El Anti-Tavella (reconstrucción fantástica de un hecho histórico) |
|
|
|
Escrito por el miércoles, 17 de enero de 2007 (Ha sido leído 2199 veces) Ni los memoriosos ni los historiadores están de acuerdo respecto del momento en el que se inicia en Salta el tránsito a lo que podríamos llamar “segunda modernidad”, para aludir a los esquemas mentales y culturales que terminaron de imponerse en occidente tras el mayo de 1968 en Francia. En las décadas del 40, 50 y 60, la influencia del muy culto Monseñor Tavella fue determinante en los terrenos moral, religioso, educativo y social. Su hispanismo tradicionalista y sus férreos códigos de conducta individual y familiar inundaron la vida cotidiana, también la actividad intelectual, de la Salta de aquellos años. Bien es sabido que hacia finales de los 60 esta influencia abrumadora comienza a resentirse bajo el embate de nuevas ideas, y de nuevas formas de organización económica y social. La píldora anticonceptiva, la consecuente liberación de la mujer, el humanismo laico y otros fenómenos fueron penetrando lenta pero inexorablemente en el tejido colectivo y en la mente de muchos salteños. Pero hay quienes dicen que Salta no hubo de esperar al mayo francés ni a la píldora para entrar en aquella segunda modernidad. Los defensores de esta audaz tesis sostienen que fue Rolando García Sarratea, un señorito nacido porteño y radicado en Salta en 1956, el responsable de los primeros desafíos a la hegemonía tavellista. Roly, que aun vive en Buenos Aires ya retirado y reacio a rememorar sus tiempos de activista de la libertad en Salta, era por aquel tiempo un joven atractivo, culto, seductor y que profesaba un coherente y audaz liberalismo en sus costumbres. Sería, muy probablemente, un hombre de izquierdas y, por tanto, anti-peronista y anti-clerical. Sentó sus reales en el Hotel Salta y, pese a que los giros paternos eran más que suficientes para sus gastos, ejercía de representante de una firma que vendía herramientas para el campo. Llegó a la ciudad cargado de libros de autores franceses y rusos, manejando una lujosa voituré, y provisto de un guardarropa amueblado con prendas exóticas que, inevitablemente, llamaban la atención en una ciudad en donde los jóvenes vestían de gris y corbata, remedando a sus mayores. Pronto un grupo de curiosos y curiosas ávidos de novedades rodeó a Rolando García Sarratea y surgió una tertulia donde se leía a los novelistas rusos y se debatían las ideas de Jean Paul Sartre y de Simone de Beauvoir; allí las mujeres fumaban, se soltaban el pelo, bebían café y hablaban intercalando frases vulgares; abundaban allí los comentarios desenfadados sobre las costumbres que el Marqués de Sade reflejaba en “La filosofía en el tocador” o en “Cien días de Sodoma”. De la tertulia al amor libre pasando por la boite “Del Cerro”, el itinerario fue muy corto. Los tertulianos convocados por Roly se lanzaron a una vida frenética y escandalosa. Noviazgos formales desarmados, hijas que abandonaban prematuramente la casa paterna, ausencias definitivas a las misas dominicales, desdén por las costumbres tradicionales, fueron algunos de los resultados de ésta micro revolución que protagonizó un grupo de jóvenes ciertamente muy reducido. La gente “normal” o, si se prefiere, los tradicionalistas ortodoxos despreciaban a Roly a quién consideraban un renegado, un diletante y un sujeto vencido por las perpetuas contradicciones. Dudaban además de su varonía y se burlaban de la afición de Rolando por las que, utilizando un giro tanguero pero añadiéndoles una carga despectiva, llamaban chirusas endomingadas. Como cabía esperar, pronto las actividades del grupo resultaron incompatibles con los salones del Hotel Salta por lo que la tertulia debió trasladar su centro a una confitería distante unos pocos metros del Palacio Arzobispal. Sin embargo, este cambio de sede no logró hacer cesar las diatribas, los rumores y las persecuciones (que incluyeron una clausura de la confitería por la Dirección de Bromatología de la Provincia), y los jóvenes iconoclastas se sumergieron en una vetusta casona cercana al hoy Museo Artesanal hasta su extinción. Algunos de ellos brillaron luego en el campo de la pintura, de las letras, del teatro, del derecho o de la política; otros, con los años, retornaron al seno del tavellismo, o sea a la normalidad. Pero unos pocos perseveraron (hay un par de ellos que aún perseveran) y vieron en la aparición del comandante Uturuco o en la posterior guerrilla de Orán liderada por el Ché Guevara, oportunidades para continuar, bajo otra perspectiva, su depurado intelectualismo, o para reemplazar sus costumbres amatorias liberales por un nuevo ideario militante. Hoy, por fortuna, la restauración de lo normal compatible con otras revoluciones culturales, quizás más inofensivas y menos extremistas, han dejado atrás aquel tiempo agitado. (Recuérdese que el anterior relato no es sino una reconstrucción fantástica de un hecho histórico) Más artículos de la categoría Historia y tradición |





