Salteños ricos y espléndidos (II) |
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Escrito por el viernes, 09 de febrero de 2007 (Ha sido leído 4600 veces) Doña Mercedes Castellanos de Anchorena Un atribulado amigo, salteño y sesentista, que brega por obtener indulgencias que alivien su pasado ateo y cargado de costumbres desarregladas, me sugirió visitar la porteña Iglesia del Santísimo Sacramento ubicada en el barrio de Retiro. Desde entonces frecuento su atrio, sus sermones y sus ceremonias. Desde la primera visita a esta Iglesia quedé deslumbrado por su belleza, por el ambiente recogido, y por el olor de santidad que, en mis limitados conocimientos de los usos religiosos, identifico con el aroma a incienso. Admiré sus mármoles y maderas, sus vitrales, bronces y mosaicos venecianos y, por supuesto, sus cinco torres y el magnífico órgano francés cuyo sonido es capaz de alejar a los mortales de las miserias cotidianas transportándolos a espacios donde reinan la bondad y la armonía. A su turno, la lectura de una guía del templo me permitió descubrir los tesoros allí conservados (por ejemplo una gran custodia de oro y plata), y me conectó con la historia de este verdadero monumento. Pero, tan importante como todo esto, me permitió descubrir la extraordinaria obra y la delicada personalidad de doña Mercedes Castellanos de Anchorena, hija del salteño eminente que fue don Aarón Castellanos, nacido a finales del siglo XVIII. Conviene referir aquí que nuestro comprovinciano, buen amigo de Julio Argentino Roca y de Marcelo Torcuato de Alvear, entre otros, fue un salteño universal y progresista; de esos que entienden el progreso como una mejora continua y tienden a emparentarlo con el futuro, o sea en las antípodas de ciertos contemporáneos que creen progresar regresando selectivamente al pasado. Fue empresario minero en el Perú, planificó la navegación del Bermejo (sin necesidad de la grandilocuencia de la actual Comisión), debió exiliarse durante el rosismo, e incursionó en el negocio de los ferrocarriles. Su ideario y sus emprendimientos en materia de inmigración europea han dejado huellas imborrables en nuestra historia y en nuestro territorio (hay pueblos que llevan su nombre o el de sus estancias). Era conocido en París como un interlocutor de políticos e intelectuales, pero también como un hombre de la noche. Fue también amigo sincero del Uruguay, en tiempos en donde la intolerancia no enturbiaba las relaciones con nuestros vecinos. Aquel sentimiento fraternal y cosmopolita inspiraría, mas tarde, la donación del Parque Anchorena que su familia hizo a la República Oriental. El palacio construido en este Parque es hoy residencia oficial de los Presidentes uruguayos. Mercedes, hija de don Aarón, fue un arquetipo de la mujer argentina del siglo XIX. Casada joven con el riquísimo Nicolás de Anchorena, tuvo 11 hijos y, prematuramente viuda, se hizo cargo de los negocios de su esposo acrecentando el patrimonio familiar, evaluado en aquel tiempo en la astronómica suma de 170 millones de pesos fuertes, con talento y buen sentido. Tuvo un papel protagónico en la construcción del espléndido Palacio Anchorena (lugar donde hoy el Ministerio de Relaciones Exteriores recibe a embajadores y dignidades extranjeras), ejerció la beneficencia y ayudó a la Iglesia de Roma quién, en reconocimiento, la elevó a la dignidad de Condesa Pontificia. Fue también Dama de la Rosa de Oro (que, naturalmente, nada tiene que ver con la Rosa Blindada que ideaba un personaje de Arlt). Adquirió y embelleció para su hija Josefina, que casó con el autor de “La gloria de don Ramiro”, la casona que fuera de la hermana del General Manuel Belgrano, y en donde hoy funciona el Museo Larreta. Sus donativos a la Iglesia Católica fueron muchos e importantes: el altar de mármol del Señor del Milagro en la Catedral de Salta; buena parte de las instalaciones del Seminario Conciliar de Buenos Aires (que inauguró en 1897 en compañía del Arzobispo Uladislao Castellano y del Presidente José Evaristo Uriburu); pinturas de Alonso Cano; becas a jóvenes del interior aptos para ser admitidos en el exigente Colegio Pío Latino de Roma, entre otras. Pero, a no dudarlo, su mayor obra, donde enlazó su vocación benéfica con su fino espíritu sensible a la belleza, fue la Iglesia del Santísimo Sacramento, en cuyo diseño y ornamentación participó personalmente, al lado de los arquitectos franceses que contrató para asegurar el éxito de la empresa. Doña Mercedes, al explicar este donativo, fue categórica: “Si mi Dios me ha permitido vivir en un palacio, yo quiero que Él también tenga el suyo en esta ciudad”. Más artículos de la categoría Sociedad |


