Dos Guermantes en el Valle de Lerma |
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Escrito por el martes, 06 de febrero de 2007 (Ha sido leído 2395 veces) En los años sesenta, reinaban en Salta dos jóvenes beldades, muy distintas entre sí, que muy bien podrían haber inspirado, una por su belleza y la otra por su ingenio, al autor de “En busca del tiempo perdido”. Mientras una de ellas pasaba sus veranos en los feudos del muy afamado Senador Don Carlos Serrey y de la muy pía Doña Mercedes Condorí, la otra trajinaba los ríos y las montañas de Leser y Castellanos, esa suerte de Illiers salteño, que por aquel entonces sólo poblaban los pazos de Arnaga y de Las Magnolias. Dejando para otra oportunidad el recuerdo, emocionado, de la vida y obra de la leseriana Oriane, usaré los párrafos que siguen para referirme a María Gilberta, nacida en La Caldera y que hoy revoluciona la industria de la alimentación, sin descuidar sus compromisos sociales. A los 15 años, la belleza, la elegancia y el porte de María Gilberta deslumbraban a los pocos que tenían el privilegio de conocerla. Su tránsito semanal por los alrededores del Bachillerato Humanista o, sus ocasionales descensos a la heladería del Pasaje la Continental, eran las contadas oportunidades en las que el común de los mortales podía admirar su juvenil estampa. Como era propio de las niñas de su posición, vivía rodeada de misterio, y exhibía su buen gusto solamente en las cerradas reuniones de familia. Mas tarde, al madurar su juventud, se convirtió, sin abandonar aquel halo misterioso, en el centro de todas las miradas de quienes concurrían a las tertulias convocadas por Doña Tuta en la casona de Leguizamón (hoy en ruinas). Su primera presencia en el baile que conmemora la Batalla de Salta, causó el imaginable revuelo y dio incluso pié a una elogiosa crónica en el principal diario de la época. La periodista encargada de la sección Vida Social, resaltó “el parentesco de sus verdes ojos con los de uno de los ángel que integran la Guardia Celestial, su fino cuello (envidia de aquella estirpe de salteños cuellicortos), y sus delicadas manos que pronto han de vestir a nuestras sagradas imágenes” y elogió “su suntuoso toilette”. En uno de los últimos años en los que las fiestas del Señor y la Virgen del Milagro fueron presididas por Monseñor Roberto J. Tavella, coincidí con María Gilberta en la Heladería Cercená. Por supuesto nada en ella denotó que había advertido mi presencia. Ni siquiera mi extraño atuendo (traje príncipe de Gales, cruzado con pantalones cortos) fue capaz de llamar la atención de quién sabía, desde antiguo, que una dama no debe cruzar su mirada con personas a las que no ha sido presentada. De modo que, tal y como le sucediera al narrador de la magistral novela de Marcel PROUST, me lancé a buscar al amigo o pariente que pudiera satisfacer mis verdaderas ansias de ser presentado a la preciosa jovencita de la heladería. Una infidencia de la camarera del local, me brindó las señas básicas de María Gilberta. Así fue como frecuenté la calle Mitre, donde se asentaba el Bachillerato Humanista, viajé varias veces a La Caldera (donde mi tío Alejandro era Comisario), e hice guardia en las cercanías del Trust Joyero Relojero. Por supuesto, todo esto fue inútil, incómodo y casi estúpido de mi parte; como inútiles fueron también las insinuaciones hechas al heredero del marquesado de Yavi, un conservador republicano, y a primas que mi imaginación hacía aparecer como vinculadas al círculo de esta auténtica “diosa de las aguas” nacida en La Caldera. No recuerdo ahora mismo quién hizo las veces de Saint-Loup, pero hubo algún caballero que concretó las presentaciones del caso, inaugurando una brevísima relación que tuvo sus momentos culminantes en una visita formal a su residencia, en donde fui presentado a sus padres (requisito imprescindible para ser atendido por teléfono y soñar con alguna invitación a la catequesis), y en un posterior encuentro fugaz en el Pasaje Gabriel Puló. En esta segunda ocasión, María Gilberta se avino a interrumpir brevemente su actuación en el baile de gala, para acercarme un trozo de pasta real y prometerme un encuentro en el Hotel Salta adonde concurriría con una amiga. Encuentro que, por cierto, no se concretó nunca, al menos hasta hoy. Las pocas palabras que logré oír de su perfecta boca, fueron pronunciadas en ese tono tan particular (por lo suave y distante) que usan aquellas damas salteñas que veranean en las cuencas de los ríos que van desde San Lorenzo a Los Yacones. Esta definitiva visión de la sin par María Gilberta vestida de largo, levemente maquillada y luciendo las joyas de su abuela, pervive en mi memoria como una de las cumbres de la esbeltez, del encanto y del buen gusto salteños. (Tercera entrega de la serie “Beldades salteñas de mis tiempos, y de otros tiempos”)Más artículos de la categoría Historia y tradición |





