Homenaje a Don Chicho de Salta |
|
|
|
Escrito por el miércoles, 31 de enero de 2007 (Ha sido leído 3412 veces) Los paseos de nuestra ciudad están llenos de monumentos a sus próceres y hombres ilustres. También el cementerio más antiguo alberga homenajes en bronce de familias piadosas a sus muertos. Escasean, eso sí, escultores de la talla de la genial Lola Mora (es espléndido su monumento a Facundo de Zuviría) o de Teresa Salfity. Lamentablemente, muchos de los bustos esculpidos yacen en rincones de la ciudad sin que el más leve indicio permita identificar a quienes el bronce o la arcilla pretenden representar. De modo que, ahora que el Intendente dedica sus horas a trasladar monumentos y a encender lámparas votivas, bien podría hacer un hueco en su completa agenda y enviar patrullas de gente memoriosa a identificar próceres abandonados. Cuando algún recopilador termine el inevitable inventario de los monumentos salteños, se hará patente que sobran algunos y faltan otros. Me propongo exponer aquí las muy personales razones que me llevan a echar en falta una imagen que rinda perpetuo homenaje a Don Chicho Fayt, en tanto y en cuanto propietario y animador de la mejor parrillada de la Salta de los años 60; aun desde la plena conciencia de que la pacatería de muchos influyentes hace sencillamente inviable una iniciativa como esta. “El Lapacho”, que de este restaurante se trata, situado a las orillas del lago del Parque San Martín fue, según esa raza de nostálgicos liberales que no han logrado extinguir ni los años ni el celo de los que custodian, desde el Gran Bourg y desde Limache, el Santoral pagano de la Salta Feliz, un emblema de la noche bohemia y de las tertulias políticas. Don Chicho, miembro de una familia de juristas y de hombres del espectáculo (su hermano Guillermo gestionó el éxito de “Tabarís”, local por donde pasaron los grandes del tango como Jorge Valdez o Héctor Mauré), sabía, más que administrar la parilla, agasajar a sus clientes-amigos. Hay que remontarse muy lejos, a aquel inexplicable incidente con motivo de una seudo colita de cuadril rechazada con indignación por uno de los comensales, para encontrar a algún cliente quejoso o insatisfecho. Para los políticos y aspirantes a políticos, “El Lapacho” era un punto de confluencia aún en tiempos de dictadura. La discreción de Don Chicho garantizaba que la composición de las mesas, las consignas, las conjuras y los planes de amotinamiento que allí diseñaban las mentes más lúcidas y algunos enfebrecidos, nunca llegarían a oídos de eventuales soplones. La sabiduría de Don Chicho le había llevado a construir en sus amplios salones, áreas que facilitaban la concurrencia de las expresiones más disímiles. Así por ejemplo, los descarriados que se atrevían a salir a cenar con mujeres a quienes no habían llevado (ni pensaban llevar) al altar, tenían un salón discretísimo, en penumbras, donde la igualdad de situaciones garantizaba, sino el perdón del pecado, su no difusión. Incluso, los mas urgidos de silencio y anonimato, podían disfrutar de un menú al paso sin bajarse siquiera del coche prudentemente estacionado en la completa oscuridad adyacente. Dentro ya del salón principal, existía una zona reservada a los peronistas, otra, más pequeña a los radicales. A su vez, el personal de la Dirección de Investigaciones de la Policía de la Provincia, tenía siempre una mesa reservada cuya consumición pagan religiosamente. Este buen trato con la gente de la ley y del orden, no impidió que Don Chicho, víctima de la legendaria maledicencia de ciertos circulos locales, pasara varias temporadas entre rejas. La última vez que le vi, me hice cargo de su defensa y cuando le visité en la Cárcel llamada entonces Modelo me mostró los rastros brutales de la feroz golpiza a la que había sido sometido a sus más de 60 años. Allá por los años 70, cuando se advertía el inminente acceso al poder por parte del peronismo, Don Chicho solía alentar a sus parroquianos acercándose, por ejemplo, a mi padre y diciendo que “ya era hora de que gobernemos la gente decente”, conjunto que, en su particular visión, poco tenía que ver con las definiciones del célebre libro que su autor acaba de comentar en estas mismas páginas. “El Lapacho” funcionaba también por las mañanas, ocasión en la que convocaba a lo mas granado del foro local. La presencia diligente de un mozo singular (Astroboy) y la inagotable bodega de Cynar y Hesperidina, eran razones de sobra para las largas sobremesas de abogados, procuradores y auxiliares que habían concluido sus tareas en tribunales. El hecho de que el restaurante funcionara en dos turnos, le permitía a Don Chicho organizar bien su empresa, su corazón y su familia. Para lograrlo, el personal (incluidas las cajeras) de un turno, nunca aparecía durante el turno siguiente, con lo que se aseguraba, además del buen manejo del negocio y de sus tensiones, la necesaria rotación y los descansos. Aquella estrategia de Don Chicho para seducir a la selecta clientela, incluía su permanencia hasta el fin de la noche de los comensales y tertulianos. Pero para él, incansable, la noche tenía un tramo más: Hecha la caja, impartidas las órdenes de servivio, Don Chicho y Olguita (la encargada de la caja nocturna), partían a bailar tangos hasta la madrugada. Los doctores en psicología suelen desaconsejar el excesivo tráfico con la memoria y la nostalgia perpetua. Sin embargo, el otro extremo, el olvido y el ser desagradecido, son conductas sencillamente repudiables. Cuando, regresado de mi largo extrañamiento, pasé por el Parque San Martín y pregunté por “El Lapacho”, experimenté un estremecimiento de horror al escuchar la versión de que uno de aquellos habitués de la casa de don Chicho, encaramado en un cargo poderoso, había resuelto la clausura del local y el barrido de toda huella. Más artículos de la categoría Cultura |


