Estalla un acueducto en pleno centro de Salta |
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Escrito por el miércoles, 17 de enero de 2007 (Ha sido leído 3141 veces) Como sucede en todas las ciudades modernas, el subsuelo de Salta esta habitado por ratas y surcado de innumerables redes destinadas a transportar líquidos cristalinos unos, inmundos otros. Con un cierto retraso respecto de lo que sucede en el resto del mundo, el subsuelo del casco céntrico salteño comienza a albergar cables de fibra óptica para transportar información digitalizada. Podría afirmarse, si mis datos son exactos y si excluimos los temibles temblores de tierra, que no suelen ser frecuentes los accidentes en este nivel de la corteza terrestre. Pero cuando ocurren, rozan los niveles cercanos al de auténticas catástrofes urbanas. Las callecitas de Salta, como aquellas de Buenos Aires inmortalizadas por Horacio Ferrer, tienen, sobre todo en los amaneceres de verano, “ese qué se yo” que mueve a recorrerlas en búsqueda, por ejemplo, de la primera panadería con horno de leña capaz de proveer de las matutinas tortillas de grasa, que los nativos precavidos intentarán luego neutralizar con una dosis de aceite de chía. Ayer, cuando amanecía, me sobresaltó un potente chorro de agua que manaba del asfalto inundando la calle Mitre de un extremo a otro. Pronto me di cuenta de que se trataba de un estallido de las cañerías a cargo de la empresa Aguas de Salta (la misma que desde estas páginas y con sesudos argumentos impugnara el doctor Santos Jacinto Dávalos). El fenómeno transcurría ante la mirada atenta y la actitud impasible del casi medio centenar de ciudadanos que hacían cola esperando la apertura de las oficinas de la ANSES. No se veía ningún celular en uso (alguien intentando, por ejemplo, comunicar con el popular 911), ni se escuchaba ningún comentario sobre el suceso que concentraba tantas miradas. Era fácil deducir que los más inquietos, tras medir la magnitud del chorro emergente, habían concluido que era inútil intentar clausurarlo o amordazarlo; sería tanto como pretender poner puertas al campo. Dado que aquellas panaderías trabajaban aún a puertas cerradas, hube de pasar, de ida y vuelta, varias veces por el lugar donde el cemento herido expulsaba agua a raudales, sin que el panorama se hubiera alterado: atención fija, pasividad y, sobre todo, ausencia de la cuadrilla de Aguas de Salta. Tracé entonces un precario plan de emergencia, instalándome en mi tele-centro preferido, situado a escasos metros del lugar del siniestro, y que en esos momentos abría sus puertas al público. No pude encontrar una Web de la empresa concesionaria, y tuve que echar mano a la guía de teléfonos en donde di con el 0800 777 8777, línea gratuita de atención al cliente que luce este algo críptico lema: “Siempre estamos a su lado. Y del otro también”. En breves segundo una cálida voz de joven norteña, tras identificarse y utilizar la fórmula “en qué lo puedo ayudá”, atendió mis noticias, expuestas seguramente con un dejo de ansiedad producto de la preocupación que me provocaba el ver la pérdida del “vital elemento”. Puede que también influyera en mí hablar premioso (aunque siempre comedido) el ya citado artículo sobre la guerra del agua, leído en Iruya.com. Enterada la operadora de mi inquietud, procedió a interrogarme sobre mi condición de cliente de “Aguas de Salta” (¿domicilio?, ¿¡numero de usuario?, ¿medidor?, etc.), probablemente siguiendo instrucciones del departamento comercial orientadas a detectar morosos y persuadirlos de las bondades de ponerse al día. La existencia de dos calles con el mismo nombre (una de estas evoca a un ilustre abogado porteño, de pelo ensortijado e ideario liberal que presidió a nuestra República en tiempos de anarquía, y la otra a un comodoro que ganó justa fama en el sur) turbó a la amable voz de la empresa. Fueron inútiles mis apelaciones a la cantidad de litros por segundo que la humanidad, los salteños, y la propia empresa estábamos perdiendo a causa del accidente, y vanas mis sugerencias en el sentido que, mas que identificarme, ella tendría que estar enviando ya mismo a la dichosa cuadrilla. Finalmente la operadora logró ubicarme en la lista de clientes, se habría tranquilizado al comprobar que estaba al día, y procedió entonces a registrar la incidencia sin agradecerme la gestión, pero manteniendo el susurro educado y comedido. A eso de las 9 de la mañana retorné al lugar del hecho y respiré aliviado: la cuadrilla operaba a toda máquina (sin guantes de protección, eso si), y los sufridos tramitantes de la ANSES tenían un motivo para hacer mas llevadera la espera. Más artículos de la categoría Sociedad |


