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Fanatismo PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Carlos Vázquez Iruzubieta, el jueves, 28 de enero de 2010 (Ha sido leído 336 veces)
Se sabe de la existencia del fanatismo por su manifestación; es decir, por el modo en el que la conducta se expresa en la vida de relación. Porque en realidad, el fanatismo está depositado en la intimidad del ser; tiene una presencia interior que no puede ser descubierta sino cuando emerge con la virulencia que en cada cual tiene su propia dimensión, aunque siempre tendrá una cuota mínima que es común a todos los que están atrapados por ese sentimiento, cuya expresión es el verbo encendido o el acto virulento.

Fanatismo
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Porque el fanatismo termina expresándose como un sentimiento luego que se ha cumplido el complejo quehacer del espíritu, comenzando por el conocimiento o contenido de la idea o grupo de ideas que conforman una apariencia a la que un buen número de personas adhieren sin reservas luego de haber satisfecho el proceso mental de comprensión.

Mediante la admisión por convencimiento de ese grupo de ideas ya conocidas, se concretarán en creencias en el sentido amplio de fe, una fe racional en la medida que operó en la mente del creyente la iluminación que forjaron en su cabeza tales ideas. A partir de entonces en el ámbito de su voluntad sólo caben tales ideas realizables a través de actos perversos de persecución de los disidentes políticos, religiosos, sociales...

No obstante esa traslación hacia el exterior para conformar con sus iguales una fortaleza defensiva-ofensiva, también se dan casos de fanáticos solitarios que en su faceta más típica se los conoce como los asesinos en serie, por dar un ejemplo. Estos fanáticos que suelen ser considerados como trastornados, son precisamente eso, y en nada se diferencian de los que obran en grupos por sí u obedeciendo órdenes superiores, dado que son ellos los jefes y a la vez los ejecutantes de las órdenes. Tras el ánimo de venganza, o el odio a sus semejantes, o la abrupta soledad en la que desarrollan sus vidas, siempre habrá en el más escondido rincón del asesino solitario, una cúmulo de ideas previas que actúan en su interior como alicientes de su acción.

Normalmente el fanatismo se desencadena socialmente en los periodos revolucionarios, haciendo correr la sangre de culpables e inocentes (dentro de la concepción revolucionaria de cada revolución). El fanático que llegó a ese estado de conturbación de su espíritu, ha iniciado ese camino mediante un ejercicio de razón que alentó la decisión que lo convirtió en lo que es. Una vez convencido y acordando con su interioridad que de allí no se mueve, la razón queda borrada porque no admitirá ningún otro contenido al margen de los que afianzaron su convencimiento irreversible.

Las creencias tienen tan alto grado de vitalidad, vigor y autosuficiencia, que por ellas vive el fanático y por ellas está dispuesto a dar la vida, porque una vida forjada fuera de los dogmas que admitió para siempre como verdaderos, sería vana.

Los fanatismos de nuestra actualidad se reducen a lo religioso y lo político. Toda otra expresión fanática se recuesta en una de estas dos expresiones. Por ejemplo, si se trata de economía, la referencia ha de ser necesariamente política; si de lo que se trata es de una protesta sindical, lo mismo. A veces pareciera difícil determinar algunas expresiones que dan la impresión de tener autonomía, como por ejemplo la violencia de los seguidores de los equipos deportivos quienes por causa de un resultado adverso son capaces de agredir a los seguidores del otro equipo, causarles lesiones de toda intensidad y llegar hasta la muerte. Estos soldados del club de fútbol, han dejado de acudir a los estadios a pasar una tarde divertida para convertirla en una posibilidad de herir o matar. El propósito real siempre será el mismo: agredir a quienes están fuera del ámbito de las creencias o de ideas que conforman una suerte de etnia de cada fanatismo. La del deporte fanatizado es una cuestión social que tiene que ver con el grado de permisión de las autoridades es decir, de la ideología que gobierne en ese momento en cada país. Una cuestión política, sin duda.

El fenómeno religioso sujetado por el fanatismo no merece ninguna explicación pues está a la vista de cualquiera con sólo asomar la mirada a los telediarios o a la prensa escrita o hablada. La inmolación del fanático para llevarse consigo a la tumba a un buen número de “enemigos” es algo que se produce casi a diario en no pocos sitios de África y Asia especialmente, aunque no de manera exclusiva en tales continentes. Está hoy de moda en los EE.UU. que algunos adolescentes armados con fusiles de repetición entren a sus colegios o institutos y maten indiscriminadamente a sus compañeros y profesores. En la mayoría de los casos son perturbados que han bebido de ideologías que los fanatizan para que obren en grupo o solitariamente.

Se podría asegurar que el fanático es un irredento sin solución porque carece de la fuerza espiritual que necesita para deshacer el camino de la exacerbación y recalar en el ejercicio libre de la razón. Ni quiere ni puede razonar porque el solo pensar en hacerlo le quita el aliento vital que le proporciona el odio que mueve su mano asesina o siquiera, agresiva hasta provocar el daño físico. El fanatismo alimenta su espíritu y el practicarlo le otorga sentido a su vida y una dicha enardecida.

Otra clasificación que se puede hacer del fanatismo es el racionalizado y el irracional, de lo que ya algo dijimos. El primero surge como consecuencia de un adoctrinamiento paciente y eficaz, dando paso al convencido. El otro, es el fanático que no va más allá de la reacción psicológica, como que actúa por impulsos elementales como proclamar: los mato porque odio a los judíos, o a los cristianos o a los negros, o a los musulmanes... Ninguna razón suficiente  alimenta ese odio; quién sabe una película que hizo mella en su sensibilidad, una conversación mal interpretada, en fin, circunstancias o hechos singulares que son ajenos a toda racionalización posible.

En nuestro mundo hay demasiadas personas en todas partes y demasiadas ideas en todos los rincones. La falta de cohesión social a causa de la imposición ideológica de un acendrado individualismo conduce a los más desprevenidos a servir a causas extrañas a sus creencias seculares. La ideología (que es también una creencia aunque laica), ha sustituido a la solidaridad y misericordia en tanto que sensaciones típicamente humanas. Porque la ideología no persigue otro destino que el ejercicio absoluto del poder, sea político, social o económico. Y para ello, antes, durante y después de la lucha contra los enemigos no cabe otra opción que el aniquilamiento.

El hábito de nuestra actualidad es consolidar una nueva axiología, ocupando el primer lugar en esta nueva tabla de valores, la ideología, luego la palabra de los jefes ideológicos y las órdenes de los jefes operativos, después los camaradas y en último sitio la nación. El camino de estas preferencias son precisamente las inversas si se tiene en cuenta que se pospone al último lugar una idea social de afirmación comunitaria como lo es la idealización del concepto de nación. De ahí que se produzca el fenómeno en principio inexplicable que muestra a un feroz individualismo trabajando sin condiciones a favor de una internacionalización del fanatismo, como que se persigue más allá de las propias fronteras a los enemigos de la ideología o religión que se considera vejada por alguien.

En Occidente observamos estas cosas con sorpresa y las dejamos estar con inexplicable indiferencia.
 

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