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La influencia de Unamuno en Salta

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Escrito por Armando Caro Figueroa, el martes, 23 de enero de 2007 (Ha sido leído 2884 veces)
Viajar a Cerrillos en los ómnibus de la empresa SAETA, no siempre resulta placentero; ya sea por las bruscas maniobras de algunos de sus conductores, ya por el hacinamiento típico de las horas punta.

Sin embargo, tal como sucedía en los perseguidos remises truchos, suele proporcionar a los pasajeros y pasajeras la oportunidad de dialogar sobre los temas mas variados.

Miguel de Unamuno
Miguel de Unamuno
Este sábado tuve el gusto de compartir el viaje con un ameno ciudadano, que se identificó como Profesor de Industrias, y que durante la charla se mostró, impermeable a la publicidad oficial, apenado por el escaso desarrollo industrial de la Salta contemporánea.

Evocó sus tiempos de diseñador textil para empresas de primera línea de Buenos Aires, alabó al genial creador de la chompa de alpaca que hizo mundialmente famosa el hoy Presidente de Bolivia, y se recreó uno de sus más sonados éxitos: la adaptación del método para decolorar la tela de los jeans, lavándola en las rocas extraídas de La Pedrera.

Pronto advertí que me encontraba ante un hombre informado y atento a las estadísticas y a las tablas de posiciones. Según su particular punto de vista, hay en Salta muy pocos industriales auténticos: Aquel que desarrolló la más exquisita gaseosa de granadina, y aquel otro que osó enfrentarse con los gigantes de la limpieza (Federal, Puloil, Procter & Gamble), sin olvidar al creador del célebre helado de dulce de leche que los salteños agotan en tiempos del Milagro.   

Pero su verdadera obsesión gira alrededor de la escasa inventiva de los salteños. Seguramente influido por aquella prescindible exclamación de don Miguel de Unamuno (“que inventen ellos”), mi compañero de viaje repitió varias veces que “aquí son muy pocos los que inventan algo” pero, marcando un punto de diferencia con el pensador español, agregó: “y son pocos también los que copian”.

Recordó, no obstante, a varios amigos suyos que se habían aventurado en los senderos de la creación industrial. Todos habían terminado en sonoros fracasos.

Uno de ellos había inventado una casa antisísmica redonda; recibió varios pedidos, con el correspondiente anticipo del 30%, pero no pudo atenderlos, seguramente por un error en el cálculo de precios y costos, lo que terminó forzándolo a huir a un país vecino.

Otro, tras fracasar en una fábrica de embutidos de cerdo (soñaba con replicar los jamones de Jabugo), descubrió que el suero de la sangre de las vacas sacrificadas en el Matadero Municipal de la Avenida Independencia (que, dicho sea de paso, hoy luce bellamente pintado por fuera), podía servir para reemplazar al huevo de gallinas en la fabricación de pastas, de mayonesas, y de tortas caseras.

El inventor, en la búsqueda desesperada de inversores, desarrolló largas explicaciones que demostraban que el nuevo producto eliminaría los riesgos de salmonelosis e incluso varias de las causas de la diarrea.

Me atreví a consultarle acerca de la opinión que le merecía la máquina de hacer llover, inventada por el único salteño que, al menos cuando salía de su laboratorio de calle Santiago del Estero, tenía pinta de inventor (aire friulano, melena al viento, ojos desmesurados, un cierto descuido en el vestir, marcha apresurada, gesto ensimismado). Lamentablemente, el Profesor de Industria, por su joven edad, no había llegado a conocer a este genio salteño ni a su obra mas renombrada.

Herido en mi orgullo de hombre nacido en la Maternidad Luisa Bernal de Villar, esgrimí el invento de unas exquisitas galletitas dulces hechas con hojas de coca, azúcar y harina de maíz morado, y que hoy obsequian, para acompañar el te o el café de final de cena, varios restaurantes capitalinos frecuentados por la judicatura. “Ah, no, me dijo, estas galletitas fueron inventadas por un vecino mío, pero él es boliviano de Tarija”.

Dicho esto, mi interlocutor comenzó a desarrollar argumentos acerca de la histórica salteñidad de este territorio hoy boliviano, y a denostar al Deán Funes, pero la llegada a destino me privó de conocer sus seguramente sólidas razones.


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