Marqueses salteños |
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Escrito por el sábado, 27 de enero de 2007 (Ha sido leído 3121 veces) La lectura de la revista “Raíces” (número 40, noviembre de 2006, reportaje a cargo de Matilde Vergara) acaba de sacarme de un imperdonable error. Por años, creí que el único y último Marqués salteño, cuyos títulos y símbolos del rango sus antepasados lograron salvar del celo de los comisarios enviados por la Asamblea del año XIII, residía en las adyacencias de la calle Mitre y desayunaba, como un modo de ostentar su respeto a las convenciones republicanas, en aquella cafetería algo elemental que funciona en la que fuera sede del Club Libertad, en la calle Deán Funes. Pues no. Resulta que SS el anterior Papa Juan Pablo II, en uso de las prerrogativas de su alta investidura y como modo de premiar y enaltecer los servicios prestados por doña Susana Cornejo Isasmendi, decidió otorgarle el título de Marquesa Pontificia. Para situar a los jóvenes lectores de esta página, quizá convenga recordar que la flamante Marquesa, allá por los años 50, dirigía un programa en Radio Nacional Salta orientado especialmente a los oyentes de corta edad. Los niños salteños de entonces, al menos los que disponían de un aparato de radio, podían optar entre el programa de “Mamá Rosario” (que emitía LV9), o el de “Tía Su”. Si bien ambos tenían un diseño parecido, en el de “Tía Su” había un mayor énfasis en los asuntos y mensajes de la católica iglesia. Pero existió además otra diferencia relacionada con la música folklórica: Mientras “Mamá Rosario” daba cabida de vez en cuando al injustamente olvidado conjunto “Los Coyuyos”, “Tía Su” prefería al de los hermanitos que luego, ya mayores, triunfarían en los escenarios nacionales. Aún sin romper las buenas maneras, lo cierto es que existió una abierta competencia entre ambos programas radiales, empeñados en atraer a la audiencia infantil en un horario casi idéntico. Avanzando en esta breve caracterización de la dama distinguida por la orden pontificia, apuntaré que algunos sesentistas empecinados recordarán, quizá, la excelente disposición de la hoy Marquesa para remover los obstáculos burocráticos que entorpecían la celebración del matrimonio civil y que llegaban a exasperar a aquellos inconformistas que decidían formalizar sus relaciones y ponerlas, además, al amparo de los santos sacramentos, pero que no estaban dispuestos a soportar la morosidad (a veces inquisitorial) del Registro Civil central de la calle Florida o de su furibundo director. La facilidad que brindaba le existencia de una oficina delegada del Registro Civil en la misma sede de la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, salvó a mas de un progresista de aquellos años de vivir en el pecado eterno. El caso es que doña Susana Cornejo Isasmendi, tras vestir, peinar y ornamentar durante 60 años a la sagrada imagen de la Virgen del Milagro, es, desde hace un par de años, Marquesa Pontificia, una distinción a la que accedieron muy pocas mujeres en el mundo (entre las argentinas solo pude identificar a Doña María Unzué de Alvear y a Doña Adelia María Harilaos de Olmos). Pasando revista a la normativa que regula esta dignidad, constaté que la misma no es hereditaria; de haberlo sido, muy probablemente los vecinos de San Lorenzo hubieran disfrutado viendo pasar a la mas discreta heredera de una de las damas antes citadas. Y Salta tendría no dos sino tres marqueses. Es muy probable que algunas personas que visitan esta página experimenten un cierto escozor por esta nota o por la noticia. Unos, liberales, podrán sentir que esto de los títulos nobiliarios hiere su sensibilidad republicana. Otros, progresistas cercanos al poder, sentirán que el tema es impropio de abordar en estos tiempos donde, con un cierto retraso y a un costo excesivo, se imponen las banderas desautorizadas por aquel exabrupto del líder en la Plaza de Mayo. Sin ánimo alguno de polemizar y con el simple propósito de tranquilizar a estos últimos, añado que el título de Marquesa Pontificia fue buscado afanosamente, aunque sin éxito, por la mismísima María Eva Duarte de Perón durante su famosa gira europea. Evita, al perseguir esta distinción, pretendía afear a las antiguas damas de la Sociedad de Beneficencia, por ese tiempo disuelta por el gobierno y reemplazada por la benemérita “Fundación Eva Perón”. Su Santidad el Papa Pío XII compensó a la augusta dama llamando a su esposo “mi hijo predilecto”. Más artículos de la categoría Sociedad |


