Salta, perfumes y clases

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Escrito por Armando Caro Figueroa, el domingo, 28 de enero de 2007 (Ha sido leído 4577 veces)
En los años 50, los alumnos mas avispados de la Escuela Urquiza podían observar que no todos sus compañeritos olían de igual forma, y que estas diferencias coincidían, de alguna manera, con las condiciones del guardapolvo y la composición del utillaje que cada uno llevaba.

Lavanda Atkinson
Lavanda Atkinson
Estaban, en primer lugar, aquellos que venían del Hogar Escuela creado por la Fundación Eva Perón, que, aún procediendo de familias pobres, sobresalían por sus calzados Carlitos, su cuidada y uniforme ropa, su buen hacer boxístico, y un acentuado aroma a jabón (¿Radical?)

Venían luego los, ciertamente escasos, niños pobres que exhalaban un aroma que hacía pensar a algunos que, antes de salir de sus casas, se sometían a un sahumerio cerca de las cocinas de leña. Eran, en general, muy prolijos en su vestimenta, y grandes jugadores de fútbol.

La mayoría de los escolares se ubicaban dentro de lo que, apelando al lenguaje sociológico, podríamos llamar clase media. Guardapolvos almidonados, monograma prolijamente sujeto con un alfiler de gancho, peinado a la gomina, caja de útiles completa, resistencia a compartir el borrador con el olvidadizo colega, y un penetrante olor a jabón Le Nancy que, a medida que se sucedían los recreos, iba cediendo, eran sus características sobresalientes.

Quedaba, por último, un núcleo que solo se diferenciaba del anterior, por el perfume que les acompañaba durante toda la jornada. Unos se integraban fácilmente con el resto de compañeros, otros, pocos, preferían sentarse al lado de sus parientes.

Con el tiempo, y gracias a una infidencia de la encantadora damita que vivía en los alrededores de la Plaza 9 de Julio, descubrí que el perfume que caracterizaba a estos niños (el mismo que abrumaba a los intrusos que se atrevían a circular por el Pasaje Mollinedo), era la Colonia Atkinson.

Pronto y bajo los impulsos de los bellos ojos de mi musa, abandoné -para siempre- mi ración diaria de Old Spice que, según supe después, era la que usaban mis prósperos vecinos de calle Deán Funes al 400.

Así fue que durante el tiempo que mi admiración por la duquesa fue correspondida, confundí a propios y extraños perfumándome con la Atkinson etiqueta amarilla. Más tarde, habría de ser otra influencia femenina la que, en el Parque de la ciudad de Tucumán y mientras teorizaba acerca de cuál era la forma canónica de hacer ciertas cosas, me convirtiera en adicto a lavandas más vulgares.

La exclusividad de la colonia Atkinson venía garantiza por el carácter cerrado del núcleo que la usaba como toque distintivo, por el precio algo elevado de todas sus versiones, y por el pudor que impedía a los curiosos averiguar el nombre del producto.

Solamente quienes lograban, como fue mi caso, infidencias de miembros del grupo, o aquellos que se ganaban la confianza de la exuberante jefa de la sección perfumería de la Farmacia Sudamericana, podían entrar en ese mundo de fina lavanda.

Mas tarde, la curiosidad norteña me llevó a indagar acerca del itinerario histórico-social de la Colonia Atkinson, y descubrí, para mi sorpresa, que en los años 30 del siglo XIX Juana Manuela Gorriti ya la usaba; nuestra primera gran literata confesaba, en su libro “Panoramas de la vida”, que no podía vivir sin perfumarse.

Descubrí también que, por esa misma época, Hilario Ascasubi, de paso por Salta a donde llegó contratado para hacer funcionar la primera imprenta, recomendaba a su hijo el mejor camino para hacerse con frascos de la Colonia Atkinson, directamente en Londres y sin pasar por los intermediarios franceses que encarecían el producto y no siempre garantizaban su autenticidad.

Por cierto, don Hilario, en las cartas a su hijo, hace mención al catálogo PRINTEMPS vía que utilizaban muchos de los antepasados de quienes tienen a bien acceder a las páginas de Iruya.com, para surtirse de los mejores productos europeos; primero a través del puerto de Cobija, luego, tras el triunfo del centralismo, por el puerto de Buenos Aires.

La cosa no se detiene aquí. La Colonia de marras fue, al parecer, utilizada por Burt Lancaster en una de las escenas de “El Gatopardo”, novela y película que, aún sin haber sido profusamente leída ni vista en el Valle de Lerma, han ejercido una más que evidente influencia en la vida política salteña.

Pero hay un dato quizá definitivo para comprender la difusión e influencia de la colonia Atkinson en Salta. Según una investigación de “The Economist”, ratificada por otras fuentes solventes, esta suave colonia de lavanda era la preferida de Monseñor Don Josemaría Escrivá de Balaguer; a punto tal que, siempre a tenor de lo que publica la prensa, es posible descubrir a un miembro del Opus Dei a través de esta ya célebre fragancia que los salteños preferían antes de que hubiera nacido este santo español.

Comprendí entonces porqué, la bella dama que me introdujo en el secreto de la colonia, intentó salvar mi alma regalándome, junto a un frasco de Atkinson, un ejemplar de la “Imitación de Cristo”.

Que los tiempos han cambiado, también en Salta, lo demuestran dos hechos: El que hoy sea imposible encontrar la colonia Atkinson en ninguna de las perfumerías (lo que hace pensar que quienes aún la llevan han reconstruido el itinerario de Hilario Ascasubi); y el que, como pude comprobar mientras compraba quesillos en Las Costas, el olor externo del poder sea hoy el olor a Ralph Lauren.


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