Morir en Salta |
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Escrito por el miércoles, 07 de febrero de 2007 (Ha sido leído 3227 veces) Pocas cosas unen tanto a los salteños como el secreto deseo, compartido con los elefantes, de morir en la tierra que los vio nacer. Se trata de un deseo que probablemente nos empariente también con el resto del género humano, y que tiene mucho que ver con las costumbres locales en materia de honras fúnebres. No obstante, algunas de estas tradiciones han ido cambiando. En unos casos por imperio de los avances técnicos (los vehículos automotores reemplazaron a aquella lujosa cochería a caballo), o por una mayor tolerancia respecto de la vida privada de los vecinos (sería impensable hoy un debate como el que se desató a propósito del enterramiento de doña María, a quién se reprocha haber regenteado el “1514”). En otros, por un cierto relajamiento en las costumbres (son escasos los salteños que llevan luto en su vestimenta, y escasos también los velatorios en casas de familia), o por el mayor poder adquisitivo de determinados sectores (la proliferación de los cementerios privados es una prueba de esto). Hacia finales del siglo XIX, el avance de la sociedad civil había hecho ya lo suyo, prohibiendo los enterramientos en iglesias y conventos, y proscribiendo los antigales y otras costumbres indígenas. Sin embargo se conserva, entre las clases acomodadas, el singular arte de la oratoria fúnebre, en el que han descollado ilustres salteños como el diputado Carlos Chávez Díaz o el senador Carlos Serrey cuyos espléndidos discursos (me refiero a los del caudillo de La Caldera) pueden consultarse con provecho en sus obras completas. Por cierto, hubo tiempos en que la conformación de la lista de oradores desataba enormes tensiones entre amigos y correligionarios. Como es fácil constatar, las honras que rodean a la muerte muestran en toda su desnudez la segmentación social y cultural de nuestra provincia. Siendo particularmente sobrecogedoras las ceremonias con las que las familias pobres (y el vecindario) expresan el duelo por el fallecimiento de sus niños. Es el momento en donde la pobreza se muestra en su grado más intenso. Las actuales máximas autoridades (me refiero tanto a quién nos tutela desde Las Costas, como a quién se organiza para permanecer 24 años en el poder), han introducido la curiosa rutina de publicar avisos fúnebres (de idéntico contenido) en homenaje a determinados ciudadanos. Se trata de una rutina prescindible y quizá poco republicana, en tanto parece más acorde con el principio democrático que el señor Gobernador y su Vice (a quienes habría que recordarles que sus dignísimas esposas no tienen rango institucional), en ejercicio de su investidura, honren a todos los muertos y no solamente a algunos de ellos. Cabe añadir que el peso del pensamiento mas conservador ha impedido hasta aquí difundir y regular los llamados “Testamentos Vitales”, ampliamente aceptados incluso en sociedades donde el catolicismo es la religión predominante (véase el respecto la página Web de la Conferencia Episcopal Española). Sin embargo, aquella corriente de opinión sufrió una severa derrota cuando varios municipios (el de la ciudad Capital y el de General Güemes, entre otros) decidieron autorizar, bajo normas en extremo rigurosas, primero la cremación de fallecidos y, más tarde, el funcionamiento de las instalaciones al efecto. La polémica sobre el punto continúa, a veces de manera sórdida. Se enfrentan, una vez más, no solamente los cuantiosos intereses que se mueven alrededor de la muerte y de sus honras, sino las apasionadas convicciones de los sesentistas liberales y las de quienes permanecen fieles a los dogmas tradicionales. El debate está cruzado por cuestiones medioambientales y muestra curiosas particularidades como el apoyo de un Intendente del Partido Renovador (1999), las reticencias del Partido Obrero, y el decidido apoyo del Partido Vecinos Unidos. Más artículos de la categoría Costumbres urbanas |






