Equívoco en el Corso cerrillano

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Escrito por Iruya.com, el martes, 23 de enero de 2007 (Ha sido leído 3106 veces)
Sólo la imperdonable negligencia de los encargados de dictar normas, puede explicar la ausencia de un código que regule los carnavales salteños en todas sus variopintas manifestaciones.

Al poner de manifiesto esta verdadera laguna legal, no me guía ningún propósito de imponer, modificar o retorcer costumbres (¡válgame Dios¡) apelando a métodos represivos, multas o años en el infierno.

Como antiguo asistente a las fiestas de carnaval, incluso a aquellas en donde algunos exaltados en vez de harina usaban pintura asfáltica para marcar a las damas de su preferencia, no puedo sino tener una actitud comprensiva frente a ciertos desbordes (que no a todos), compatible con las exigencias de urbanidad y autocontrol que deben cursarse a todos los ciudadanos.

La norma que propugno tendría pocos artículos dedicados a atender las situaciones más sangrantes. Pero su artículo primero debería prohibir tajantemente que los enmascarados se quiten el antifaz en medio de la fiesta.

Tres acontecimientos, dos antiguos, recentísimo el otro, explican esta propuesta.

El primero tiene que ver con el recuerdo del daño espiritual que me produjo el hecho de que uno de nuestros máximos actores de teatro y de radioteatro, caracterizado de Rey Mago decidiera, en los años 50, diluir su maquillaje y descansar de algunos de sus atributos reales, en una Plaza 9 de Julio repleta de niños convencidos de que los Magos venían de oriente y eran todopoderosos.

Adviértase que eran, aquellos, tiempos en donde los niños, ante la ausencia de televisión, conservaban su candor hasta el tercer año de la secundaria, y en donde los gobernantes terrenales eran poderosos, pero no tanto.

Descubrir que Melchor era en realidad Elías Antar, fue un golpe a la inocencia de muchos.

El segundo, que queda simplemente reseñado, sucedió en un elegante baile de carnaval que culminó abruptamente cuando las autoridades exigieron al caballero que se quitara el antifaz y a la dama que hiciera lo mismo con la bolsa que daba a su -bello- rostro apariencia de gato.

El último de los acontecimientos que esgrimo como fundamento para un Código del Carnaval, se vincula con algo ya referido en una nota anterior: lo impropio de que varios comparsantes, mientras desfilaban ante el Palco Presidencial, se quitaran sus atuendos para beber los líquidos que les alcanzaban sus asistentes.

Quiero ahora referirme al caso que explica el título de esta nota.

El sábado pasado, casi inmediatamente después de que terminara su paso quien hacía las veces de Sandro, desfiló un señor caracterizado como uno de esos muñecos (imagino que de series cinematográficas americanas) con cabeza verde, enormes ojos y orejas como trompetas, rodeado de chiquilines ansiosos por tocar y acompañar a un bondadoso héroe de la tele.

Al llegar al sitio principal, el animador de los Corsos de Flores tuvo la poco feliz idea de proponer al disfrazado que se quitara la careta y dirigiera unas palabras de saludo a la máxima autoridad y al público presente.

Ni lerdo ni perezoso el buen hombre accedió al pedido y nada más quedar su cara al descubierto mis vecinos estallaron en gritos de “cocaína, cocaína…”.

No fui el único sorprendido. Unos turistas canadienses (lectores de V. S. NAIPAUL) allí presentes se miraron extrañados y cruzaron comentarios desfavorables para con aquella gente, seguramente emparentada con el vicio, y que era capaz de gritarlo a voz de cuello, con independencia de sexos y edades.

Afortunadamente una de las personas situada cerca del palco, cerrillana de toda la vida, se apresuró a explicarles que aquel era un antiguo lustrabotas, hombre de trabajo y buen vecino, que recibía el cariñoso apodo de Cocaína a raíz de su tez negra.  

Señalo, para completar esta nota, que el discurso de Cocaína fue extenso, monótono, seguramente interesante y cargado de elogios, pero, por esas cosas de la megafonía, nadie entendió una palabra.

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