Niños policías |
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Escrito por el miércoles, 07 de febrero de 2007 (Ha sido leído 2200 veces) Los vemos marchar en los desfiles, vestidos de uniforme, tratando de imitar el paso marcial. Despiertan simpatías, arrancan aplausos, provocan comentarios. Tienen entre seis y trece años. Son miembros de la Policía Infantil. Si al verlos desfilar me preocupó, más de una vez, presenciar de casualidad el comienzo de una clase de instrucción de sesenta chicos de Cerrillos, mi pueblo, determinó que esa inquietud comenzara a parecerse al rechazo y al miedo. Podrá argumentarse que estos chicos no son entrenados con las mismas pautas que rige la formación de los efectivos de las fuerzas de seguridad. Se dirá que no portan armas, que no ejercen ni reprimen violencia. También se podrá decir que en ese cuerpo esos niños encuentran contención, aprenden disciplina, desarrollan la camaradería y extienden la limitada socialización que ofrecen la escuela o la barra de amigos. "Usted se olvida de los boy-scout”, reprochará alguien. Claro que no. Pero tampoco que allí la disciplina se aplica al autocontrol y que la misma está en función de valores: respetar y ayudar a los demás y amar a la naturaleza. Es posible que se esgriman argumentos para convencer sensibilizando. Se dirá que son chicos de bajos recursos que encuentran un espacio para desarrollar una vocación y, eventualmente, acceder mañana a una salida laboral. Aunque se diga mucho más y se mejoren los alegatos defensivos, no creo que se pueda justificar la existencia de una Policía Infantil ni de una Gendarmería Infantil. Desde su misma denominación, estos cuerpos resultan un despropósito. ¿Qué es la policía? Por definición, uno de los instrumentos más importantes que tiene el Estado para asegurarse el monopolio de la coacción física legítima, mediante la cual se hace obedecer. La policía es un cuerpo de hombres armados por la sociedad, “bajo una férrea disciplina y adiestramiento, cuya misión es respaldar con el uso de la fuerza los mandatos de la ley y las órdenes de la autoridad". Una policía existe para salvaguardar la seguridad pública. Para lograrlo se organiza vertical y jerárquicamente en distintos cuerpos: policía civil, de seguridad, judicial, secreta, de tránsito o migratoria. Ninguna clasificación de los cuerpos especializados en prevenir y combatir la delincuencia incluye una Policía Infantil. Aun cuando pudiera justificarse su existencia, son muchos los interrogantes que esto plantea. ¿Qué tipo de formación tienen quienes instruyen a los niños? ¿Se les educa a ellos en el concepto democrático de seguridad? Siendo los niños indefensos por naturaleza, ¿están en condiciones de garantizar seguridad? ¿La de los mayores? ¿Tal vez la de otros niños? En este último caso, ¿los defienden de las amenazas de otros niños de su edad o las de las que provienen de los adultos? ¿Qué instrumentos se les da para cumplir esa misión? El ver a ese grupo de niños recibiendo una instrucción más militar que deportiva, me pregunté con qué mentalidad esos chicos comparten luego la vida cotidiana durante el resto de la semana. No es bueno que a un niño se le inculque un espíritu de cuerpo verticalizado, donde se instruye dando voces de mando y exigiendo subordinación, haciéndoles sentirse diferentes, cuando no contrapuestos, al resto de sus amigos y vecinos. Tampoco parece que ese tipo de formación vaya a confluir o contribuya a reforzar la que ellos reciben en la escuela donde, se supone, pueden desarrollar el sentido crítico, la creatividad, y el espíritu de justicia, solidaridad y paz. Una formación parapolicial infantil puede incurrir en contradicción e, incluso, en abierta negación del contenido de la Convención sobre los Derechos del Niño, adoptada por Naciones Unidas en 1989 a la que la Argentina adhirió por ley en 1990. Afecta, por lo menos, tres artículos de esa Declaración. El 19, que protege al niño contra toda forma de violencia, prejuicio o abuso físico o mental. El 38, tendiente a asegurar que los Estados se comprometan a que ninguna persona que no haya cumplido quince años participe directamente en las hostilidades en caso de conflictos armados. Por último, el artículo 40 que recomienda a los Estados examinar la posibilidad de “establecer una edad mínima antes de la cual se supondrá que los niños no tienen capacidad para infringir leyes penales”. Pese a1 avance que aporta esta Declaración, su letra no pudo aún doblegar una realidad más terca y cruda. Según Naciones Unidas, más de 200 mil chicos menores de quince años empuñan las armas en el mundo. Según UNICEF, más de 50 mil de ellos peleaban en veinticuatro guerras en distintos países del mundo. A las fotos de los niños soldados de Angola, Sudán, Ruanda, Irán, Palestina o Ceilán, se añadían otros de América latina. Niños de diez a quince años murieron y mataron en las guerras civiles de El Salvador, Guatemala y Nicaragua. En México la guerrilla zapatista recluta niños a los que adiestra y manipula en una brigada especial. En el Paraguay, los adolescentes se incorporan al servicio militar a los dieciséis años. Algunos padres, desesperados por la pobreza, falsifican los documentos de sus hijos para que éstos puedan ingresar a la milicia donde tienen techo y comida. Resabio de una época en la cual se intentó militarizar la sociedad, este tipo de encuadramiento de los niños resulta, cuando menos, anacrónico e inconveniente. Mucho más, cuando estamos empeñados en que la educación forme niños en los valores de la paz, la comprensión, la tolerancia y el diálogo. Estas brigadas policiales infantiles salteñas no parecen pues sintonizar con tales propósitos. * Texto publicado en la columna “Mirador de Salta”. Diario “El Tribuno” (Salta, Argentina). Página 23, edición del día jueves 20 de mayo de 1999. Más artículos de la categoría Contribuciones |





