Beldades salteñas de mis tiempos y de otros tiempos

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Escrito por Armando Caro Figueroa, el sábado, 03 de febrero de 2007 (Ha sido leído 3671 veces)
La reciente lectura del libro de Santiago CALZADILLA “Las beldades de mi tiempo”, escrito en 1891 para celebrar ciertas costumbres sociales y las bellezas femeninas de la Buenos Aires que giró alrededor del Brigadier General Juan Manuel de Rosas (para CALZADILLA, un tirano a secas), me anima a rescatar algunas espléndidas crónicas escritas en el pasado acerca de las más célebres beldades salteñas, y también a hurgar en mi memoria tratando de recrear a las damas y damitas que, entre los años 60 y 70, deslumbraban por su porte, sus ojos, su piel, su talento u otros atributos que enaltecen a esta parte del género humano.

Hoy algunas de ellas vigilan el Valle de Lerma desde el espacio sideral, otras han logrado envejecer sin que el paso de los años (“terribles, malvados”, como dice el tango) haya hecho irreconocible su antiguo esplendor. De las restantes, queda, en muchas memorias, el recuerdo de la pasada belleza, y con eso basta para incluirlas en este repertorio.

Por razones casi obvias, como por ejemplo los despistes de la memoria o la necesidad de no caer en personalizaciones que pudieran dar lugar a situaciones incómodas, estas crónicas acerca de las beldades salteñas abusarán de ambigüedades y de matices, colocados intencionadamente para desorientar al lector.

Desde este punto de vista, las narraciones que me propongo desarrollar, habrán de apartarse del precedente de CALZADILLA y de sus esfuerzos por identificar, siempre con finalidades de elogio, a las beldades de su tiempo.

La Reina del Mar


Salta, a diferencia de Santa Marta, no tiene mar ni tranvía. Sin embargo, en tiempos en que una pequeña parte de la febril imaginación salteña residía en la calle Deán Funes primera cuadra, las mismas mentes que idearon el exitoso y aún recordado Festival Latinoamericano del Folklore, decidieron, en un año cargado de tensiones políticas, elegir a la “Reina del Mar”.

Para darle un toque de realismo y a falta de mar, los creativos situaron la proclamación de esta majestad en los patios del Balneario Municipal (que hoy lleva, justicieramente, el nombre de Don Carlos Xamena).

Si bien es cierto que Salta siempre fue muy propensa a esto de celebrar la belleza, las formas y los estilos fueron evolucionando: desde las delicadas ceremonias que culminaban con la lectura de poemas de Julio César LUZZATO, a las mas vulgares coronaciones de las reinas del carnaval salteño tras el desfile de las comparsas por el Boulevard Belgrano, cuando muchos pacatos se transformaban y muchas remilgadas se desinhibían tras en máscara de gato en los salones de Gimnasia y Tiro o de la Sociedad Española.

El caso es que la beldad que abre esta serie de notas, llegó vestida de gasas y tules celestes, tocada con una diadema imitación plata y celosamente acompañada de su ilustre madre y de su prudente y gallardo novio (amores de estudiante).

Como tuvo el acierto de destacar el cronista encargado, por el ex diario del “Buró de difusión” del Partido Peronista, de cubrir la noche mágica, la sin igual piel violeta de la electa Reina terminó de decidir al Jurado. El voto en contra de aquel eximio domador de caballos, que pretendió invocar no se qué medida de los tobillos, no alcanzó a tercer la abrumadora mayoría de jueces y de público, entusiasmada hasta el extremo con aquella nariz idéntica a la de Madame Recamier, y aquellos ojos morunos, enmarcados por cejas retintas cuya luminosidad revelaba una inteligencia penetrante.

Eran tiempos en donde las pautas estéticas salteñas proscribían, afortunadamente, la depilación de las cejas (pésima costumbre introducida por Esther Williams), proclamaban las excelencias de las cabelleras abundantes (que los sábados se domesticaban con abundante laca y los domingos se recubrían con el preceptivo tul), y en donde a nadie se le hubiera ocurrido retocar unos labios con esos elementos químicos que hoy hacen furor por encima de edades y procedencias.

Algún sagaz lector podría recordarme que algunas damas, en los años 60, antes de salir con su novio y después de pasar por la peluquería del barrio, vivificaba sus labios pasándoles ají quitucho; pero ni era el caso de nuestra Reina, y se trataba, en cualquier caso, de un recurso marginal de esas mujeres que aspiraban a tener una boca “roja, loca y mentirosa”, como dice el tango.

Las demoras en introducir el offset integral impidieron a muchos conservar fotos razonablemente nítidas de nuestra Primera Reina del Mar y guardar para la posteridad aquella sonrisa plena de pudor y picardía.

Hay que decir también que la esbeltez de esta potestad había tenido ya otros reconocimientos.

En tiempos de la filmación de “Taras Bulba”, por ejemplo, un tiempo en el que los más agraciados salteños y salteñas figuraron como actores de reparto y como extras, el mismísimo Tony Curtis se encandiló con la estampa de nuestra Reina del Mar. Cuando hablo del rol secundario de nuestros actores, no olvido que muchos de ellos hicieron luego espléndidas carreras en el teatro (Elías Antar o Clotilde Pites) e incluso en Hollywood (Cástulo Guerra).

La indiscutible primacía en torneos de belleza, llevó a algunos a pensar en pedir a la Reina del Mar que no se presentara en otros certámenes para dejar oportunidades a estrellas de segunda magnitud. Mientras este debate apasionaba al mundillo social, nuestra joven fue electa Reina de los Estudiantes (representando al Colegio Nacional de Salta), Reina del Tabaco y Reina de la Primavera.

Tantos títulos batieron el récord de aquella otra beldad salteña que llegó a ser proclamada Reina Nacional del Trabajo (Gloria I) y que recibiera la corona y la capa de manos del Presidente Perón.

Cuando todos descontaban que triunfaría en los inminentes carnavales, su prudente familia y su atildado novio la convencieron de que ya estaba bien, de que aquel certamen no añadiría nada a su invicta trayectoria.

Los sesentones que pasean por la Plaza Belgrano disfrutan hoy del privilegio de reconocer a su aún radiante soberana.
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