Bailar en Salta

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Escrito por Iruya.com, el lunes, 29 de enero de 2007 (Ha sido leído 2928 veces)
La noche salteña ya no es lo que era. Quiénes lleguen buscando la antigua algarabía del 1514 o del Tabarís, o aquellos sitios más propensos al enamoramiento con posibilidades matrimoniales como Ego, La Lucciola, o la Boite del Cerro, se llevarán una decepción.

Córdoba al 1500
Córdoba al 1500
La Córdoba 1514, tras hechos sangrientos que forzaron la clausura de la pensión que daba albergue a ambiguos pobladores de las noches del Parque San Martín, es ahora una inofensiva carnicería de barrio.

Si bien circulan rumores de que aún sobreviven tanto Salón Verde y su impenetrable oscuridad, como el elegante Mau-Mau, recintos donde los Wa-Wan-Co y Altemar Dutra, respectivamente, hicieron las delicias de las parejas algo informales de la generación intermedia, mis preferencias por el tango vienen impidiéndome confirmarlos o desmentirlos.

Está claro que, de la mano del turismo, la explosión demográfica y la segunda ronda de liberalización de las costumbres, existe una verdadera explosión de locales bailables, para todas las edades y gustos, distribuidos en casi todas las zonas de la ciudad, no solamente en la calle Balcarce.

Sin embargo, los heroicos sobrevivientes de las generaciones nacidas a partir de 1930 que desean pasar una noche agradable y encontrarse con amigos de juventud, compañeros de colegio o de trabajo, antiguas novias, sus peluqueros y peluqueras, o quizá con la Reina de los Estudiantes de su época, tienen en Salón Manolo el sitio ideal.

Allí, los que aún tienen fuerzas para ello (en verdad, casi toda la concurrencia) pueden bailar con los ritmos propios de su edad (que es la mía), tangos y pasodobles, entrecerrar los ojos mientras abrazan a su parea y escuchan las pretensiosas imitaciones de Sergio Denis y de Sandro, o incursionar también en el frenesí de las modernas cumbias y cuartetos.

La libertad de maneras, el respeto mutuo, la moderación en la ingesta de bebidas, la buena mano de Manolo, un verdadero expertos en asuntos de la noche, y una serie de costumbres compartidas, dan vida, cada jornada, a un ambiente espléndido, donde algunos encuentran la ocasión de mover el entumecido cuerpo, y otros la de tararear viejos tangos o acelerar sus trámites de jubilación.

Los hay también quienes cultivan duraderos romances y de los otros, e incluso matrimonios que concurren puntualmente resistiéndose al tedio de esos monótonos asados donde los comensales se separan por sexo y los varones atosigan a las señoras con paridas de truco y coca o con sus charlas sobre fútbol y pesca.

No faltan tampoco aquellos, que forman legión, solos y solas en busca de una compañía que los transporte, sin demasiados preámbulos y aunque más no sea incidentalmente, al hipotético reino de la felicidad.

Los atuendos, muestran una casi unánime preferencia por la elegancia informal y la sobriedad.

Las damas suelen vestir sus mejores galas, cargadas de lentejuelas, y deslizarse dentro de un halo de perfumes sugerentes, siendo el embriagador Pachuli el aroma predominante. Los caballeros, lucen trajes de aquellos que sólo podían encontrarse en Casa Davy, muy bien conservados eso si, y todavía hay algunos que se perfuman con aquella colonia, en vías de extinción, que fraccionaba “La Mundial”.

Destaca, de un tiempo a esta parte, la creciente cantidad de señores taciturnos que prefieren usar sombreros requintados que harían la envidia de los porteños que, habiendo perdido la fe, daban vida a los almacenes del Paseo Colón. Como marcan los cánones, ninguna de ellos se quita el sombrero ni siquiera para bailar, lo que –al parecer- acentúa su porte varonil y, por consiguiente, su éxito.

Pero quién se lleva las palmas en materia de atuendo es aquel buen amigo que todos conocemos nada mas que por el sobrenombre de “Pato Baliao”, quién conserva toda la indumentaria del petitero que fue en los años 60: pañuelo al cuello, chaqueta entallada, zapatos con tacones altos, gafas oscuras, pantalón bombilla, calcetines blancos como la nieve, largas patilla y jopo engominado.

El “Pato” conserva, además, el estilo de circular por la pista y aproximarse a las mesas en busca de pareja, de aceptar deportivamente los siempre incómodos rechazos femeninos, y de bailar, mas que imitando, superando unas veces el estilo del mismísimo  Elvis y otras el de Palito Ortega.

Ya no tiene el éxito abrumador de sus años mozo. Pero a él nunca le falta una pareja cuando se decide a dejar su vaso y lanzarse a la pista. Claro que para completar la noche ha de desdeñar aquel cruel consejo tanguero de “no saqués paquete que dan pisotones”, y abandonar toda exigencia a la hora de elegir pareja: en ello radica su éxito y también su prestigio.

Al verlo recientemente reinar en Salón Manolo, recordé que el leve defecto que desde la niñez dificulta su andar, no fue obstáculo para que el “Pato” se manifestara contra la dictadura en los años 60 y corriera por delante de los feroces agentes de la guardia de caballería de Salta arrojando las consabidas bolillas de cristal y, a su agotamiento, los redondos frutos del paraíso.
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