión: “la exagera, exacerba y exaspera, la saca de quicio -es decir- de su lugar”. Reduce la complejidad, se atrinchera en un extremo, “se instala en él y hace extremismo. Desde él combatirá el enorme resto de lo humano: negará la ciencia, la moral, el orden, la verdad, etc.” Las épocas de desesperación abren un amplio cauce “a todas las íntimas ficciones y al gran histrionismo histórico”, observa. “El hombre se deja matar muchas veces por sostener su propia ficción. El hombre tiene una capacidad de histrionismo que llega al heroísmo”. O de una crueldad que se confunde, deliberadamente, con un supuesto idealismo llevado al grado de heroísmo. La desorientación, llevada a desesperación, ¿no fue la que alumbró el maniqueísmo que dio soporte al terror de los años ’70 en la Argentina, presentado ahora como utopismo redentor? El país, que se retrajo de las dos grandes guerras del siglo XX, no pudo sustraerse a los coletazos de la Guerra Fría. Sus secuelas, bajo la forma de terror, se instalaron aquí tardíamente. El final de la Segunda Guerra no trajo aparejado el de esas otras guerras que, localizadas, se desataron después. A finales del siglo XX, el 90% de las guerras se libraron entre grupos antagónicos de un mismo país o entre países vecinos. En la Europa de los ’70, los odios, acotados y reconcentrados, se replegaron a un terrorismo minoritario, autista, mesiánico, dotado de alta conciencia de su papel justiciero y redentor. Pascal advirtió: “Nunca se hace el mal con tanta plenitud y tan alegremente como cuando se hace con buena conciencia”. Según Enzensberger, se trata de un nuevo tipo de guerra: “la guerra molecular, más endógena que exógena; más de grupúsculos que de masas”. Sus combatientes, no tienen legitimación alguna para sus acciones; no tienen metas, ideas, normas, proyectos ni estrategias. El combatiente, poseído de creencias secularizadas, es indiferente a su propia destrucción. La condena y la memoria de aquella Guerra Mundial deben extenderse a estas otras guerras en escenarios acotados, y más cercanas en el tiempo. Es peligrosa la tendencia que insiste en condenar y satanizar a un bando para exculpar, sacralizar e idealizar al otro. El negacionismo no es patrimonio exclusivo de reaccionarios nostálgicos. El historiador tiene por delante el “deber de la verdad”, antes que convertirse en portavoz de memorias sesgadas y facciosas. Para ser legítima y eficaz, señala Bédarida, “una política de la memoria sólo puede descansar sobre una obra de verdad”. Las versiones históricas en boga, políticamente correctas, están sacrificando la verdad en el altar de viejas ideologías. El presente artículo ha sido publicado como editorial del número de septiembre de 2009 de la revista argentina Todo es Historia. Se reproduce aquí con expresa autorización de au autor |
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