Salteños ricos y espléndidos |
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Escrito por el jueves, 08 de febrero de 2007 (Ha sido leído 4255 veces) Salta ha tenido, y tiene, muchos vecinos ricos. Algunos de ellos, además, han tenido un comportamiento que podría ser calificado de espléndido. El propósito de las tres o cuatro notas que habrán de integrar esta serie, circunscrita al período que va desde 1850 a 1950, no es describir en detalle la evolución patrimonial ni, desde luego, emitir juicios de valor sobre la trayectoria de quienes hicieron fortuna y se destacaron por sus comportamientos públicos. Se trata, simplemente, de hilvanar datos y traer a los lectores de Iruya.com hechos ciertos, pero presentados sin la pretensión de agotar los temas o los perfiles, ni de ascender al rigor de la ciencia histórica. Antes de presentar la primera nota, añadiré que uno de los muchos cambios que se produjeron o activaron tras el 17 de octubre de 1945, fue la estatización de la beneficencia. La ayuda y atención de los necesitados, pasó de la órbita privada (Sociedad de Beneficencia) a la pública (asistencia social), con la Fundación María Eva Duarte de Perón como elemento de transición. Pero no solamente cambiaron la titularidad de las prestaciones, las reglas de acceso y los estilos de gestión. Se produjo una sutil (aunque intensa y compleja) modificación en la escala de valores sobre la que se articulaban los incentivos y las ayudas. El abandono de los “Premios a la Virtud” (creados por Bernardino Rivadavia) y su reemplazo por la coronación de la “Reina del Trabajo”, es una de las miles de manifestaciones de este proceso de transformación que, como casi siempre sucede, tuvo aspectos positivos y aristas regresivas. (1) Don José Gregorio de Lezama Ya en tiempos del Restaurador de las Leyes, Juan Manuel de Rosas, Don José Gregorio de Lezama, nacido en Salta, era un hombre inmensamente rico y poderoso. Como se sabe, la proximidad con la política empobrece a algunos y enriquece a otros. Pues bien, aún cuando Lezama no actuó abiertamente en política, cultivó -siempre entre bambalinas- estrechas, inteligentes y provechosas relaciones con el poder político. Sus sucesivas lealtades bien pudieran estar sirviendo de modelo a agentes financieros que llegaron a obtener beneficios de siete ceros en la década pasada, para multiplicarlos en los tiempos que corren, guiados por la misma sagacidad que supo desplegar Don José Gregorio. Las divergencias surgidas entre sus herederos y el buen tino de su viuda, están en el origen de la celebridad eterna del señor Lezama. En efecto, hacia 1897, doña Ángela Álzaga decidió malvender a la ciudad de Buenos Aires su esplendida quinta, a condición de que los porteños honraran a perpetuidad el apellido de su marido. De allí surgió el bello y mundialmente famoso Parque Lezama. La residencia, asentada en el mismo sitio donde Don Pedro de Mendoza fundó por primera vez Buenos Aires, pasó por manos españolas, norteamericanas e inglesas antes de ser comprada por nuestro comprovinciano, por ese entonces un exitoso comerciante. En manos salteñas, la propiedad se amplió y se reconvirtió hasta alcanzar las cimas del buen gusto europeo. Para satisfacer las aficiones de su esposa, Don José Gregorio de Lezama construyó los más hermosos jardines de que Buenos Aires tenga memoria, adornándolos con cenadores, pérgolas y finas estatuas de mármol. Estos jardines albergaron enfermos de cólera y duelos mortales. Bajo sus árboles caminaron personajes de Ernesto Sábato y de Julio Cortázar, además de los millares de paseantes contemporáneos. Los salones del palacio, hoy convertidos en sede del Museo Histórico Nacional, fueron testigos -discretos- de negocios, tertulias, pavanas y conjuras políticas. Cumplían, en este sentido, idénticas finalidades que ciertas elegantes residencias en las serranías del oeste de San Lorenzo. Cualquier curioso en rastrear los orígenes de tan inmensa fortuna, lo tiene fácil si acota su interés al período porteño de don José Gregorio; pero las dificultades serán enormes si su curiosidad le llevara al ámbito de la Salta natal. Se sabe, por ejemplo, que don José Gregorio de Lezama, además de su famoso Parque, fue propietario de la inmensa estancia “Laguna de los Padres” (84 mil hectáreas adquiridas tras una merced de su dilecto amigo el Restaurador), que hoy alberga nada menos que a Mar del Plata, de cuya fundación participó activamente al lado de su amigo Peralta Ramos; y de la estancia “Santa Rita” donde se asentaría después el municipio de Balcarce. Tras la provechosa amistad con Rosas, fue primero banquero del General Urquiza (fuerte exportador al mercado inglés), y mas tarde brazo ejecutor de determinadas operaciones del General Mitre (financió, por ejemplo, en 1863, el desembarco en el Uruguay de unitarios argentinos al mando del General Flores; eran tiempos en donde los sitios y bloqueos eran cosa de militares porteños y no de gobernadores entrerrianos). Fue socio nada menos que de don Henry Tomkinson en negocios ganaderos e integró, con un porcentaje significativo del capital, la sociedad anónima concesionaria del Ferrocarril Central Argentino. Pero su fortuna se consolidó verdaderamente gracias a la confianza que despertaba en el General Mitre quién le asignó el rentable papel de proveedor principal del Ejercito de la Triple Alianza. El hecho de que, pese a su origen salteño (del que estaba sinceramente orgulloso), Don José Gregorio Lezama encabezara “la burguesía mercantil del puerto” (así lo sostiene el historiador Fermín Chávez), podría llegar a poner en duda algunos de los cimientos sobre los que se asienta aquella lineal construcción que divide a porteños y provincianos. Hoy el Parque y el Museo pueden recorrerse con provecho. Mas aún, ahora que, en sus inmediaciones, acaba de reabrir el Bar Británico. Los devotos del Beato Pedro González, pueden además rezar en su memoria en la vecina iglesia de San Telmo. Más artículos de la categoría Sociedad |


