La 'cementocracia'

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Escrito por Iruya.com, el sábado, 13 de enero de 2007 (Ha sido leído 3456 veces)

Hay, sin dudas, muchas formas de medir la salud de un régimen político. Pero prácticamente sólo una de medir su salud mental. A los aficionados a escarbar en las más diversas psicopatologías de la política, les bastará para detectarlas, detenerse a echar un vistazo sobre el mundo de la construcción que rodea a las elites gobernantes. 

Los sistemas políticos desequilibrados, los que tienden hacia el autoritarismo o cultivan ciertas formas de personalismos paternalistas, suelen desarrollar enormes maquinarias de construcción, ya sea propias o de particulares, dependiendo del grado de estatización de la economía. A aquellos sistemas políticos pseudodemocráticos contemporáneos que imitan estas prácticas, se les comienza a etiquetar como "cementocracias".

Quienes han acuñado este término procuran distinguir entre aquellas democracias emergentes que luchan por salir del atraso mediante la construcción de viviendas, carreteras, hospitales y escuelas, y aquellos otros sistemas que acometen idénticas obras, no con intención de superar los atrasos y de corregir las desigualdades, sino para encubrir la carencia de contenidos democráticos, para desviar la atención de problemas estructurales más importantes o para cumplir con los sueños y delirios de gobernantes empecinados en dejar su huella en el medio ambiente, como si los pueblos y ciudades fuesen su particular "paseo de la fama".

¿Cuándo un régimen político ha cruzado la línea que separa la normalidad de la patología? Es muy fácil saberlo. Basta consultar la agenda de los políticos y gobernantes: en el momento en que los cortes de cinta, la colocación de piedras fundamentales, las botaduras con champagne, el descubrimiento de placas conmemorativas y las bendiciones parroquiales le ocupen más tiempo que sus relaciones con el parlamento o con la oposición, el régimen habrá virado hacia la cementocracia.

Son más propensos a caer en esta deformación los gobiernos largos, los que, a fuerza de durar, encuentran el tiempo, los recursos y las ideas necesarias para gestionar el "largo plazo" en forma de ladrillos, hierro y cemento. Aquellos regímenes no especialmente interesados en fomentar la alternancia en el poder y la renovación de las elites gobernantes, suelen encontrar en la renovación edilicia y urbanística el argumento ideal para negar sus tendencias conservadoras e inmovilistas.

Un caso "de chaleco"


El Palacio del Pueblo, en Bucarest
El Palacio del Pueblo, en Bucarest
La historia y la realidad están llenas de ejemplos de gobiernos desnaturalizados por su desmedido afán "construccionista". Uno de ellos -un caso de psicopatología política de los llamados popularmente "de chaleco"- fue el que encabezó Nicolae Ceaucescu durante 24 años en Rumania. Pocos saben que este "comunista simpático", que encandiló a Perón y otros líderes mundiales, era en realidad un mitómano de mucho cuidado, que hacia el final de su vida política había perdido no sólo bastante popularidad sino también algo de razón y de cordura. Se cuenta que un Ceaucescu preocupado por su avanzado encanecimiento, aseguraba a sus colaboradores que el pelo se le volvía a poner negro con sólo aumentar las horas de descanso. Aficionado a echarle pulsos a la realidad, Ceausescu, ya senil, amaba cazar osos previamente drogados en los Cárpatos, a los que disparaba parapetado en unos refugios de ladrillo similares a los burladeros de las plazas de toros.

Pero en lo que aquí interesa, no se puede dejar de recordar al Ceaucescu que, a comienzos de los 70, promulgó un plan de gobierno, llamado "programa de sistematización", cuyo objetivo declarado era el de construir una "sociedad socialista desarrollada multilateral". El programa consistió en una vastísima campaña de demolición, construcción y reubicación, que empezó en las zonas rurales de Rumania y terminó en la propia capital, Bucarest, en donde un quinto de las construcciones, incluyendo iglesias y edificios históricos, fueron demolidos, y reemplazados por edificaciones que seguían el estilo personalista del régimen.

Ceaucescu construyó prisiones, estadios deportivos, oficinas públicas, instalaciones industriales, bloques de viviendas y puentes carreteros. Su "obra cumbre" fue, sin embargo, el llamado Palacio del Pueblo (Casa Poporului), en Bucarest, una construcción monumental en cuya edificación murieron varias personas. El monumental Palacio es hoy sede del Parlamento y es el segundo edificio más grande del mundo, después del Pentágono.

La obsesión de Ceausescu por la construcción, la "refuncionalización" y la reurbanización, no trajo, sin embargo, un gran beneficio para Rumania. Su régimen se convirtió en el único de la Europa del Este desalojado violentamente del poder, él y su influyente esposa, Elena Petrescu, murieron fusilados tras un juicio sumarísimo, y su país se convirtió en uno de los mayores exportadores de emigrantes de toda Europa.
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