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Petrificados en el pasado

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Escrito por Ignacio Azcune, el miércoles, 24 de enero de 2007 (Ha sido leído 2288 veces)
En marzo de 1984, poco antes de retornar al país después de un largo exilio en Roma, el periodista argentino Pablo Giussani publicó “Montoneros. La soberbia armada”. El impacto de ese libro no se refleja sólo en sus sucesivas reediciones sino también en el clima político de aquellos días, en el que aún se percibía el peso de la violencia que había asolado a la Argentina en los años ’70.

“El libro de Giussani será el detonante del más importante debate político que habrá en Argentina en los últimos veinte años”, vaticinó Jacobo Timerman. Más que un pronóstico lo de Timerman fue un deseo. Aquel debate político duró lo que una llama de un fósforo. Los motines de los militares “carapintadas”, apoyados por un sector del peronismo, dieron por tierra con ese debate. La transición argentina no fue hacia un sistema democrático impregnado de nuevas ideas sino hacia el relevo de la hegemonía militar por la hegemonía de los caudillos justicialistas.

Giussani fue fundador y director de la revista “Ché”, en los años sesenta, columnista del diario “La Opinión”, confiscado por la dictadura y secretario de redacción del diario “Noticias”, vocero de la banda armada “Montoneros” y dirigido por Miguel Bonasso.

El carácter deliberadamente polémico de ese libro se potenció por la visión crítica de aquel libro, distante del negacionismo de la dictadura y de aquellas bandas armadas, y por la trayectoria del autor, que lo debió ponerlo a salvo de ser estigmatizado como derechista y reaccionario. La insistencia de ambos sectores en descalificar a las personas en razón de su trayectoria pasada fue y sigue siendo un producto de su falta de autocrítica.

Según los defensores de la dictadura militar, Giussani formaba parte del grupo de asesores “izquierdistas” del presidente Raúl Alfonsín. Para los remanentes de aquella izquierda militarizada que había abrazado la lucha armada, Giussani era un renegado convertido a la socialdemocracia. Reaparecer en la Argentina como columnista del diario “La Razón” invitado por su director Jacobo Timerman, secuestrado y torturado por la dictadura, tampoco era un dato a favor de Giussani sino de confirmación de su supuesto giro reaccionario.

A la solidez de aquel libro de Giussani, la revista “El Porteño” contestó acusándolo de haber simpatizado en su juventud con el fascismo. Aquel semanario si cuidó muy bien de dejar en el tintero no ya las simpatías fascistas de la casi totalidad de la cúpula de “Montoneros” sino la pertenencia activa de muchos de sus integrantes a grupos fascistas como “Tacuara”.

Si bien a partir de 1983, la crítica de ideas ya no se manifestaba como “crítica por las armas” para acallar a los disidentes, ahora apelaba nuevamente a exhumar “la ficha” o el prontuario, cuya versión en la Argentina de hoy es la amenaza de “sacar la carpeta” del hereje.

A ese ataque de “El Porteño”, Giussani no respondió con los mismos bajos recursos, sino con ideas, madurez y aplomo. El 31 de mayo de 1986, publicó uno de sus mejores artículos: “La diferencia entre un hombre y un prontuario”, esta vez como columnista de “Tiempo Argentino”. Pensadas hace veinte años, las palabras de Giussani adquieren hoy estremecedora actualidad. Por eso, y por no estar incluida en sus libros, reproducimos aquí esta columna.

La diferencia entre un hombre y un prontuario

Por Pablo Giussani

Se dice que Graham Greene, pese a su fama mundial como escritor católico, tardó décadas en lograr una visa que le permitiera viajar a los Estados Unidos, como consecuencia de las trabas que opone la legislación inmigratoria norteamericana al ingreso de comunistas.

Green figuraba, al parecer, en una vieja lista negra que registraba entre sus antecedentes una remota participación suya en alguna actividad política juvenil que involucraba a grupos de filiación marxista.

Recordé en caso de Green al descubrir que la revista “El Porteño” tuvo en su edición más reciente la ocurrencia de informar sobre mi traslado como columnista de “La Razón” a “Tiempo Argentino”, describiéndome como “ex simpatizante de las juventudes fascistas”.
Aunque pueda parecer poco elegante elegir como tema de comentario algo que se dijo de mí, creo que de todos modos vale la pena analizar ese detalle descriptivo, no por su irrelevante referencia a mi persona sino por la claridad con que expresa cierto tipo de comportamiento argentino.

Aclaro, de paso, que los responsables de la revista cuentan hoy con el dato de que fui admirador de Benito Mussolini en mi adolescencia –transcurrida en los tempranos años 40- por que yo mismo di cuenta de esa afección juvenil en mi libro “Montoneros. La soberbia armada”. No están revelando, pues, algo que yo esté desesperado por ocultar.

Pero, ¿a qué viene esa referencia? Parece claro que el uso de aquel antecedente por parte de “El Porteño” –a la que obviamente le desagradan mis escritos- lleva implícita la convicción de que algo hecho, dicho o pensado por mí hace cuarenta años puede descalificar lo que hago, digo o pienso ahora.

Cristalizar la personalidad de un individuo a partir de su pasado es, aquí y en todo el mundo, un hábito profesional de la policía. En la visión policial es inconcebible que la gente cambie. Cada uno es lo que fue. Alguien que a los veinte años tuvo afiliado al Partido Comunista tendrá dificultades para hacerse reconocer como radical o como peronista a los cincuenta si la instancia en la cual debe producirse este reconocimiento está sometida a la influencia de informes policiales.

Si es cierto que todas las policías del mundo coleccionan profesionalmente imágenes estáticas de la gente, lo distintivo de la Argentina es que este fichaje inmovilizador de la personalidad humana desborda el perímetro de las comisarías.

En lo que quizás sea un hasta ahora inadvertido componente de la cultura autoritaria arraigada en el país, la Argentina ha socializado la psicología policial, convirtiendo a cada habitante en un petrificador de su prójimo.

Buena parte del periodismo político está consagrada a la exploración del pasado ajeno, a la melancólica revisión de prontuarios privados en busca de antecedentes incriminatorios.

La derecha exhuma antecedentes marxistas y la izquierda antecedentes derechistas, pero todos coinciden y comulgan en esta nocturna profanación de tumbas convencidos sin distinciones de que el pasado nunca termina de pasar.

Cada individuo queda detenido por los ojos de sus semejantes en el día de su primera afeitada, cada adolescente es un modelo prototípico de lo que ha de ser el resto de su vida. Si su vida cambia de curso y se desvía del prototipo el cambio es ignorado o considerado ficticio y, por lo tanto, desdoroso. Cada persona sigue siendo, en el fondo, lo que era antes.

Esta generalizada percepción policial del prójimo ejerce sobre cada uno de nosotros un particular tipo de presión que nos lleva a elegir entre dos comportamientos posibles: esforzarnos por no incurrir en la deshonra del cambio, por preservar una identidad cada vez más postiza, cada menos convencida de sí misma –porque el eppur si muove vale también para la vida- o bien cambiar pero fingiendo que siempre fuimos lo que el cambio nos llevó a ser, es decir, borrando nuestro pasado y escondiendo cuanto hay en el de distinto de nuestro presente.

Son, en rigor, dos formas de la inautenticidad. Dos modos artificiales de amoldarnos a la consigna de inmovilidad que imparte a cada argentino aquella generalización de un sistema perceptivo propio de los servicios de inteligencia.

Se habla mucho hoy de la reconciliación nacional como condición insoslayable para asegurar un orden de convivencia plenamente democrático. Pero no puede haber reconciliación entre individualidades paralizadas en lo que fueron, entre supervivencias momificadas del pasado.

Venimos de un pasado terrible, con el país fraccionado entre modos de ser recíprocamente intolerables. Perpetuar esos modos de ser con arreglo a la óptica policial que define a cada individuo por sus antecedentes, significa mantener al país bajo una condena al desgarramiento.


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