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Oler en Salta

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Escrito por Luis Caro Figueroa, el miércoles, 31 de enero de 2007 (Ha sido leído 3394 veces)
Aquel viejo dicho de “más vale perder un amigo a que se te reviente una tripa” es, tal vez, la metáfora ideal para dar cuenta del carácter sumamente incivil de las flatulencias humanas, cuando éstas se expelen en presencia de otras personas.

Nueve de cada diez afectados por una conducta como ésta señalan a la percepción olfativa como más molesta que la simple percepción auditiva. En otras palabras, que la grosería es tanto mayor cuanto más intenso y persistente es el olor que produce, cualquiera sea el nivel recogido por un decibelímetro.

En nuestras sociedades altoperuanas –a diferencia de lo que sucede en otras partes del mundo, especialmente en el Viejo Continente- no acostumbramos a atufar el ambiente de espacios públicos cerrados, como el transporte, por ejemplo, ni nos provoca una especial excitación hacerlo en ascensores, confesionarios, cabinas telefónicas o teleféricas, probadores de tiendas o cualquier otro recinto minúsculo.

Somos, si se quiere, más contenidos en este aspecto que otros pueblos de este planeta.

Sin embargo, no es menos cierto que muchos de nuestros paisanos, quién sabe si por las raras combinaciones que propone nuestra gastronomía o tal vez por llevar la impronta genética incaica de una fauna gastrointestinal de las llamadas “cadavéricas”, podrían alcanzar en un hipotético odorímetro registros de auténtico campeonato.

Mucho antes de que se inventara este maravilloso ingenio llamado Flat-D (acrónimo de Flatulence Deodorizer), que consiste en una especie de “protector diario” de tres capas con filtro de carbono, capaz de atrapar el gas antes de que tome contacto con el ambiente, digamos que unas tres décadas antes, un amigo al que sólo identificaré por el sobrenombre supuesto de “Pelusa”, relató en una reunión social las peripecias sufridas por su señora madre para reponerse de una peligrosa oclusión intestinal que fue corregida mediante una cirugía de urgencia.

El relato de Pelusa deja bien claro que cuando los salteños queremos expresar algo, incluso con cierta exageración, no necesitamos de grandes descripciones ni de especiales aspavientos. Nos basta una cierta compostura, un manejo sobrio de la lengua de Cervantes y bastante ingenio.

Pelusa nos contaba, allá por 1973, que fue él quien se encargó de cuidar a su madre en hospital mientras se recuperaba y los médicos esperaban señales inminentes de restablecimiento del tránsito intestinal. En medio de la tensa vigilia, su madre, aún inconsciente, comenzó -en palabras de su hijo- a “eliminar unos gases de una fetidez única”.

Obsérvese que el narrador no tuvo necesidad de echar mano de ningún regionalismo ni de emplear ningún vocablo malsonante. Por aquellos años -es bueno recordar- comenzaba a extenderse por el país el empleo de acertadísimo y casi insustituible porteñismo "baranda", para referirse a un olor insoportable.

Un Faraón al Carburo
Un Faraón al Carburo
Volviendo al hospital, como las deyecciones no cesaban y se prolongaron por varios días, Pelusa relató cómo examinó hasta el último componente de la dieta con que la convalenciente señora estaba siendo alimentada, pues juraba su hijo que, por el olor a 'descompuesto' que invadía la enorme sala entre chata y chata, su madre  “parecía que hubiera cenado un Faraón al Carburo”.

Con semejante descripción, que hasta se puede tocar, ¿a quién le interesa el reciente invento del Instituto de Tecnología de Tokio consistente en un gadget capaz de crear olores digitales a través de 15 sensores, mezclando 96 sustancias químicas difrentes? ¿Para qué? Si basta con sentarlo al viejo amigo Pelusa a que describa lo que percibe a través de su membrana pituitaria.

El problema es que Pelusa carece de puerto USB y no hay por dónde enchufarle un interfaz con la computadora. Aunque otro amigo ya ha adelantado alguna solución a este pequeño inconveniente.


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