El imparable deterioro de la mayor riqueza arquitectónica de Salta |
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Escrito por el jueves, 25 de enero de 2007 (Ha sido leído 3293 veces) La obstinada realidad salteña, con sus diluvios y soles de justicia, su singular amplitud térmica, sus años y meses, sus ratas y traficantes de arte, suele ser más fuerte que los innumerables expedientes administrativos, los miles de fotos de gobernantes firmando convenios, y las centenas de proyectos legislativos. Pero cuando de la Casa de Leguizamón se trata, aquellos elementos erosivos se sobreponen incluso a leyes como la 24.616 o a decretos como el 1739/79. Es más que probable que Don Juan Galo de Leguizamón, aquel comerciante que logró conciliar riqueza y buen gusto, no llegara a imaginar las peripecias que, 200 años después, se abatirían sobre su espléndida casa de altos y balcones, construida siguiendo las mejores reglas del arte de su época, y ubicada en la esquina de las calles que hoy llevan el nombre de Florida y Caseros. Muy pocos de los paseantes que transitan por esta populosa esquina pueden imaginar siquiera el valor histórico y la riqueza arquitectónica que encierran aquellas paredes siempre húmedas, agrietadas, pintadas de un pretencioso y envejecido rosado, hoy a duras penas sostenidas por maderas de dudosa eficacia que se abalanzan sobre las veredas circundantes. A la hora de reunir a los elegantes de la Salta de entonces y de agasajar a los visitantes que venían del Alto Perú o del sur algo mas basto, el de Leguizamón competía, seguramente, con los salones de sus también prósperos vecinos. Y si la casa de doña Liberata Costa de Gasteaburu, fiel realista, pudo envanecerse de haber albergado la comida que compartieron los Generales Belgrano y Tristán (después de la Batalla de Salta), la de Don Juan Galo fue honrada con la asistencia del General José María Paz a unos de aquellos bailes, de finalidad múltiple, que los principales y sus mujeres solían celebrar con abundante presencia de hombres de armas, en pleno centro de la ciudad. Eran tiempos en los que el poder y su boato no se habían trasladado aún a Las Costas. La casa de Leguizamón, en 1992. Abajo un edificio madrileño de la época, en la calle de Bravo Murillo La presencia de paredes enteladas, amplios cortinados, muebles de procedencia europea, vajilla inglesa, porcelanas de Francia, pinturas con marcos propios de los grandes museos del mundo, fina cristalería, una espléndida galería de retratos familiares, y un coqueto oratorio, habrían dado pie a aquella evocación. En ambos salones un esbelto clavicordio (¿o era acaso un clavicémbalo?), permitía a las damas de la casa lucirse interpretando piezas de Bach (padre) u otras obras de música culta. Eran tiempos en los que, a la par que crecía el mestizaje y los criollos se esforzaban por justificar la emigración de sus padres, los principales se reafirmaban en su condición de europeos (muchos de ellos, en tiempos de revolución, optaron por quebrar solamente la dependencia política, pero manteniendo los valores de la civilización de la que formaban parte), procurando recrear aquí los modos y los ambientes que habían conocido en vivo o a través de las buenas lecturas. Los numerosísimos descendientes de Don Juan Galo, después de muchos años de ambigüedades y discordias, han hecho lo suyo cediendo la tenencia del valioso inmueble a la Provincia. El Colegio Profesional de Agrimensores, Ingenieros y Profesiones Afines se muestra bien dispuesto a “poner su grano de arena”, prometiendo trabajar “fino y rápido”. Anuncia, además, su intención de “inventariar los muebles”, algo que pone los pelos de punta y lleva a preguntar ¿es que no existía antes tan elemental detalle del contenido de la casa? Sin embargo más allá de compromisos e iniciativas parlamentarias, la realidad es, lamentablemente, la que muestra la foto que acompaña esta nota. Estamos, a final de cuentas, en una dramática carrera entre la resistencia del adobe, la voracidad de las lluvias torrenciales, y la capacidad de gestión de la que suele ufanarse el Primer Habitante de Las Costas. Aunque es improbable que lo consiga pues los tiempos constitucionales son, afortunadamente, implacables, habría que encarecer a la pomposa oficina de Ceremonial y Protocolo que, en la eventual ceremonia de inauguración de la Casa restaurada, omita la estética romano-cesarista como aquella puesta en escena para inaugurar una red distribuidora de gas en el Barrio Autódromo de Salta. Don Juan Galo de Leguizamón y la legión de salteños sobrios, quedarán agradecidos. Más artículos de la categoría Cultura |


