Albergues acogedores en Salta |
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Escrito por el miércoles, 31 de enero de 2007 (Ha sido leído 3515 veces) De las varias deudas que los historiadores profesionales tienen con la ciudad que fundara el infortunado Hernando de Lerma, sobresale aquella que se refiere a la historia no escrita de la hotelería en todas sus ramas. Hoteles por hora En la fecunda Salta de los años cincuenta, en tiempos en que las costumbres relacionadas con el amor y las parejas no habían recibido aún el impacto demoledor de tanto afrancesado que, por designios del Ángel Caído, se enamoraron de la ciudad y de sus gentes, ni el de la famosa píldora, las uniones canónicas estaban recluidas en los recintos de la intimidad hogareña. En paralelo, el comercio lindante con el reino del pecado tenía sus escenarios en las campiñas, en los cotorros de los pudientes, o en las salitas algo incómodas que pululaban en la calle Córdoba, más allá de la Tucumán hacia el Río, poblando las noches y las veredas de farolillos rojos. Alguien, seguramente influido por sus viajes a la ciudad-puerto, vio en este primitivismo una oportunidad de negocio y fundó el primer establecimiento al que inscribió en los registros municipales bajo el equívoco rubro de “posada”, bautizándole con el castizo y sugerente nombre de “Don Juan”, un local que sesenta años después mantiene abiertas sus puertas, aun cuando su clientela ha cambiado de forma radical (al parecer hoy es el sitio preferido por los émulos del Barón de Charlús). La creciente demanda y el afán de lucro llevaron a sus propietarios a inaugurar la moda del horario corrido: “Don Juan”, por años, fue el único albergue que no cerraba ni siquiera para fin de año, permitiendo a los 44 enamorados que tenían la suerte de conseguir una de sus 22 habitaciones, celebrar la llegada del año en brazos amantes. Los mas antiguos y, dentro de ellos, los pocos que conservan la memoria, dicen recordar la existencia anterior de “Huguito”, enlazado con emprendimientos como “El Globo” o el “1514”, y de otro local que aún funciona en los alrededores del Club Juventud Antoniana (club santo), en lo que fue la sala de una casa quinta de terratenientes empobrecidos, que permitía la llegada de clientes de a pié o en bicicleta. La crisis de ambos locales, que provocó fueran desplazados de las preferencias del público por “Don Juan”, hay que atribuirla a tres factores: En primer lugar, a la pésima práctica de no permitir la contratación de dos turnos contiguos; en segundo término al desagradable efecto que causaba en los parroquianos el funcionamiento del lavadero del hotel en pleno patio por donde circulaban; y, por último a las incomodidades de las salas de espera compartidas. Pero en los albores de mayo del 68, un empresario moderno, bautizado con un sonoro nombre tomado del Antiguo Testamento, revolucionó las costumbres y reconvirtió para siempre el negocio de la hotelería por horas. Así fue como un buen día, el rumor corrió como un reguero de pólvora y se transmitió de boca en boca con pocas y equívocas palabras acompañadas de gestos de complicidad: en la esquina de Acevedo y Fernández acababa de inaugurar un lujoso (para la época), discreto e higiénico establecimiento. Atendiendo a las demandas propias de una ciudad pequeña y, como tal, plagada de prejuicios y sedienta de secreto, el hotel introdujo las cocheras individuales con cortinas que preservaban incluso la identidad de los vehículos, el baño privado con agua caliente, la música funcional (y, mucho más tarde, la televisión que permitía ver solamente a Canal 11), el intercomunicador, y el célebre torno copiado impúdicamente de otros recintos mas venerables. El empresario, un auténtico e incorregible innovador, fue incorporando novedades que le mantuvieron hasta bien entrados los años 70 a la cabeza de las preferencias de un público en continuo crecimiento. Las peligrosas estufas a keroseno fueron reemplazadas por las de gas; las habitaciones dispusieron de conexión telefónica al exterior (recuérdese que los celulares no figuraban entonces ni siquiera en la imaginación de los inventores más fecundos), cuyo uso requería el traslado del enorme aparato negro al recinto en donde era pedido. El “Garçoniere”, hasta su estrafalario nombre delataba la influencia del libertinaje francés, era, además, el único establecimiento que, en situaciones extremas, concedía crédito a sus clientes habituales, bien es verdad que exigiéndoles un depósito o prenda en garantía (relojes, joyas femeninas, y hasta ruedas de auxilio de vehículos modernos). Un señalado día, los clientes, en su enorme mayoría personas bien educadas y celosas del orden y la discreción, contemplaron con espanto a un señor vestido con túnica y tocado con una tosca corona de albahaca que, en medio del patio común, sin motivo aparente, y quizá bajo los efectos del alcohol o de la soberbia que genera entre los donjuanes y burladores el éxito amoroso, clamaba: “¡Prended fuego a Roma!”. En minutos, la seccional quinta puso al gracioso bajo rejas. Su condición de soltero y sin compromiso le evitó males mayores. Hoy, a juzgar por ciertos trascendidos, el mal gusto, la estética faraónica que propagan sectores cercanos al Poder, han reemplazado, aquí también, a la espartana sobriedad de aquellas verdaderas avanzadas de la modernidad. Más artículos de la categoría Costumbres urbanas |


