La cabo Vilca en el Palacio Toledo |
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Escrito por el sábado, 20 de enero de 2007 (Ha sido leído 3302 veces) El antiguo casal de la familia Toledo, ubicado en la Avenida República de Chile en el tramo que va entre el Puente de Palo y el Puente de Fierro (hoy reemplazado por una convencional estructura de hormigón), más concretamente en los aledaños de la que fuera prestigiosa barraca de la firma Raventós, ha sido reciclado para albergar espaciosos recintos y amplios salones dedicados al ocio, formando un conjunto que gira bajo el nombre de Magnolia. Funciona allí, en la parte noble del Palacio, un restaurante que ofrece platos de diferentes culturas (pampeana, japonesa, italiana). También dos pistas de baile, cada una de ellas con música diferente aunque siempre, eso si, dentro de la gama popular, preferentemente afro-americana, surgida a partir de los años ochenta. Para tranquilidad de los que prefieren comer en un ambiente de silencio, hay que decir que el vértigo del baile comienza cuando la hora en la que el común de los mortales toma la cena ha quedado atrás. El volumen de la música, pensado para satisfacer los nuevos gustos, garantiza la exclusión de boticarios, barberos jubilados, nostálgicos de tangos y boleros y, en general, de la castigada pero inextinguible raza de “viejitos piolas”, a quienes no cabe sino continuar buscando la esencia de las noches en “Manolo” o en el “Salón Verde”. Los elegantes salones de “Magnolia” están pintados de un blanco rutilante y lucen el encanto luminoso de aquellas “bolas locas” que los salteños contemplaron, por primera vez y absortos, en la boite EGO de Tres Cerritos regenteada por un señor no tan joven pese a los amarillos que presidían su anacrónico vestuario. Para las pausas y el tiempo de sosiego, los hombres y las mujeres de la noche disponen de coquetos reservados, probablemente inspirados en aquellos que hicieron época en el Petit o en el Julien del Buenos Aires gardeliano. En las noches apacibles, las parejas más audaces pueden aposentarse en recintos acolchados, que evocan a Las Mil y Una Noches pese a su lejano parentesco con las hamacas paraguayas, con la garantía de que la amenazante mirada de los curiosos de siempre, aunque posible, encontrará límites. En los espaciosos jardines interiores lucen aun los añosos árboles que dieron sombra a la familia fundadora; sobrevive allí, dignamente, un extraño árbol, probablemente caído y resucitado, metáfora del esplendor y la derrota, que evoca a una ballena dormida. Está también allí el aljibe colonial que proveyó de agua clara, al menos hasta antes de que el río Arenales y sus cuencas subterráneas fueran polucionados por el frigorífico y las fábricas de la era industrial. Pero la de anoche, noche de café concert (“80 Rosas Rococó”) en el “Magnolia” tuvo una reina: la Cabo Vilca, muy bien teatralizada por una actriz local que se metió en la piel y en la cabeza de un suboficial de la Policía de la Provincia que, junto a sofisticados aparatos de comunicación, sigue movilizándose en bicicleta. Los espectadores disfrutaron de la actuación de la Cabo Vilca que parodió el tono y las prácticas (no exentos de autoritarismo) que, desde antiguo, caracterizan al accionar en la calle de las fuerzas de seguridad del Estado, usando ese particular lenguaje que comparten en Salta policías y taxistas (“positivo”, “modulando”, “atento, atento”, “roger”), y de ciertos vicios (si así pueden llamarse) del habla local como el tragarse las eses o cargar el discurso de giros como “estééé…”, “ahhh..”, “ahhh?”, “ahhh¡”. El segundo gran momento de la noche estuvo a cargo de la actriz que dirige el café concert, caracterizada como la “Mujer Maravilla”, y consistió en un ilustrativo monólogo acerca de las peripecias que se suceden en las adyacencias y en el interior de los baños de damas ubicados en sitios de concurrencia masiva. Sin embargo, aquel monólogo omitió recordar que el insistente tránsito a los baños, en los locales bailables, suele ser utilizado por las damas, al menos las de cierta edad, para llamar la atención de los caballeros intentando poner fin a la tediosa y a veces humillante plancha. Más artículos de la categoría Cultura |


