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Jesús, el judío PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Carlos Vázquez Iruzubieta, el domingo, 07 de febrero de 2010 (Ha sido leído 415 veces)
César Vidal, hombre culto donde los haya, tiene el afán inderogable de proclamarlo en cada ocasión, pertinente o no. La extensa bibliografía de su último libro que ha titulado “Jesús, el judío”, vuelve a dar muestra de lo que acabo de decir. Presume de culto, y lo es; no obstante, este hábito demuestra que ha leído mucho, aunque lo que interesa de sus libros como los de cualquier autor, no es cuánto haya leído sino la originalidad de su pensamiento.

Jesús, el judío
Jesús, el judío
Comienza declarando Este libro no es una obra de teología sino de historia (p.20). Sin embargo, en el relato histórico de la vida de Jesús aprovecha para incluir prédicas a las que alumbra con una interpretación simbólica del texto (esotérica), sin echar mano de la interpretación literal (exotérica) que es la adecuada a los hechos históricos. Valga un ejemplo de los muchos que se pueden dar a este respecto. Interpretando el encuentro de Jesús con Nicodemo y otro con la samaritana en el pozo, el autor, de acuerdo con el evangelista Juan que une ambos episodios expresa que: Ambos mostraban a Jesús como el agua que limpia y calma la sed espiritual.... Eso, de historia, nada tiene. Pero para un ejemplo mayor basta con leer cualquiera de los párrafos con los que ilustra este autor las variadas citas del Antiguo y del Nuevo Testamento en el capítulo 7 ¿Quién dicen los hombres que soy?, donde realiza un ponderable esfuerzo para profundizar en los dogmas cristianos. Ver especialmente la p. 132.

Le cuesta trabajo reconocer que Jesús fue un rabino fariseo que predicaba su interpretación personal de la Torah. Transcribe el autor un pasaje de Juan 3, 1-12, en el que Nicodemo comienza diciéndole a Jesús: Rabbí, sabemos que has venido de Dios por maestro, porque nadie puede hacer estas señales que tú haces si no estuviera Dios con él (p. 40). Es decir que no cabe duda que Jesús fue un rabino al que llamaban Maestro, que es una de las formas de dirigirse a estos conocedores de la Torah. Sin embargo, César Vidal se resiste a aceptar esta verdad bíblica, como que tiene expresiones tales como Jesús no fue original en la utilización de ese género narrativo propio de los rabinos judíos (p. 54); o esta otra, refiriéndose a Jesús: como si se tratara de un rabino (p. 67). El personaje bíblico que era Nicodemo, un saduceo rico, y al parecer seguidor de Jesús, lo reconoce como rabino; pero César Vidal que en este libro quiere hacer historia y no teología, no reconoce hasta ahora, que no es que se comportaba como un rabino, sino que lo era. Es necesario avanzar hasta la página 143 para que César Vidal abandone los eufemismos y medias palabras para reconocerlo de manera explícita, al decir que Resultaba obvio que Jesús ya no era un rabino aislado, sino que había logrado reunir a su alrededor... etc.

Niega el fariseísmo de Jesús con frases como ésta: ...y no sólo se enfrentaba con las interpretaciones farisaicas (p. 68), dando a entender que era enemigo de todos los fariseos o que todos los fariseos eran sus enemigos, algo que no se puede afirmar sin explicar lo que de verdad ocurría en esos tiempos en Palestina. Para negar la condición de fariseo de Jesús, debe hacer lo que hace la Iglesia católica; es decir, tratar al personaje histórico Jesús, como un evanescente, como un hombre suspendido en el vacío, sin contacto con la tierra que sus pies deben pisar como todo mortal o, si se quiere, como el Hijo del Hombre. Descartando a grupúsculos sin mayor trascendencia para la historia del pueblo de Israel, hay que recordar que en el Siglo I había en la Palestina romana tres sectas judías: los saduceos, despreciados por Jesús y gran parte del pueblo judío por ser la clase dominante, los prestamistas y colaboracionistas con las autoridades romanas. Otra secta era la de los fariseos, la clase media y baja, compuesta por tenderos, artesanos y obreros; gente pobre. La tercera era la secta de los esenios, tratada por César Vidal en su libro “Jesús y los manuscritos del Mar Muerto”, que se agrupaban a orillas del Mar Muerto, lejos de las fuentes del poder romano y saduceo. Y Jesús, ¿qué era, o era nada? ¿Era el creador de otra secta, cuál? Nada de esto se encuentra en los Evangelios. Por el contrario, fue el que vino a la tierra a confirmar la ley mosaica, afirmando que aquel que violare uno de sus mandamientos y cuanto contiene la Ley, sería tenido como el más pequeño en el Reino de los Cielos (Mateo 5, 17-20). Vidal lo reconoce al decir que El pasaje citado indica que Jesús no negaba la Torah (p. 65), algo que reitera en p. 70.

Es de destacar más claridad en este mismo sentido cuando César Vidal reconoce que Jesús predicaba la Torah y no una novedosa religión o imaginaria moral separada de la moral judía. Nada de eso. Después de recordar el pasaje de Mateo 5, 17-19 en el que Jesús reivindica para sus enseñanzas el respeto a la ley mosaica, dice Vidal que: Lejos de ser un personaje contrario a la Torah –como señalarían algunos escritos rabínicos y buena parte de la teología cristiana de veinte siglos- Jesús enmarcó su enseñanza en la que, con mayor o menor fidelidad, había seguido el pueblo de Israel durante siglos. No había venido a anular o derogar la Torah, sino a cumplirla, y eso resultaba de aplicación tanto para los preceptos más relevantes como para los aparentemente mínimos (p. 76).

Con esta cita daré por terminada la cuestión del contenido de la prédica de Jesús, un judío que respetó la Ley judía, interpretándola con la flexibilidad que aquellos tiempos demandaban, aunque no sin antes referirme a una cuestión crucial de la prédica de Jesús y que sirve para comprender por qué la escisión del judaísmo a causa de los postulados de la secta mesiánica no se debe a la palabra y obra de Jesús a quien jamás se le prohibió predicar en una sinagoga, sino que fue obra de Pablo de Tarso y sus seguidores, especialmente gentiles conversos. Sin profundizar en la cuestión, en la p. 142 César Vidal afirma que la misión que Jesús les había encomendado a sus discípulos estaba centrada de manera total y exclusiva en el pueblo de Israel. Más adelante César Vidal no se conformará con esto y trasladará a la secta mesiánica la misión de hacer proselitismo en todo el planeta no obstante la cita que acabamos de hacer. Como buen judío, Jesús era radical en su rechazo a los gentiles, un principio absoluto e intemporal del pueblo judío que es fiel guardián de sus exclusividad racial y religiosa. Son Pablo y Bernabé con los gentiles que ingresaron masivamente a la secta mesiánica quienes destruyeron el ensimismamiento judío, proclamando que la palabra de Jesús debía llegar a todos los rincones de la tierra, sustituyendo los principios del mesianismo por la cristología que dio origen al cristianismo tal y como lo conocemos hoy.

Jesús no podía de ninguna manera ser un saduceo porque era pobre como su familia a punto tal que la ofrenda que llevó María a la Sinagoga para el oficiante que iba a circuncidarlo, fue un par de tórtolas, tal como bien lo recuerda el autor. Tampoco era esenio porque vivió en la orilla occidental del Jordán, lejos de los esenios, radicados a orillas del Mar Muerto. Y sólo quedan los fariseos, con quienes discutía como buen fariseo, en la sinagoga, en la plaza, en la calle, en su casa y donde quiera que hubiera otro fariseo. Del punto de vista religioso, los saduceos se mantenían alejados de estas discusiones, aceptando la literalidad de la Torah para dedicarse a lo que les interesaba: la acumulación de riquezas. Por su parte, los fariseos del Siglo I respondían a una de las dos escuelas rabínicas dominantes: una era la de los seguidores de Shammay (interpretación rígida de la Torah) y otra la de los seguidores de Hillel, el Anciano (interpretación flexible de la Torah), a quien cita Vidal muy de paso, por ejemplo, en las pp. 39 y 92 de su libro . Para evitar hablar claramente de los fariseos, el autor omite su nombre y lo sustituye por el de “paisanos” (p. 48). Los fariseos son para César Vidal los “paisanos” de Jesús, algo bastante chocante si este vocablo de lo sitúa en aquella época. Por si todo esto fuera poco, eran los fariseos quienes creían en los ángeles, en la inmortalidad del alma, en el infierno ígneo (Guehenna) y en la resurrección, algo en lo que no creían los saduceos. Jesús fue un diligente discípulo de la tendencia hilelista, la que asumió y predicó, aunque a veces fuera más allá de su maestro. Lo reconoce Vidal al decir que Jesús era un Maestro que enseñaba una interpretación muy peculiar aunque medularmente judía de la Torah (p. 83).

Jesús fue un diligente discípulo de la tendencia hilelista, que asumió, predicó y amplió de manera muy profunda y extendida. Lo reconoce Vidal al decir que Jesús era un maestro que enseñaba “una interpretación muy peculiar aunque medularmente judía de la Torah” (p. 83).

Así, pues, ¿a quiénes predicaba Jesús? A los gentiles desde luego que no, sencillamente porque no eran judíos. A los saduceos tampoco porque eran reacios a las discusiones teológicas; se limitaban a cumplirlas sin discusión. A los esenios tampoco por imposibilidad geográfica. Predicaba a los fariseos, sin duda. Dice César Vidal que A los fariseos no se les ocultó que el mensaje de Jesús relativizaba toda su enseñanza de una manera que consideraban intolerable. Entonces, ¿de qué secta eran los seguidores de Jesús? Eran fariseos de la secta mesiánica, combatida por los fariseos que negaban a Jesús la condición de Mesías. De modo que la verdad a medias de César Vidal de que los fariseos consideraban intolerable los mensajes de Jesús, debe ser corregida diciendo que una parte de los fariseos rechazaban y hasta combatían las prédicas de Jesús, mientras que otra parte lo seguían, porque diciéndolo de esta manera se está más cerca de la verdad histórica.

Como ejemplo de que a Jesús sólo le interesaba pregonar su doctrina a los judíos, se puede recordar el episodio del centurión que pidió a Jesús que curara a su criado paralítico y Jesús le respondió que lo haría. A continuación el centurión le dijo que no era digno de entrar a su casa, y Jesús lo curó sin moverse de su sitio, premiando así al gentil por su fe (Mateo 8, 5-13). A tal punto los judíos no tenían trato con los gentiles, que hasta el propio centurión lo reconoció y Jesús por su fe curó al criado sin entrar a la casa del gentil.

En cuanto al bautismo con agua, explica cómo se produjo, tal y como se puede leer en los Evangelios; es decir, sumergiendo el cuerpo del bautizado, y es por ello que Juan el Bautista para practicarlo necesitaba de un río. Lo que no explica el autor es el significado de esa forma bautismal; es decir, lo que significa en la simbología tradicional el sumergir y emerger del agua, como bien lo expresa Mircea Eliade en su pequeña gran obra Lo sagrado y lo profano (p. 96 y ss.). Ese simbolismo de aparición de lo creado y no manifestado en la multiplicidad del ser, es perfectamente trasladable al significado del bautismo acuático, explicación necesaria y que a César Vidal se le escapa, siquiera como referencia.

La cuestión del sábado (el shabat), no fue ni por poco un asunto decisivo para generar la escisión entre los judíos y la secta mesiánica (más tarde, cristiana). Al fin de cuentas la proposición de Jesús de que curar a los enfermos en sábado no era una ofensa contra Dios porque el hombre no fue creado para el sábado sino el sábado para el hombre, es algo que lo entiende cualquiera, esté o no de acuerdo con tal enunciado. El propio Vidal lo admite (pp. 69 y 70). Los seguidores de Jesús, aun después de su muerte siguieron practicando sus ritos y reuniéndose en las sinagogas porque al fin de cuentas eran judíos de la secta mesiánica, un grupo de seguidores de Jesús incrustada en el gran grupo de los fariseos. La cuestión que dividió a los judíos fariseos y a los judíos mesiánicos fue el Concilio de Jerusalén del año 50, y que César Vidal lo sitúa en el año 49. Para el caso, es lo mismo. La cuestión central fue que para ser aceptado como judíos, los gentiles debían ser circuncidados, algo que Pedro, Pablo y Bernabé decidieron pasar por alto con el compromiso de los gentiles conversos de respetar las enseñanzas de la Torah.

Lo del Padrenuestro lo pasa de puntillas sin aclarar que el propio Jesús no se consideraba el Mesías porque para los judíos la presencia del Mesías en la tierra era el signo inequívoco del comienzo del Reino de Dios, la Jerusalén Celeste. El Mesías es el Ungido, el Enviado por Dios para proclamar a los mortales el principio del Reino. Así pues, cuando Jesús enseña la simple oración del Padre nuestro y dice: Padre nuestro que estás en los Cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Reino... está reconociendo que el Mesías aun no ha llegado porque Jesús pide a Dios que venga a nosotros Su Reino. Que se inicie el Reino Celestial proclamado por el Ungido, que fue siempre la creencia de los judíos, para quienes no se iniciará el Reino sino cuando el Mesías, enviado por Dios, ponga los pies sobre la tierra. De esto, el autor, ni una palabra (pp. 87/88), porque recoge las distintas significaciones del concepto religioso de Mesías (p. 115 y ss.). Tampoco explica la frase de esta misma oración que dice: Perdona nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Hay aquí una doble significación. Las deudas nuestras son nuestros pecados, y en el Padre nuestro Jesús utiliza un símil al equiparar a nuestros pecados con las deudas mundanales, a las deudas que cada siete años los prestamistas debían perdonar a sus deudores según las normas morales dadas por Dios a los judíos a través de Moisés. Dios perdona los pecados, y los hombres perdonan los préstamos a sus deudores. Esto originó una gran disputa entre los judíos, que no es del caso extendernos aquí con su explicación.

He de reconocer que el Capítulo 11 He deseado comer la Pascua con vosotros es una alarde de espiritualidad. Los comentarios a los pasajes bíblicos que con cuidadosa devoción ha seleccionado este autor, es a mi juicio lo más valioso de su libro o mejor aun, “es el libro”. Comparándolo con todo lo demás está muy por encima. La recreación histórica que lleva a cabo está teñida de dulce profundidad teológica, algo que no se puede separar de la interpretación de la vida de Jesús, aunque el autor se lo propusiera según su temprana confesión de hacer historia y no teología, y no puede serlo si se aborda el conocimiento de la historia del Hijo del Hombre que a su vez fue en aquellos episodios el Hijo de Dios.

Llegados a este punto cabe preguntarnos cuál ha sido el propósito de César Vidal al escribir este libro. Porque está claro que describir la vida de un Hombre-Dios compromete a quien decide realizar la tarea. Que César Vidal es un creyente cristiano se acredita con el título de uno de sus libros recientes: Por qué soy cristiano (2008). Pues bien, entre las conclusiones de este otro libro suyo Jesús, el judío, podemos leer una serie de circunstancias que en el día de hoy se observan especialmente en el catolicismo como el culto a las imágenes, que son contrarias a las enseñanzas hebreas (Bereshit-Éxodo 20, 4-5), practicadas y enseñadas por Jesús y por supuesto, contrario a la representación de la divinidad por medio de imágenes. También sostiene este autor que Jesús millares de veces recitó la Shemá y que, en definitiva, a día de hoy, la enseñanza de Jesús el judío, sigue viva, lo que, siendo cierto, permite a los teólogos judíos afirmar que gracias al cristianismo, la Torah es conocida en todos los rincones de la tierra.

En cuanto a la Shemá Israel, Jesús afirmó que era el primer mandamiento: amarás al Único Dios, con todo el corazón, con todo tu ser y con todas tus fuerzas. En otras traducciones: con todo tu corazón, con todo tu espíritu y con toda tu mente. El caso es que este mandamiento está reflejado en el quinto libro de la Torah, el Devarim-Deuteronomio 6, 4-9, y que los evangelistas lo recuerdan (Mateo 32, 34-40 y Marcos 12, 28-34), atribuyéndolo a Jesús. El segundo mandamiento que Jesús proclama sin que alguien se lo preguntara, es el amor al prójimo, que para el evangelista Juan, sin embargo, consiste en la gran novedad de Jesús (Juan 13, 34-38), lo que revela ignorancia o falsedad conciente pues todo judío sabe bien que tal mandamiento fue instituido por el Dios de los judíos dos mil años antes, y que está escrito en el Tercer libro de la Torah, el Levítico-Números 19, 16-18.

Esta reivindicación del judaísmo de Jesús que lleva a cabo César Vidal, en cierto modo debilita la fe de los cristianos y fundamento de cualquiera de sus Iglesias, ya que la deidad de Jesús se diluye entre el tejido espeso de sus enseñanzas hebraicas, dejando la creación del cristianismo en manos de la cristología de los gentiles con su jefe a la cabeza, Pablo de Tarso. Comentarios tan pulcros y extendidos de la personalidad judía de Jesús conducen sin remedio a desdibujar la base teológica del cristianismo, dando pábulo a la hesitación de los cristianos a quienes se les enseñó la preponderancia de la naturaleza divina de Jesús por encima de la humana. O lo que es lo mismo decir, que la historia terrenal de Jesús es nada más que el soporte para sentar las bases de su divinidad.

En definitiva, ¿a qué vino Jesús a la tierra? Desde luego que por lo que se conoce históricamente, no vino a inaugurar la era del Reino, sino más bien a acelerar su llegada que es una obligación de todo buen judío, y a enseñarles a la luz de la Torah, qué es lo que tenían que hacer los que vivieron en el Siglo I, para ganar el Reino y ser dignos hijos de Dios.

Si lo que quiso César Vidal, como cristiano, fue fortalecer los dogmas del cristianismo, creo que logró el resultado inverso, porque si todo lo enseñado por Jesús no es más que doctrina judía, su divinidad ¿dónde habrá que buscarla? ¿Ha espulgado en los Evangelios para encontrar un símbolo de la divinidad de Jesús, sin lograrlo? Con decir que es una cuestión de fe, no es suficiente. Los cristianos que lean este libro, muy bien fundamentado, por cierto, sentirán una grave desazón en sus corazones. De esto si que estoy seguro, porque para los cristianos, la divinidad de Jesús está escrita en los Evangelios bajo el manto de los símbolos que como frontispicio se los menciona como milagros. Cada milagro da razón de la divinidad de Jesús (para conocimiento de los feligreses) y a la vez, permite descifrar el contenido del dogma que encierra el símbolo (para conocimiento de los teólogos).
 

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