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Por una celebración reflexiva del Bicentenario
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Escrito por el martes, 26 de enero de 2010 (Ha sido leído 321 veces) El Bicentenario deberá equilibrar celebración y reflexión. Si la celebración se hace a expensas de repensar el país, la conmemoración quedará desvirtuada y trivializada. Aquélla será mutilada si la reflexión se limita a hurgar el pasado con ánimo rencoroso, o si queda ceñida al corto espacio experiencia de dos siglos eludiendo mirar al futuro, ese horizonte de espera. Esta es una oportunidad para avanzar en la construcción de una memoria justa y ecuánime; inclusiva, antes que facciosa y sesgada. Será un error enfatizar en lo que Todorov denomina la memoria literal, que nos condena a permanecer atados a la visión dolorosa de un pasado que no podemos ni queremos superar. Conviene cultivar esa memoria ejemplar que permite utilizar críticamente “el pasado con vistas al presente”. Celebración y reflexión no son ajenas a las conmemoraciones de Mayo de 1810, fecha matriz de nuestra historia. En el pasado, celebración y reflexión coincidieron. En 1837, Alberdi instó a “recapacitar” sobre la marcha del joven país. No sabremos hacia dónde vamos si no sabemos de dónde venimos; si no sabemos por qué se hizo Mayo y para qué se hizo, advirtió. Diez años después reiteró esa preocupación. Un país no se construye en un día. La libertad no se logra en un acto, repentinamente y para siempre. Ella, y el país, son “frutos del tiempo”; no de su mero transcurrir sino de reflexión acumulada. “La primera exigencia de la patria es la paz interna”. Ella “no viene sino por el camino de la ley. La Constitución es el medio más poderoso de pacificación y orden interior”. Mitre, Vicente Fidel López y otros nacidos a comienzos del siglo XIX también reflexionaron. Para Mitre, la emancipación fue “el fenómeno político más considerable del siglo XIX”; uno de los cambios más importantes “que en la condición del género humano se haya operado jamás”. Lo fue porque proclamó “los principios lógicos de la democracia como ley natural y regla universal del porvenir”. Anteriores conmemoraciones de Mayo reconocieron esa fecha como punto de partida de nuestro proceso constituyente. Si bien no debemos confundir la recordación de las convenciones constituyentes de 1853 y de 1860 -culminación de ese proceso- con la conmemoración del Bicentenario, ésta debe incluir el proceso de construcción de nuestro orden jurídico, principal preocupación de los hombres de Mayo. Es un error contraponer el bicentenario de 1810 con el de 1816, diluyendo aquél para potenciar éste. También lo es dejar de lado la recuperación del sentido de estos acontecimientos correlacionados y entrelazados. La guerra fue un medio para construir un país libre, con ciudadanos libres, dentro de un orden regido por instituciones. En 1816, Fray Cayetano Rodríguez recordó que “sin Constitución no hay libertad, y sin libertad no hay patria”. Las armas “sólo la harán mudar de amo, en cambio la Constitución la hará dueña de sí misma”. Para tener libertad había que tener patria. Para consolidarla era menester construir un Estado, organizar el país y dotarlo de Constitución “para construir”, garantizando la libertad y la seguridad de sus habitantes. Tal objetivo no pudo ser alcanzado en 1810: recién se logró plenamente medio siglo después. El camino hacia lo que Mitre denominó “la consagración de un nuevo derecho de gentes y un nuevo derecho constitucional” hasta lograr la vigencia de Constitución, fue largo, penoso y sembrado de obstáculos. Esos obstáculos fueron levantados no sólo por conflictos de intereses y de opinión, sino por discordias exacerbadas por odios desplegados como constante durante los cien años posteriores a 1810. En 1903, Lucio V. Mansilla llamó la atención sobre las formas en que penetró el odio en la sociedad argentina; criticó el desorden institucional, el exceso de personalismo y la crisis moral de la mayor parte de la dirigencia y la sociedad. Siete años después, en las primeras páginas del suplemento con el que el diario “La Nación” recordó el Centenario de Mayo, Joaquín V. González publicó su libro “El juicio del siglo”. Allí rastreó las causas profundas y persistentes de nuestros males. Su libro, planteado como “inventario crítico”, tiene dos partes. La primera: El ciclo de la Revolución. La segunda: El ciclo de la Constitución. Discordia y odio son invariantes. En nuestro primer siglo, esa constante impidió al país “conservar la integridad de su patrimonio originario”, retrasando su prosperidad. Querellas fraticidas, guerras de exterminio recíproco, motines y sublevaciones, revueltas y golpes de Estado fueron manifestaciones del rechazo al orden jurídico que la sanción de la Constitución atemperó, pero no extirpó. Las garantías consagradas fueron derogadas por leyes de excepción, por prácticas que abatían sus principios o por la arbitrariedad de pequeños y grandes mandones. Optando por la memoria ejemplar, González pidió “que la Nación de hoy aprenda las lecciones de su vida pasada”. En incertidumbres y turbulencias, la Constitución debía ser la carta de navegación de la Argentina, señaló Alberdi quien llamó no sólo a mirar el pasado sino a trabajar sembrando “para nuestros nietos”. Desde el espacio de experiencia de dos siglos tenemos que mirar nuestro horizonte de espera con responsabilidad, sin triunfalismos y sin derrotismos. Lo mejor de la Argentina está adelante: “está en la perfección del orden social, en conseguir una soberanía nacional que reúna las soberanías provinciales, sin absorberlas”. A los argentinos de hoy nos toca forjar un eslabón capaz de vincular aquel pasado que vamos a conmemorar, con ese vasto, incierto pero también prometedor horizonte que tenemos por delante. (*) El autor del presente artículo fue diputado nacional por Salta, director y presidente del Banco Nación; presidente de la Comisión Redactora del Proyecto de Unificación de los códigos Civil y Comercial y ministro de Gobierno de Salta y presidente del Colegio de Abogados de Salta. Una versión resumida del presente artículo fue publicada bajo la firma de su autor por el diario La Nación de Buenos Aires. |
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