El locro perpetuo, una promesa abortada |
|
|
|
Escrito por el jueves, 01 de febrero de 2007 (Ha sido leído 2285 veces) El desarrollo de esta crónica requerirá, apreciado lector, una brevísima incursión por los terrenos, siempre polémicos, de la política nacional y local. Conviene añadir, antes de entrar en materia, que habrá de tratarse esta, de una incursión necesariamente incidental y, por lo tanto, incompleta y, sin duda, parcial, y formulada en un contexto en donde los cronistas de la actualidad argentina desarrollan, ahora mismo, en intrincado y anacrónico debate sobre algunos de los trágicos acontecimientos sucedidos en la década de los 70. Nadie ignora que el golpe del dictador Videla se concibió muchos antes de aquel fatídico miércoles 24 de marzo de 1976. Pero son menos los que recuerdan, o admiten, que la interrupción del tambaleante gobierno de la señora Isabel Perón tuvo “actos preparatorios”, como fueron la declaración del estado de sitio y la asunción de aquel polista intrascendente como jefe de la Policía Federal argentina. Mientras esto sucedía en el escenario político mas amplio, en Salta la tantas veces estigmatizada “Agrupación Reconquista” se había escindido, a causa de posiciones discrepantes acerca del rumbo que debía seguirse ante las acechanzas y desafíos que el peronismo y la ciudadanía toda afrontaban. Una de estas fracciones (que, si mi memoria no me traiciona, giró bajo el pretencioso nombre de “Reconstrucción Peronista”), desplegaba febril actividad para imponerse en las elecciones internas fijada para finales de 1975 y varías veces postergadas. La mayor experiencia que, por ese entonces, había acumulado este sector, le permitió alcanzar acuerdos y alianzas con otros grupos internos que terminaron por conformar la lista “Unidad Peronista”. La campaña electoral tuvo dos momentos singulares a los que pretendo referirme aquí. En primer lugar, el allanamiento de la casa de mi padre, en Cerrillos; y, también, la promesa, abortada, de celebrar perpetuamente un locro fraternal. Inmediatamente de declarado el estado de sitio por el gobierno constitucional, en una manifestación de su extrema impotencia, una patrulla no uniformada que se identificó como perteneciente a la Policía Federal ingresó a aquella casa de Cerrillos, sin orden de allanamiento alguna, y procedió a detener a quién, siendo Juez de la Provincia, procesó y encarceló a militares y policías sobre los que pesaban graves y probados cargos de violación de las garantías protectoras de los derechos de los políticos apresados en tiempos de la dictadura anterior (Onganía). Inútiles fueron las manifestaciones de los abogados allí reunidos acerca de la condición de Senador Nacional del propietario de la vivienda, así como sus invocaciones al ya decadente orden jurídico. El atropello se consumó, como una evidencia más de que el poder real había pasado, subrepticiamente, a manos de los militares agazapados. Fieles a las consignas tranquilizadoras que emanaban de las desorientadas cúpulas del Ministerio del Interior y de la CGT, los miembros de “Reconstrucción Peronista” continuábamos, incansables, los preparativos y movilizaciones para ganar las elecciones internas. La proyección de aquella película concebida y dirigida por Pino Solanas, en donde el General Perón se dedicaba a seducir a los jóvenes (y lo lograba) y, de paso, abría los cauces legitimantes para una de las mayores tragedias argentinas, era el punto culminante de nuestros actos, en Iruya, en J. V. González y en casi toda la geografía salteña. Nuestro encendido ultra-peronismo no nos impidió, sin embargo, censurar la tercera parte de esta película en donde nuestro líder se emparentaba con Mao Tse Tung y realizaba una abierta apología del terrorismo. Se daba la curiosa circunstancia de que el encargado de proyectar las dos primeras partes de “Actualización política y doctrinaria para la toma del poder” (tal el título de la película del laureado Solanas), era el mismo operador que proyectaba tanto los cortos mas beatíficos para espectadores católicos, apostólicos y romanos, como las creaciones más revolucionarias de los cines francés e italiano. El hecho ponía de manifiesto el pluralismo de las máquinas y el buen sentido comercial del único operador disponible en Salta. Pues bien, la plana mayor (con perdón) de la lista “Unidad Peronista”, con asiento en una desvencijada casona de la calle Rioja, había decidido reunir a sus militantes (con perdón) los días jueves a la noche y, para motivar la asistencia, dispuso que en tales ocasiones se sirviera un locro hecho en casa bajo la celosa vigilancia de uno de los máximos expertos en comidas masivas. El jueves 18 de marzo de 1976, uno de nuestros mejores y mas emotivos oradores, anunció a la multitud que llenaba la casa de calle Rioja, nuestro propósito y nuestra promesa de que habríamos de reunirnos allí mismo “todos los jueves de nuestras vidas”, en prueba de fraternidad y como forma de homenajear al General y a su esposa Evita. El miércoles 24 de marzo, tras la consabida proyección de la película, cuando el catador mayor había dado su visto bueno al locro que debía brindarse al día siguiente, y cuando los conciliábulos, todos centrados en las inminentes elecciones y en los primeros actos del flamante Interventor Federal, doctor René Orsi, terminaron era ya la media noche. Tras la agotadora jornada, todos los dirigentes retornamos a nuestras casas que, horas después y casi sin excepciones, fueron allanadas por fuerzas combinadas. Muchos fueron detenidos, otros debieron esconderse y, mas tarde, emigrar. Pese a varios intentos de reanimar la cita (en 1982 o en 1985, por ejemplo), aquellos míticos locros de los jueves no regresaron. Más artículos de la categoría Política y gobierno |






