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Isabel Perón: ¿Omnipotencia o debilidad?

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Escrito por Gregorio Caro Figueroa, el jueves, 18 de enero de 2007 (Ha sido leído 2332 veces)
En la Argentina, en los últimos años, primero el silencio, y más tarde la crispación, reemplazaron el debate. Condena moral, ideológica y jurídica tienden a ser una sola y misma cosa. La memoria histórica está siendo sustituida por una memoria sesgada, rencorosa, facciosa. La condena sin atenuantes desplaza el esfuerzo crítico y la indignación retrospectiva ocupa el lugar de la explicación y de la comprensión.

Las dos órdenes de detención y extradición libradas, en menos de una semana, contra la ex presidenta constitucional Isabel Perón forman parte de ese clima. Aparecen como una prolongación fantasmal de aquella feroz pugna por la herencia política de Perón. Derrocada por el golpe militar del 24 de marzo de 1976, encarcelada desde aquella madrugada hasta julio de 1981, sometida a múltiples procesos en los que fue sobreseída, algunos de los cuales reabrió “el proceso” violentando el principio de cosa juzgada, despojada de sus bienes, inhabilitada para actuar en política, ridiculizada e injuriada por la prensa de la dictadura, ahora, treinta años después, se le adjudica haber sido la arquitecta del “terrorismo de Estado” instaurado brutalmente por el régimen que la derrocó y encarceló durante cinco años y medio, acusándola de incapacidad y debilidad.

Tanto los gestores de la dictadura como las bandas armadas que habían declarado la guerra al gobierno constitucional, veían en ella un obstáculo para sus respectivos objetivos. Transcurridas más de tres décadas, aquella incapacidad y debilidad reaparecen ahora, transformadas en omnipotencia y en una enorme capacidad para hacer planear y ejecutar el mal. Al estar por sus críticos, los supuestos crímenes de Isabel Perón ni siquiera se equiparan a los de Pinochet: parecen superarlos. La anciana ex presidenta de Argentina fue sacada de su casa con sus manos esposadas. No fue Pinochet quien se interesó por la suerte de la viuda de Perón durante su largo cautiverio: fue Omar Torrijos uno de los pocos que lo hizo.

Cuando en septiembre de 1979 la Comisión Interamericana de Derechos Humanos visitó la Argentina, sus integrantes visitaron a la ex presidente en su lugar de detención. No lo hicieron para incriminarla por sus supuestos crímenes sino para interesarse por su situación como presa política y para escuchar sus denuncias sobre lo que entonces acontecía en la Argentina.

“Estoy presa por lo que represento”, dijo entonces. Lo estaba por llevar el apellido Perón. En 1983, restablecido el Estado de derecho, Isabel Perón saludó ese hecho y regresó por unos días al país para acompañar a Raúl Alfonsín el día que asumió la presidencia de la República, de la que ella había sido desalojada por la fuerza.

El texto que se reproduce aquí, fue publicado como nota editorial de la revista “Todo es Historia”, en el número 435 del mes de septiembre de 2003. Ese número estuvo dedicado a “Isabel Perón, la Argentina en la tormenta”, en el que María Saénz Quesada sintetizó parte de su importante libro sobre la ex presidenta, editado ese mismo mes y año por “Planeta” y que hoy conviene releer.



Una hoja en la tempestad

Por Gregorio Caro Figueroa


Las satisfacciones que proporcionan la apropiación personal del poder y de sus éxitos, suelen transformarse en amarguras de intensidad equivalente tan pronto como se pierde el poder. Cuando eso ocurre, en medio de una ola de rechazo, se abre paso una irresistible tentación social que lleva no sólo a adjudicar a los individuos un papel principal y determinante en la gestación de las crisis colectivas, sino también a atribuirles responsabilidad exclusiva de su desenlace dramático.

Usando el atajo de tan brutal simplificación, algunas sociedades buscan eximirse de su propia responsabilidad en ese drama, eludiendo llevar la pesada carga de la reflexión y del examen crítico de sí mismas.

A la larga, el alivio que sobreviene después del sacrificio del chivo expiatorio resulta efímero y deja abierta la posibilidad de perpetuar un círculo vicioso que realimenta y reproduce la misma tendencia a eludir responsabilidades, profundizándola. Si este mecanismo puede explicarse y justificarse en el campo del sentido común y de los meros recuerdos, no puede admitirse ni legitimarse en el de esa memoria crítica y selectiva que debe ser la historia escrita, la cual, aunque se nutre de las memorias individuales, no se agota ni es prisionera de sus defectos.

Colocar la responsabilidad de una crisis en factores puramente locales, o trasladar las “culpas” a causas o conspiraciones externas, es otro modo de rehuir la ardua tarea del auto examen. A las puertas de cumplir dos siglos de vida independiente, los argentinos deberíamos advertir que en el trasfondo de nuestras querellas domésticas y de nuestros fracasos, late una fuerte tendencia a la simplificación, al maniqueísmo y la demonización.

La política argentina es un campo sembrado de cizañas disfrazadas de consignas contundentes, tajantes y excluyentes, pulidas como armas con las cuales se incitaba a salir a la lid a matar o a morir. Alguna vez tendremos que revisar esa creencia que asegura que durante la violencia de los años ’70, los bandos enfrentados en esa micro guerra civil se batían defendiendo ideologías contrapuestas. Quizás podamos decir que se despedazaban por algo más rudimentario: una consigna o una de esas “alternativas de hierro” que incluían, como segundo término, el espectro de la muerte: desde “Religión o muerte” a sus versiones sesentistas de “Patria o muerte”; “Liberación o muerte”.

Esta excesiva pasión por la simplificación explica, en parte, nuestra escasa capacidad para admitir matices, organizar diferencias y racionalizar conflictos. La escasa disposición para captar la complejidad, la contradicción y la ambigüedad inherentes a todo lo humano, está en el origen de dogmatismos e intransigencias que algunos exhiben orgullosa y equivocadamente como pruebas de honestidad y coherencia. Reducir los procesos históricos a la suma de episodios o anécdotas es el mejor reaseguro para la incomprensión de los mismos y para su posible repetición.

Tales procesos, antes que duelo en blanco y negro entre individualidades antagónicas, son complejos entramados cuya comprensión requiere de instrumentos más refinados y precisos que el mero impulso pasional que nos arroja a los brazos del rencor ciego o de la no menos ciega y sumisa admiración. No estamos planteando aquí una cuestión abstracta y remota sino un problema concreto y cercano. Pues, si como dice Edgard Morin, un pensamiento mutilador conduce a acciones mutilantes, las acciones políticas concebidas desde allí, no pueden tener sino consecuencias trágicas.

Este entramado histórico es complejo y está atravesado por múltiples interacciones. Como tal comprende incertidumbres, indeterminaciones y fenómenos aleatorios. Los hilos con el cual se teje su trama tienen una desigual resistencia, son multicolores y presentan un desparejo grosor. Los actores políticos representan su papel en un escenario que no han montado pero que tratan de modificar y adaptar a sus ambiciones. En esa escena se combinan factores locales y factores internacionales; ingredientes políticos y económicos; materiales sociales y climas culturales.

La crisis y la violencia que asolaron la Argentina de los años ’70 no se pueden explicar sólo por los papeles representados por algunos de sus actores, se llamen Cámpora, López Rega o Isabel Perón. Tampoco se agota en el rol que cumplieron sindicatos, terroristas o militares que ejecutaron la represión contra todo el orden jurídico. La interpretación doméstica y facciosa de ese trágico ciclo es un obstáculo para comprenderlo y para encarar una “terapéutica” de nuestra memoria enferma.

Esta es una tarea pendiente y urgente. No se resuelve en estrados judiciales. Tampoco en el reverdecer de consignas lanzadas como nuevos gritos de combate. No debemos confundir esta terapéutica con recalentamiento ideológico, ni debate con acción propagandística empeñada en recortar la memoria de aquella violencia, con afán de adjudicar la paternidad de la misma al bando contrario, excluyendo al propio.

Hace falta leer aquella década de los ’70, la más trágica de la historia argentina del siglo XX, provistos otros instrumentos. Lo que padecimos desde fines de los ’60 hasta finales de los ´70 fueron los remezones locales de, al menos, dos movimientos sísmicos a escala mundial: los coletazos de la Guerra Fría y el impacto de la crisis del petróleo.

“A lo largo de todo el siglo XX, apenas si ha sido posible hablar o escribir en torno a los procesos de desarrollos sociales sin hacer referencia a los imperativos, efectos e influencias internacionales”, anota Ralf Dahrendorf. Tampoco se puede hablar o escribir sobre los procesos políticos de los países periféricos, sensible y vulnerables a esos influjos. Si a ello añadimos que, como afirma Ernst Gellner, todo lo ocurrido entre 1945 y la crisis del petróleo “puede mirarse retrospectivamente como una belle époque”, tendremos que convenir que ambas fechas abrazan y coinciden en la Argentina con el auge y declinación del primer peronismo.

Dentro de este marco externo se inscriben los factores y el entramado internos. A la crisis económica se añade el agravamiento de la crisis política y de legitimidad cuya resolución, según se creía, pasaba por el fin del largo exilio de Perón, paso previo para su restitución al poder. El contexto internacional, la naturaleza de los conflictos argentinos, la fragmentación del peronismo, la aparición de los grupos terroristas bautizados con el eufemismo de “formaciones especiales”, y la avanzada edad del propio Perón, se combinaron en una mezcla explosiva.

Antes de que Perón regrese al país y al gobierno, recrudeció la pugna entre las facciones enfrentadas por la posesión de su herencia política. La confrontación entre la “Patria socialista” y la “Patria peronista” fueron traducciones rígidas, anacrónicas y sin adaptación, del obsoleto arsenal ideológico de la Guerra Fría, devenida en caliente bajo la influencia del castrismo cubano y del guevarismo que eligió el territorio argentino como uno de los “varios Vietnam” a crear.

La enorme capacidad política de Perón no le evitó, al final de su carrera, convertirse en aprendiz de brujo. Pensadas y alentadas como dispositivo para hostigar al gobierno militar de entonces, las llamadas “formaciones especiales” pronto escaparon del control de quien las había prohijado y alentado como una resistencia armada que se desmovilizaría tan pronto como el líder regresara al país para ponerse al frente de la “reconstrucción y la liberación nacional” y la “Patria socialista”. Aquella siembra de vientos trajo una cosecha de tempestades.

No se trata de insinuar que las responsabilidades individuales puedan disolverse en el mar de las “culpas colectivas” o que éstas puedan hacerlo en el océano de las “causas externas”. De lo que se trata es de señalar que no se va por buen camino cuando se intenta concentrar en la figura de Isabel Perón toda la responsabilidad de la compleja situación desencadenada tras la muerte de Perón. Este enfoque, simultáneamente, adjudica a Isabel Perón ilimitada capacidad para hacer el mal y una enorme incapacidad como gobernante.

La primera presidenta mujer de la Argentina fue una hoja en esa tempestad que la sobrepasó y sobrepasó a la dirigencia del país. No fue Isabel quien desató esa tempestad que ni ella, ni ninguna otra individualidad política, ni ninguna parcialidad en solitario, estaban en condiciones de domar. Tampoco hubiera podido con ello Eva Perón, mal que le pese a la fantasía que contrapuso su “coraje” y “temple revolucionarios”, a la debilidad y al conservatismo de Isabel.

Se equivocaron por igual los peronistas moderados, los de la “Patria socialista” y los de la “Patria peronista” cuando creyeron que, muerto Perón, la verticalidad, el carisma y el poder del líder podían trasmitirse o repartirse como patrimonio. No lo era por vía institucional, hacia un peronismo que no se organizó. Tampoco como un bien de familia y, menos aún, por intrigas palaciegas a lo López Rega o como herencia arrancada con las armas en la mano por los “Montoneros”. Esa herencia estaba en todas partes y en ninguna. Habrá que remontarse a los tesoros enterrados de los Jesuitas para encontrar una herencia parecida por lo tan codiciada.

“Isabel no es Evita”, rezaba un perogrullesco slogan “Montonero”. Eva Perón fue la fugaz y estelar mujer del apogeo peronista. Isabel, la efímera y opaca figura de la declinación. Rodeada de multitudes aquélla. Confinada a la soledad y al silencio, ésta; forjadora de un mito una, condenada al olvido la otra: vidas cuyas simetrías invertidas pueden multiplicarse con rigor o con antojo.

En noviembre de 1988, Isabel Perón rompió por unos minutos su obstinado silencio. “Todos tenemos la culpa, me incluyo, de lo que pasa en esta Argentina (...). Pero no vaya a creer que la culpa era toda mía. Yo asumí muchas culpas que no me pertenecían. Me daba vergüenza y lástima de algunas personas”, confesó la ex presidenta que también admitió estar escribiendo unas “Memorias” que quizá no haya escrito o que jamás conozcamos.

Nadie duda que estemos asistiendo a un “revisionismo” de los ’70, que algunos quieran usar como prólogo para un “revival” de aquellos trágicos años. Tal afán de revisión parece encadenado a la “memoria literal”, esa memoria intacta, rencorosa, que nos ata a un pasado que no podemos superar. Ese uso de la memoria nos puede impedir utilizar esa otra memoria, la “ejemplar”: aquella que es capaz de comprender, de hacer justicia, de perdonar. Esa “memoria ejemplar” es curativa y “potencialmente liberadora”. Memoria y olvido, dice Todorov, han de ponerse al servicio del presente y de la justicia.



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