Iruya, río arriba

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Escrito por Armando Caro Figueroa, el jueves, 01 de febrero de 2007 (Ha sido leído 5943 veces)
Ulises de la Orden es un joven cineasta, nacido en 1970 Buenos Aires, y al que los expertos auguran un gran porvenir en el mundo de la creación artística. Bisnieto de un antiguo “contratista” del Ingenio San Isidro, deslumbrado por el paisaje sobrecogedor de Iruya y por las calidades que singularizan a sus habitantes, Ulises construyó una interesante película que lleva exhibiéndose en Buenos Aires desde hace casi un año, tiempo no habitual para este tipo de cine que suele contar con un público muy limitado.

La obra que comentamos recibió premios en sendos festivales celebrados en Toronto, Buenos Aires y Jujuy y tiene un ambicioso plan de exhibiciones que cubre muchos puntos del planeta.

Iruya, río arriba
Iruya, río arriba
Las excelentes fotografías del exótico paisaje de Iruya, la filmación de los desbocados “volcanes”, el relato pausado y veraz de los iruyanos, la autenticidad (lindante con el candor) de los familiares de De la Orden cuando se refieren a los indios, la técnica narrativa elegida, y la bella música de Ricardo Vilca, descendiente de una de las principales familias del imperio Inca, son, a mi modo de ver, lo mejor de “Río Arriba”.

Este conjunto de imágenes, de personajes y de relatos, da pié al creador para desarrollar sus particulares tesis acerca del progreso, el papel del trabajo agro-industrial sobre una comunidad que mantenía sus técnicas de producción primitivas, los presuntos efectos del abandono de los cultivos tradicionales sobre la auténtica hecatombe de los “volcanes”, forman, en realidad, parte de las tesis o convicciones personales del director que el propio De la Orden desarrolla sin revelarse como un experto (ni seguramente pretende aparecer tal) en asuntos de gran complejidad.

Sin embargo, las tesis del cineasta, certeras o no, bien podrían servir de acicate a investigadores con conocimientos suficientes para incursionar y echar luz sobre aspectos tan importantes de nuestra historia y de la vida social de comunidades que padecen una antigua marginación.

Donde el relato y las tesis de “Río Arriba” adquieren el valor de un testimonio veraz, es en todo lo referido a la inicua explotación que los “contratistas” y los ingenios azucareros de la zona hicieron de la frágil e indefensa mano de obra indígena.

Pero aún esta parte del relato adolece de matizaciones que aclaren, por ejemplo, que muchas de las condiciones aberrantes vigentes en tiempos del bisabuelo de De la Orden, fueron atenuándose por obra de la legislación laboral peronista que recortó el poder antes omnímodo de los “contratistas”, limitó la jornada y prohibió el pago con vales.

Mi padre, electo en los años 50 senador provincial precisamente por Iruya, constató y enfrentó las prácticas de los contratistas, y bregó por limitar los abusos de los ingenios.

Mas adelante, convencidos de que era preciso mantener la presión contra este estado de cosas, pese a que la extrema explotación era, por ese entonces, cosa del pasado, en 1970 y en el diario Democracia, publicamos un suplemento dedicado a relatar el pasado y el presente de las relaciones laborales en el Ingenio San Martín del Tabacal.

El enfoque cayó naturalmente muy mal entre los propietarios de la empresa, dolidos sobre todo por la oportunidad de la publicación (coincidió con el aniversario del Ingenio), y por un bello y crudo poema de Víctor Abán: “Desiderio Cortaña”, que espero algún día rescatar del olvido.

Treinta años después de aquel suplemento, publicado en el diario que yo mismo dirigía cuando contaba con menos años que los que tenía de Ulises de la Orden cuando comenzó la filmación, pienso que le caben los mismos reparos que me atrevo, respetuosamente, a deslizar aquí respecto de las tesis socio políticas de “Río Arriba”.

Vista nocturna de Iruya
Vista nocturna de Iruya
Aquel suplemento, sin alcanzar, salvo quizá en el poema de Abán, el vuelo estético de la película, formaba más bien parte de un combate contra el viejo orden conservador y, como en todo combate político, los matices o incluso el rigor científico, eran elementos de rango secundario.

Las campañas políticas, en los años 80 y 90, me dieron ocasión de entrevistar a líderes sindicales (mucho de ellos auténticos compañeros de batallas, como Chacho Peñaloza que lideró por años a los trabajadores del San Isidro), y a directivos de los grandes ingenios salteños (uno de ellos me exhibió, con orgullo, una carta manuscrita donde el socialista Alfredo Palacios le expresaba al demócrata progresista de filiación conservadora Robustiano Patrón Costas, su satisfacción por las condiciones de trabajo del personal estable de El Tabacal).

De entre las matizaciones que podrían echarse en falta, tanto en aquel suplemento de Democracia como en “Río Arriba”, destacaría, para cerrar esta nota, las siguientes:

Una: Durante la mayor parte de la historia azucarera, la explotación de la mano de obra golondrina contrastó con las razonables condiciones de trabajo del personal industrial;

Dos: No es seguro que la mecanización de la zafra y, con ella, el fin del empleo masivo de golondrinas, haya servido para mejorar las condiciones de trabajo y el horizonte vital de los iruyanos.
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