Escrito por Gregorio Caro Figueroa, el lunes, 25 de diciembre de 2006 (Ha sido leído 2733 veces)
A fines de 1966,
hace ahora cuarenta
años, terminé de
escribir el primer
borrador de
“Historia de la
Gente Decente de
Salta”. Cuatro años
después, modificado,
se editó en Buenos
Aires con un título
que, con más
criterio
publicitario que
rigor, modificó el
editor interesado en
extender al Norte
argentino su límite
real, acotado a
Salta.
 A 40 años de su publicación No
intentaré aquí una
autocrítica. No
porque permanezca
atrincherado en
la soberbia del que
cree que no tiene
nada que enmendar
por no haber
errado. Tampoco
porque haya elegido
el repliegue
vergonzante del
arrepentido. No
corresponde abrir
ese capítulo ahora.
Creo en lo que
dijo Víctor Hugo, y
recordó Jean
Guitton: “la mejor
manera de corregir
un libro es hacer
otro mejor”.
Este es un rápido
paseo por el
contexto y la
“cocina” de ese
libro.
Rescataría de él
haber llamado la
atención local
sobre: la
importancia
de la historia
social, las redes
familiares, las
mentalidades y
pautas
de comportamiento de
la élite, y el haber
tratado, de modo
deliberado,
de agitar la
tranquila siesta
provinciana.
Silencio, enojo y
murmuración, antes
que debate, fueron
respuestas a esas
páginas.
Haré aquí un solo
cuestionamiento: ese
trabajo utilizó como
imán de
lectores, con carga
irónica y
peyorativa, el
término “gente
decente”;
pero no lo explicó,
no lo desarrolló y
tampoco lo colocó
como uno de
sus ejes. En este
punto también
incurrí en el error
de “sustituir el
análisis por el
estereotipo”, como
dice Manuel García
Pelayo. Recién en
los últimos años
dediqué atención a
ese análisis.
Esa posterior
indagación, y no un
giro político o un
reacomodamiento
oportunista,
modificó mi idea de
este y otros temas.
Comprendí que “la
indignación moral no
es una ayuda para
pensar con lucidez
ni para
comprender con
simpatía el pasado”,
como explica
Lawrence Stone. La
saturación
ideológica y las
simpatías políticas
facciosas, tampoco.
Con desaliño
artesanal
El entusiasmo
juvenil explica el
desaliño artesanal,
la temeridad en la
elección de un tema
tan vasto como
complejo, y la
amplitud del período
trazado para su
abordaje. Tal
audacia se explica,
además, por el clima
de época, la
influencia de
lecturas de
ambiciosas síntesis
de la
historia argentina,
ideológicamente
sesgadas y
polémicas, las que
intenté acompañar
desde una
perspectiva
provincial, entonces
ausente.
Esos factores
actuaron como
compensación a las
limitaciones y
carencias
del medio local,
entonces marcado por
una incipiente vida
académica y
la escasez de
información, donde
la mordacidad verbal
en pequeños
cenáculos o textos
esporádicos
amparados bajo
anónimos o
seudónimos,
reemplazaban la
crítica social
sistemática,
escrita, publicada y
asumida con firma
por sus autores.
Si bien comencé a
redactar ese
borrador a comienzos
de 1966, mi interés
por el tema data de
mediados de 1962,
cuando leí un
trabajo sobre “La
Revolución
Libertadora en
Salta” en el número
29 del Boletín del
Instituto de San
Felipe y Santiago de
Estudios Históricos
de Salta.
Aunque en septiembre
de 1955 era un
escolar, recordaba
con claridad y
dolor esos
episodios. Al
momento de ser
derrocado Perón, mi
padre era
Senador de la Nación
e interventor
federal en la
Provincia de
Santiago
del Estero. Fue el
último funcionario
peronista que
entregó el gobierno
en el país y uno de
los primeros en ser
detenido. A esa
detención
siguieron otras, que
se prolongaron hasta
el año 1959.
Mi padre jamás había
aceptado las
prebendas que el
régimen entregaba a
los obsecuentes en
forma de dinero,
órdenes para coches,
donación de
tierras o casas, y
tampoco utilizó la
partida de gastos
reservados. Las
llamadas comisiones
investigadoras del
gobierno de facto
tuvieron que
reconocer su
honestidad.
El cruce de esos
recuerdos infantiles
con el impacto del
artículo sobre
“La Revolución
Libertadora en
Salta”,
descalificando en
bloque a
funcionarios
salteños de aquella
época, disparó el
impulso de refutar
esos ataques aunque
con pasión de signo
contrario, sin
imparcialidad.
Ahora podría decir,
con Phillipe Ariès,
que “la historia se
me
presentaba, ya
entonces, como un
arsenal de
argumentos”.
Izquierda
Nacional
Pronto advertí que
los elementos de
comprensión surgidos
del peronismo
eran insuficientes
para intentar tal
empresa. Sin un mapa
previo,
tanteando el
terreno, me fui
aproximando a la
lectura de autores
que
combinaban el
rescate del
peronismo con un
socialismo que
ostentaba
cuño nacional.
Debo a Francisco
Álvarez Leguizamón
la lectura de José
Carlos
Mariátegui, cuyos
ensayos sobre la
realidad peruana
aportaron la
dimensión andina que
faltaba en los
ensayistas
rioplatenses.
Mariátegui
permitía una primera
comprensión de los
problemas de la
tierra, de la
economía colonial,
del indio, de la
educación, de la
religión y de las
relaciones entre
regionalismo y
centralismo, afines
a nuestra realidad.
A los libros de los
fundadores del
Partido Socialista
de la Izquierda
Nacional (PSIN),
Jorge Abelardo Ramos
y Jorge Enea
Spilimbergo y los
casi cuarenta
títulos de los
pequeños volúmenes
de la editorial
“Coyoacán”, se
añadieron los de
Juan José Sebreli,
Arturo Jauretche,
Juan José Hernández
Arregui y Rodolfo
Puiggrós. En “Las
derivas del
revisionismo
histórico”,
presentado en
diciembre de 2005,
intento un
examen crítico del
revisionismo
histórico que, desde
mediados de los
años ’60, alentó la
izquierda armada y
populista.
El PSIN se fundó en
junio de 1962. En
1963, después de
leer el
manifiesto “La
izquierda nacional
ya tiene su
partido”, envié una
carta
a la revista
“Izquierda Nacional”
adhiriendo desde
Salta al PSIN al que
se habían sumado
Ernesto Laclau, Blas
Alberti y José Luis
Etcheverry,
entre otros. La
orfandad ideológica
a la que nos
condenaba el medio
local se convirtió
en sobrecarga y
ésta, sin sutilezas,
impregnó la
“Historia de la
Gente Decente”.
A comienzos de 1966,
a poco de mi ingreso
a la Universidad
Nacional de
Tucumán, se
incorporó a ella
Ernesto Laclau como
profesor de Historia
Moderna e Historia y
Teoría e Historia de
la Historiografía.
Aunque ese
año me había
inscripto en la
Facultad de Derecho,
mi interés estaba en
puesto en la
Historia. Había
conocido a Laclau en
1965, cuando él
tenía
29 años y formaba
parte de la
dirección nacional
del PSIN que yo
también integraba.
Mientras permaneció
en Tucumán, me
permitió asistir
como oyente a sus
clases magistrales.
Al poco tiempo, con
la misma audacia que
había borroneado mis
apuntes
para la “Historia de
la Gente Decente”,
le pedí que leyera y
criticara
esos papeles. Dos
semanas después me
invitó a su
departamento al
frente
de la Plaza
Independencia, para
comentar esos
deshilvanados
apuntes.
La Vulgata
marxista
Me dijo que el tema
era importante,
aunque debía acotar
y sistematizar
su tratamiento. De
modo más sutil que
directo, señaló la
conveniencia
de tomar distancia
de la manufactura y
el estilo de ciertos
autores
que, ceñidos al
canon partidario,
buscaban hacerse
perdonar su
esquematismo a
cambio de su
fidelidad a la
endogamia del
grupo.
Después me leyó una
carta que acababa de
recibir de Eric
Hobsbawm, en
la que éste le
respondía una suya
referida al marco
teórico para el
análisis de la
marginalidad social
en América Latina,
que Laclau estaba
elaborando dentro de
un proyecto
internacional sobre
marginalidad.
Añadió que este modo
de Hobsbawm, y no
aquel otro, el de la
Vulgata
marxista, era el
correcto para hacer
historia.
En junio de 1966, el
golpe de Estado que
destituyó al
presidente
constitucional
Arturo Illia
instauró la
dictadura del
general Onganía
que intervino las
universidades
nacionales, entró a
saco en ellas,
provocó la renuncia
de cientos de
profesores y
destituyó a otros
tantos, entre ellos
a Laclau que
entonces regresó a
Buenos Aires.
Durante la mitad del
año 67 permanecí en
Salta, retomé mi
trabajo
periodístico y
dediqué mucho tiempo
al partido,
relegando mis
estudios
universitarios y la
reelaboración de la
“Historia de la
Gente Decente”,
tarea que retomé al
año siguiente,
aunque sin atender
los criterios y
las oportunas
sugerencias de
Laclau.
En marzo de 1968
viajé a Buenos Aires
llevando un segundo
borrador de
aquel libro en
preparación. Esta
vez el destinatario
de la copia fue
Jorge Abelardo Ramos
quien, luego de
leerla, me dijo:
“Revise y arregle
un poco el texto.
Hay que publicarlo
este año”.
Dos días después
acompañé a Ramos a
la oficina de la
Editorial
Sudestada que
dirigían Rodolfo
Ortega Peña y
Eduardo Luis
Duhalde, en
la que Ramos había
editado una
recopilación de
textos suyos sobre
los
militares y la
política. Los
editores aceptaron
la propuesta,
fijaron
un plazo de entrega
e incluyeron el
título del libro en
catálogo.
Estimulado por la
posibilidad de
editar el libro y de
hacerlo con
prólogo del propio
Ramos, en abril
estuve dos semanas
en Salta
recopilando
material. Los
primeros días de
mayo regresé a
Tucumán con
dos cajas con unos
pocos libros,
dispuesto a
enclaustrarme para
trabajar en la
versión que enviaría
a imprenta.
Historia
militante y
persuasiva
Durante casi dos
meses me encerré en
la casa que
alquilábamos con mis
hermanos y otros
estudiantes
salteños, en calle
Ecuador 2834 del
Barrio
Echeverría de
Tucumán. Un
estudiante salteño,
Tony Danduch, me
prestó
su máquina de
escribir portátil.
Lucía Solís, a quien
conocí ese año 68
y era entonces mi
novia, me regaló una
resma de papel y una
caja de
carbónicos.
La modalidad, el
estilo y el ritmo de
trabajo fueron más
periodísticos
que académicos.
Entonces no se
ocultaba y, antes
bien, se proclamaba
que la historia
podía y debía ser
utilizada como un
poderoso
instrumento de
persuasión. Escribir
uno de esos textos
era una tarea
“militante”,
destinada a captar
adeptos. De ese
modo, había una
preferencia por
lograr textos
seductores antes que
emprender las tareas
más arduas que
demandan las
construcciones
sólidas.
Contra lo que
alguien dijo luego,
mi padre no me
alentó ni me
desalentó. Tampoco
intentó influir en
el contenido de ese
libro, aunque
leyó algunos
fragmentos. La única
sugerencia que me
hizo, y que no
seguí, fue: “Tenés
que evitar los
calificativos. El
exceso de
adjetivación no es
bueno: suele
encubrir defectos en
la argumentación”.
Con los años,
comprendí que
aquella observación,
aparentemente
trivial,
formaba parte de su
espíritu tolerante y
despojado de odios.
En noviembre de 1968
entregué a Ramos una
carpeta con un nuevo
borrador
y quedé a la espera
de sus
observaciones. A
mediados de 1969
viajé a
Buenos Aires, becado
por una fundación
social cristiana
para asistir a
un curso sobre la
universidad
latinoamericana. La
única observación de
Ramos coincidió con
la que me había
hecho antes mi
padre: “Trate de no
calificar
demasiado”, me
aconsejó el escritor
en quien yo
admiraba,
hasta la imitación,
su filo polémico.
Ramos añadió:
“Mañana tiene que
corregir las pruebas
de imprenta”.
Intenté decirle que
el texto entregado
estaba lejos de ser
el
definitivo, pero
insistió: “Usted es
joven. Ya tendrá
tiempo de pulir
sus escritos”. Luego
me preguntó: “¿Está
seguro de la
dedicatoria?”.
“A mi padre, que
anduvo en estas
luchas. A Lucy,
porque las andaremos
juntos”, escribí
allí. Recién entendí
aquella pregunta
cuando Ramos
añadió: “Tendría que
pensar si quiere
mantener ese texto.
Una
dedicatoria queda
impresa para siempre
y los afectos no
suelen tener la
misma duración”.
Mantuve entonces la
dedicatoria y la
ratifiqué siempre. A
comienzos de
1970 regresé a Salta
y me casé con Lucía.
Con un único
ejemplar del
libro en la mano, el
3 de septiembre de
1970, en el Club
Universitario
de Salta, anuncié la
aparición del libro.
“Estas página son
parte de
una lucha”, insistí
entonces. Recién al
recibirlo leí el
elogioso
prólogo de Ramos,
quien situaba a la
“Historia de la
Gente Decente”
dentro de la
corriente del
“revisionismo
socialista”.
Asustar al
conservador
La revista “El otro
país”, utilizando
una tajante
afirmación del
autor,
tituló “Gente
Decente en la
opinión marxista”.
La revista
anticipaba un
acto de presentación
en el Auditorio
Kraft de Buenos
Aires donde
hablarían Ramos y
Arturo Jauretche. A
esa seguirían otras
en Rosario,
Córdoba y Tucumán.
Poco después, el 6
de noviembre, por su
cambio de
orientación,
renuncié al
periódico donde
trabajaba.
A mediados de
diciembre de ese año
recibí una caja con
más de
doscientos
ejemplares del libro
y algunos otros de
Ediciones del Mar
Dulce, con cuya
venta debía cobrarme
los derechos de
autor. En la
víspera de Navidad
del ’70, nació
nuestro primer hijo.
Diez días
después, pesaban
sobre mí enojos y
amenazas de juicios
y lances a
espada o pistolas,
regidos por los
códigos de honor.
Aquellos reclamos y
mi descargo
aparecieron como
solicitadas en
periódicos locales a
comienzos de 1971.
Treinta años
después, comencé
una enriquecedora
amistad con Pablo
Saravia, nieto de
uno de los
personajes
cuestionados en mi
libro, y mantuve un
diálogo conciliador
con Nicolás García
Pinto, hijo de otro
de los personajes
allí
criticados.
A comienzos de
febrero de 1971 el
semanario porteño
“Panorama” incluyó
un reportaje sobre
Salta que, con el
título “Los baches
de la
tradición” firmó su
enviado especial
Jorge Raventos. “En
las librerías
se agotaba la
Historia de la Gente
Decente de Salta, un
polémico libro
de Gregorio Caro
Figueroa, hijo del
ex legislador
justicialista
Armando
Caro y sobrino del
general Carlos
Caro”. Raventos
calificó el libro
como “mordaz
opúsculo”.
En esos mismos días,
Leopoldo Torre
Nilsson rodaba en
Salta su filme
“Güemes”. Una amiga
me presentó a
Beatriz Guido. “Leí
su libro y me
impresionó. Compré
treinta ejemplares y
los regalé a mis
amigos. Si
hubiéramos tenido
ese libro antes,
quizás el guión de
la película
hubiera sido
distinto”, me dijo
la escritora.
Juan José
Sebreli y Julio
Mafud
Al año siguiente,
Juan José Sebreli
mencionó mi trabajo
en su libro
“Apogeo y ocaso de
los Anchorena”. Años
después, en 1986, me
obsequió
un ejemplar de “La
saga de los
Anchorena”: “Para
Gregorio Caro
Figueroa
con el
reconocimiento por
su investigación
histórica. De su
antiguo
lector, Juan José
Sebreli”.
Por su exceso de
generosidad, Sebreli
alteró el orden de
las cosas. El
agradecido y antiguo
lector de sus libros
era yo. Conocí
Buenos Aires
cuatro años antes de
llegar allí por
primera vez, leyendo
y releyendo
al Sebreli de
“Buenos Aires vida
cotidiana y
alienación”, que no
dejó
de reeditarse desde
1964, cuando salió
su primera edición.
En mayo de 1987 se
añadió otra
gratificación de uno
de los sociólogos
que más libros
vendió en la
Argentina, Julio
Mafud, hoy
injustamente
olvidado, a quien
hice una entrevista
periodística. Mafud,
había sido
obrero ferroviario y
había estudiado en
la Sorbona. Cuando
lo conocí
enseñaba en el
Instituto
Grafotécnico. Me
impresionaron sus
conocimientos y su
modestia.
Después de esa
entrevista, Mafud me
preguntó por mi
origen. Cuando
mencioné a Salta,
dijo: “Hace años leí
un interesante libro
sobre la
elite salteña de un
señor Caro Figueroa,
que ahora debe ser
anciano”.
Cuando le dije que
yo era el autor, se
extrañó por mi edad,
hizo
comentarios a la
“Historia de la
Gente Decente”,
sugirió textos que
luego leí y me
alentó a profundizar
el tema.
Propios y
extraños
Algunos
historiadores
extranjeros
utilizaron datos del
libro y lo
citaron. Frederick
Alexander Hollander
estuvo en Salta a
mediados del
año 1970, consultó
el original de
“Historia de la
Gente Decente”, que
cita allí con su
primer título:
“Historia de la
oligarquía en
Salta”.
Hollander recogió
aquí datos para su
tesis doctoral sobre
la oligarquía
y las políticas
petroleras en la
Argentina, con
especial referencia
al
caso de la Standard
Oil en Salta durante
el periodo
1918-1933. En 1976,
Hollander presentó
su tesis en la
Universidad de
California.
Recuerdo las
investigaciones
sobre el petróleo en
Salta de Carl E.
Solberg (1979), de
la que hay versión
en castellano, y la
tesis de
Nicholas Biddle
(1991) sobre
petróleo y
democracia en la
Argentina
(1916-1930). Las
conversaciones con
Biddle ampliaron mi
información y
comprensión del
tema.
También incluyo el
viaje de estudios de
James Scobie (1974)
y el más
reciente de Eric
Carter, que acaba de
defender su tesis
sobre la
erradicación del
paludismo en el
Noroeste argentino
(1890-1950). En
todos los casos, los
autores me enviaron
sus tesis. Por
último recuerdo
los comentarios
personales que, en
el año 1972, recibí
de José Luis
Romero, Luis Víctor
Sommi, Dardo Cúneo,
Gregorio Weinberg y
Luis Alen
Lascano y, más
tarde, las acertadas
críticas de Ramón
Leoni Pinto.
Acotaciones de
Atilio Cornejo
A mediados de
diciembre de 1970,
visité al doctor
Atilio Cornejo para
entregarle un
ejemplar de la
“Historia de la
Gente Decente”, con
dedicatoria: “Al
doctor Atilio
Cornejo, con
admiración y
estima”. El
contenido del libro
no contradecía ese
reconocimiento a su
enorme obra,
su generosidad y
hospitalidad
prolongada, incluso,
en los años de
nuestro exilio en
Madrid, donde me
envió sus libros.
Hace unos días
repasé las
observaciones que
Cornejo escribió en
los
márgenes del
ejemplar que le
obsequié y que se
conserva en su
biblioteca. Allí
encontré nombres y
palabras subrayadas,
fechas
corregidas, datos
ampliados,
afirmaciones
matizadas y también
algún
enojo con mis
excesos al adjetivar
y hacer juicios
sumarísimos.
En la alusión al
“derecho de pernada”
en el Valle
Calchaqui, anotó:
‘me
l’hay de probar
patrón’, decía el
propio indio. Son
resabios más bien
indígenas, recuerdos
del caciquismo del
‘Tata Inga’. En el
párrafo en
el que menciono a
José Dávalos
escribe: “No es
verdad. Es una
infamia.
Que lo digan los que
lo conocimos y
gozamos de su
amistad. José
Nicolás
Martínez, por
ejemplo, o sus
sobrinos, a quienes
ayudó”.
A las críticas al
interés de la élite
por la genealogía y
la
vinculación de
familias salteñas
con los duques de
Alba, Cornejo
apuntó: “Por
Figueroa y Toledo,
de los que desciende
el autor y cuyo
apellido, por una
paradoja, se
desprende el suyo:
Caro Figueroa”. Por
último, dijo que el
autor no era
imparcial y sí
frontal en la toma
de
posición ideológica:
“En realidad se
empezó con Marx
(página 13) y así
se siguió hasta
finalizar (página
245)”.
El mismo tema:
otra visión
Aunque estoy lejos
de haber mantenido
intactos en el
tiempo muchos de
los presupuestos con
los que encaré aquel
primer libro y la
intención
con que fue escrito,
no archivé el
interés por el tema.
Al contrario.
En estos últimos
años comencé a
anticipar fragmentos
de un futuro
desarrollo más
sistemático de
algunas de las
cuestiones apenas
esbozadas en la
“Historia de la
Gente Decente”.
En ese listado de
cuestiones se
incluyen los
conceptos de
decencia,
honor e hidalguía, y
un abanico de temas
referidos al
mestizaje, el
color de piel, la
familia, los
estamentos, las
instituciones, la
vida
material, las
creencias
religiosas, la
moral, las ideas,
las relaciones
paternalistas, el
tradicionalismo, el
clientelismo, el
atraso, la
pobreza, los
viajeros y las
costumbres.
Haber recordado aquí
estas cuatro décadas
de ese libro
primerizo,
quizás sea una tarea
previa y necesaria
para encarar, no ya
una
reedición de ese
texto hace años
agotado, sino una
recuperación
actualizada de
algunos de los temas
que, con desmesura
juvenil, me
propuse entonces
abordar.
En este sitio web pueden ser leídas también algunas críticas realizadas con motivo del aniversario de este libro. Críticas que, desde posiciones ideológicas en principio antagónicos realizan Néstor Miguel Gorojovsky y Abel Eduardo Pereyra
Gregorio
Caro Figueroa -
Historia de la Gente
Decente en el Norte
Argentino. De Güemes
a Patrón Costas.
Prólogo de Jorge
Abelardo Ramos.
1970, Buenos Aires.
Ediciones del Mar
Dulce. 247 páginas.
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