Tomar el té en Salta

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Escrito por Armando Caro Figueroa, el viernes, 19 de enero de 2007 (Ha sido leído 4154 veces)

La caudalosa corriente turística que llega a Salta en todas las épocas del año, no es solamente fuente de riqueza y empleos, sino que motoriza cambios culturales y urbanísticos.

Tal y como sucediera con la riada de nórdicas que, desmelenadas, visitaban puntualmente las playas de la España tardo-franquista, los ciudadanos del mundo que recalan en los Valles de Lerma y Calchaquí y en sus adyacencias, dejan tanto sus euros y dólares

como su impronta en un territorio cargado de atractivos y leyendas pero, hasta aquí, con una cierta propensión al aislamiento.

Mientras que, en lo material, Salta ha ido dotándose de una importante infraestructura turística, en lo cultural se advierte un saludable proceso de apertura mental que, valorando y respetando al visitante, potencia el diálogo y la convivencia entre costumbres diferentes.

Por supuesto, falta mucho por hacer y corregir.

Como, por ejemplo, resolver dos problemas de larga data, que avergüenzan a muchos salteños inquietos, y a los que pienso dedicar próximamente sendas crónicas: La rehabilitación de la Casa de Leguizamón, ubicada en la esquina de Balcarce y Caseros, hoy en ruinas; y la ordenación del tránsito por calles y caminos para hacer compatibles los derechos del peatón y los de quienes circulan en vehículos (incluidos bicicletas y caballos).

Pero quiero ahora referirme a un fenómeno que, de una u otra forma, se vincula con el auge del turismo: La proliferación de las casas de té.

Aún a riesgo de ser desmentido por personas mejor informadas, me atrevería a decir que el té y sus ceremonias, al menos en el pasado reciente, no despiertan adhesiones masivas. El salteño medio, mas que al té, era y es mas propenso al coqueo, al café, al mate cocido y a otras bebidas. Añado, precisando la afirmación anterior, que cuando hablo del te y sus ceremonias excluyo todo lo relacionado con los desechos de té envasados en saquitos, uso que prefiero no calificar, y que muchos consumen en infusiones con agua hirviendo a las que saturan con el azúcar incluida en el precio.

Puede que en este desamor haya influido aquel úkase arzobispal que, en los años 50, extirpó el primer salón de té que conocieron los salteños y frecuentaron ciertos liberales.

Sin embargo, parece evidente que el buen té tiene ahora, entre nativos y turistas, su público. La ciudad y sus alrededores están llenos de razonables teterías de reciente implantación: “Mari Te” (citada en una nota anterior y ubicada en Deán Funes esquina Pasaje Mollinedo); “Sabor a Te” (en 25 de Mayo y Guemes), “Lala” (Balcarce y Necochea), “La Casa de los Jazmines” (propiedad del actor norteamericano Robert Duvall ubicada en La Silleta), “Don Sanca” y “Las Moras” (en Villa San Lorenzo). Casi todas ellas, con buen criterio, han proscrito el té en saquitos.

Capricho
Capricho
Pero donde el servicio de té alcanza niveles de excelencia es en “Capricho”, un establecimiento fundado por un matrimonio de una salteña con un europeo, y hoy regido por una joven salteña formada en Buenos Aires.

La tetería, que funciona en la hermosa y céntrica casa colonial que vio nacer al más importante poeta salteño de la generación del 60 (calle Deán Funes primera cuadra), ofrece una completa variedad de tés en hebras, servidos con el agua en el punto justo de temperatura, y con la posibilidad de acompañarlo con manjares de raíz europea (brioches, scones, pan de pera), de estirpe local (mermeladas, crema de leche Cosalta, pan criollo artesanal), y de creación mestiza (como el puding de mango y canela), todos de factura casera. Si algún hereje pretendiera edulcorar su té, encontrará el azúcar en terrones y no en aquellos prescindibles sobres de plástico.

Como si esto fuera poco, en las tardes de invierno los parroquianos pueden disfrutar de la bella y cuidada voz de una joven soprano local que interpreta un repertorio cosmopolita.

La vajilla con la que se atiende el servicio, incluye tazas de fina porcelana inglesa, cubiertos de plata labrada y con enigmáticas iniciales (LFG, ECU), mantelitos que evocan encajes de bolillo, servilletas almidonadas, y copas de cristal. Curiosamente, la vajilla esta compuesta de piezas sueltas (puestas en el mercado por herederos en apuros) que el buen tino de la dueña del local armoniza y presenta de un modo que no choca a aquellos clientes acostumbrados a los juegos de té homogéneos.

La casa, que conserva el encanto y el estilo originales, esta decorada con un gusto razonablemente bueno para este tipo de locales (sobreros de época, pinturas de un artista cubano afincado en Salta), aunque algunos detalles pudieran quizá provocar críticas de los tradicionalistas mas exigentes.

El mobiliario es de hierro forjado y madera (aunque no de los excelentes bosques de Miraflores); unos almohadones tapizados hacen más llevaderos sillas y sillones; los lavabos limpios y espléndidos están innecesariamente vigilados por un Ángel Exterminador que pende de la arcada que da acceso al recinto.  

Quienes en estos días y después de un paréntesis recalen por “Capricho”, echaran de menos la delicada presencia de la joven camarera francesa, conocedora de Proust, que dirigía el salón, pero serán bien atendidos por una educada y diligente moza nativa cuyo trato, además de la calidez nativa, revela la asistencia a cursos de formación profesional.

 
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