Los Chupa Chichis triunfan en el Carnaval de Cerrillos |
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Escrito por el lunes, 22 de enero de 2007 (Ha sido leído 5393 veces) La localidad de Cerrillos, en la Provincia de Salta, se autodenomina, con orgullo y abundante razón, "La Capital del Carnaval". Uno de los argumentos que sostienen esta pretenciosa calificación reside en el hecho de que durante alrededor de 6 meses extenuantes, los cerrillanos se preparan primero y disfrutan luego de todas las ceremonias que imaginarse quepa en homenaje al Dios Momo. Inútiles vienen siendo las exhortaciones de la mayoría de las iglesias con implantación en la zona para moderar estas fiestas de innegable arraigo popular. Tanto, como las resignadas quejas de los vecinos condenados a sufrir los ruidos, desenfrenos y otras excrecencias anejas a festejos tan entusiastas que, unas veces, quiebran los límites del buen gusto, de la urbana prudencia y de las llamadas reglas del trato social y, otras, ofenden al pudor más elemental. Sin embargo los anuales Corsos de Flores, preanuncio de las también llamadas “carnestolendas”, son algo distinto; si se quiere, algo mas representativo del sentir y de la cultura del cerrillano medio que, cuando llega el convite, sale a la Plaza Serapio Gallegos luciendo sus mejores galas, en familia, y dispuesto a dedicar horas a ver pasar murgas y comparsas venidas de todos los barrios cerrillanos y de las localidades vecinas. Puede que el espléndido animador del pasado sábado a la noche, en sus esfuerzos por resultar grato a ojos y oídos de las autoridades presentes, exagerara un poco al relatar el carácter centenario del Corso de las Flores. Y puede que el mismo animador, cuyo estilo lo sitúa en las proximidades de la Tota Santillán, y en las antípodas del que supo crear el célebre Frangollo (muerto tras resucitar), defraudara a los numerosos turistas presentes en tanto no atinó a explicar el porqué del nombre de esta fiesta, pues, a decir verdad, las flores carecían de todo protagonismo, al menos en la noche del sábado. En sus esfuerzos por cambiarle la cara al Carnaval cerrillano, la máxima autoridad municipal dispuso un acto muy formal de lanzamiento y eligió para ello las elegantes instalaciones del Palacio Day. Con un abundante retraso sobre la hora prevista, la prensa local y algunos curiosos escucharon relatos y consignas, paladearon la gaseosa más vendida en el Valle de Lerma o, según el caso, aplacaron su sed con la nueva cerveza que, al parecer, se produce en los aledaños de Cerrillos. Para aventar las críticas que apuntaban a la fea costumbre de orinar al pie de los árboles o en los zaguanes, las autoridades decidieron, este año, contratar baños químicos (conocidos en la Europa castellano hablante con el nombre de bañotos). Las higiénicas instalaciones, como pudo constatar este cronista, estuvieron puntualmente habilitadas, pero, quizá por el carácter novedoso del artefacto o por su diseño poco amigable, fueron poquísimos los usuarios que se habían atrevido a franquear sus puertas, hacia la medianoche del sábado. Gracias al recinto vallado, a la buena disposición de los vecinos, y al esfuerzo de la Comisión de Corsos, un perfecto orden reinó en la fiesta inaugural. Y el único detalle que llamaba la atención era el excesivo consumo (por las cantidades utilizadas y por el precio del producto) de la habitual espuma blanca en aerosol con la que los ciudadanos de uno y otro sexo se comunican simpatías, exploran, con picardía, futuros contactos y rompen las barreras que son producto de la timidez o del diferente estatus social. Varios fueron los hechos destacados de la noche. En primer lugar la avasalladora presencia de la murga que seleccionó un nombre tan ingenioso como ambiguo: Los Chupa Chichis. Un nombre que fue recibido con gestos de complicidad y regocijo por parte del común de los mortales, pero que fue duramente criticado en ámbitos más intelectualizados y fue repudiado por los sectores más tradicionalistas. Quien quiera indagar acerca de la ambigüedad de tan extraño nombre, puede consultar en estas mismas páginas el Diccionario de Salteñismos. No obstante, una señora mayor, a requerimientos de este cronista explicó que el nombre aludía al purísimo hecho de la lactancia. El segundo acontecimiento relevante fue presentado como el retorno de Sandro de América, aunque el genial Roberto Sánchez nunca pisó Cerrillos. El caso es que, mientras el animador exhortaba a batir palmas apelando a la infalible fórmula (“Y arriba… y arriba… las palmas… las palmas…”), apareció un señor que, peinando canas, vestía un impecable atuendo de raso gris y lila. El parecido físico con el gitano Sandro era, en verdad, casi inexistente; pero la multitud, al oír aquello de “Rosa, Rosa, tan maravillosa…”, ovacionó al émulo y con ello rindió un justiciero homenaje al cantor que cautivó (y cautiva) a varias generaciones. El tercer gran momento de la noche fue el desfile de una laureada comparsa (cuyo nombre no pudo retener quien esto escribe), compuesta por hombres y mujeres bien plantados, enérgicos, de cuidado pelo retinto o teñido, con un atuendo de gala de esos que se llevan en los carnavales mas fastuosos del mundo (chaquetones largos, botas vaqueras, pantalones entallados, galeras y adornos de todo tipo). Se notaba, a su paso, el trabajo de la producción y la existencia de largos ensayos preliminares que terminaron por consolidar el original paso y su perfecta sintonía con la música. Estos esfuerzos de producción, al menos -entiéndase bien- en su aspecto más mundano y externo (elegir la vestimenta, seleccionar un paso distintivo y lograr que sea llevado al unísono por los fieles), encuentran varios puntos en común con los trabajos preliminares de las diferentes cofradías que expresan su credo durante la Semana Santa. En las restantes murgas y comparsas un ojo crítico podía identificar problemas de diseño: Si bien en este tipo de eventos no es lógico exigir un arte depurado, en varios de los grupos que desfilaron aquella noche, no siempre los mejores bailarines ocupaban los puestos mas destacados, circunstancia que perjudicaba el impacto visual del conjunto. Chocaba, además, un hecho insólito: que varios aguateros se acercaran, de tanto en tanto, a dar de beber a los comparsantes. Hacia la medianoche, en el momento justo que la sed comienza a sentirse, las azafatas municipales, perfectamente vestidas, obsequiaron al público un vasito con la gaseosa que monopolizaba los anuncios. Los asistentes que ocupaban sillas recibieron, además, ramos de albahaca para que el clima y los aromas de la noche (y de su continuación) fueran los propios de estos corsos. Para terminar, una consideración que el propósito festivo de esta crónica no puede ignorar: la extrema delgadez de algunos de los niños y niñas que desfilaron envueltos en una mezcla de alegría y tristeza. Provenían, según pude saber, de las zonas del Valle de Lerma donde la desnutrición infantil es más acentuada. Más artículos de la categoría Cultura |


