Salta y sus crueles reñideros de gallos

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Escrito por Gregorio Caro Figueroa, el sábado, 10 de febrero de 2007 (Ha sido leído 10873 veces)
El diario “La Nación”, en su portada de hoy sábado 10 de febrero, informa que en la Provincia de Santiago del Estero se pidió la derogación de la ley provincial que permite la riña de gallos allí. Ahora un juez local dice que la Ley 5.574, aprobada en el año 1954, durante uno de los tantos gobiernos del caudillo justicialista local Carlos Arturo Juárez, “se contrapone a la ley nacional 14.346” que prohíbe todos los actos que impliquen “sufrimiento de cualquier especie animal”.

Riña de gallos
Riña de gallos
Según el artículo de “La Nación”, firmado por Leonel Rodríguez,” la Asociación Vida Animal obtuvo de los legisladores locales el compromiso de que pronto esa ley será derogada”. La Asociación consiguió que un juez prohibiera la realización de un torneo internacional en la ciudad de La Banda: “Es la primera vez que en 453 años de vida de Santiago del Estero que se procede a la suspensión de un acto cruel e inhumano", destacó su presidenta.

En dirección contraria a esa tendencia, en Salta a mediados del año 1999, un legislador provincial del gobernante Partido Justicialista presentó un proyecto de ley para legalizar la riña de gallos en esta Provincia. La propuesta del legislador oficialista, aficionado a la riña de gallo, promotor de ese espectáculo, fuerte apostador y dueño de animales de riña, actualizaba y ampliaba otra similar presentada en el año 1991 por otro diputado del Partido Justicialista.

Cuando se conoció el proyecto, del que se ufanó su autor, escribí el artículo que ahora reproduzco. Este texto fue censurado entonces por la prensa oficialista de Salta, que se sumó a la campaña para legalizar la riña de gallos, silenciando las opiniones contrarias al “blanqueo” de esa práctica.

Los reñideros siguen instalados en la Ciudad de Salta. Uno de los más importantes está ubicado a diez minutos de su plaza principal. La riña de gallos se desarrolla dentro de una fingida zona de ilegalidad, aunque se trata de un espacio nada clandestino, tolerado y consentido por el poder político local. Este es el texto censurado por el oficialismo de Salta hace siete años:

“El nivel de compromiso de una sociedad con los valores jurídicos no debe medirse só1o por la cantidad de leyes que la rigen o por el grado de cumplimiento de las mismas sino, también, por la calidad y coherencia de esas normas.

Se suele invocar una mala tradición o una mala costumbre para justificar el dictado de leyes que no van sólo a contrapelo de esos valores, sino que intentan erigirse en su más aberrante negación.

Manipulando la tradición y utilizándola como argumento de autoridad, podemos llegar a justificar el restablecimiento y legalización del látigo, del cepo, el asar seres humanos en la hoguera o la muerte por garrote vil.

Jamás una tradición o una costumbre pueden por si mismas legitimar, ni tampoco legalizar, actos, conductas o procedimientos que se erijan en desafiante negación de aquellos valores.

Toda pretensión de legalizar la crueldad, sea seres humanos, contra animales o la naturaleza, es un preocupante síntoma de involución hacia un pasado donde predominaba la cruel sensibilidad bárbara.

En Salta aún no tenemos leyes que protejan nuestro patrimonio histórico, nuestras bibliotecas públicas y populares. Tampoco contamos con normas que preserven el medio ambiente o defiendan a usuarios y consumidores.

Pues bien, en ésta nuestra provincia donde aún falta estudiar y aprobar buenas leyes, y donde hay todavía más leyes que no se cumplen, proponer legalizar la riña de gallos resulta grotesco.

En el mismo momento en que, en otros países, crece la preocupación por legislar para desterrar la violencia no sólo sobre los seres humanos sino también sobre los animales y la naturaleza, en Salta vamos a contramano.

Una atinada lectora puso las cosas en su sitio al preguntarse anteayer, en esta misma página, cómo podían aparecer en Salta estas iniciativas cuando en el mundo se discute sobre los derechos de los animales.

Convertir en espectáculo las prácticas de crueldad con los animales, mueran o no, no habla de la tradición sino de una degradación de la sensibilidad de las personas.

"Este tipo de espectáculos no son ni arte, ni cultura. Son, más bien, formas de tortura, como todas las llamadas fiestas populares en las que se martirizan animales", dice un catedrático español a propósito del toreo.

¿Son buenas estas actividades por el hecho de ser un espectáculo? Muchos romanos, anota José Ferrater Mora, creían que “lo más espectacular de todo eran las luchas de gladiadores y el despedazamiento de cristianos en el foro".

No hay duda de que los valores y las sensibilidades cambian. Lo que ayer fue tenido por virtud, el tiempo lo convierte en perversión y vicio. Ciertos valores de antaño se convierten, con el tiempo, en disvalores.

Dicen que los gallos de riña son, por naturaleza, agresivos. Utilizando este tipo de argumentos para fundamentar la legalización de los reñideros, podríamos justificar los duelos o la guerra de todos contra todos.

Los defensores de la riña argumentan de que esos sangrientos combates están regidos por reglas y por jueces. Pero no dicen que esas normas internas violan las que rigen puertas afuera del clandestino reñidero.

Recordar que Santo Tomás, Lincoln, Yrigoyen y De Gaulle tenían sus debilidades "galleras", no habla bien de la riña sino que, en todo caso, desnuda las humanas debilidades de los grandes hombres.

La sensibilidad bárbara de nuestro siglo XIX se manifestó en el contacto con la sangre, la ferocidad de las guerras civiles, el degüello, el maltrato a los animales y la exhibición irrespetuosa de la muerte.

La “Riña de gallos en Salta”, fechada en el año 1858, además de ser una de las acuarelas más famosas del pintor francés León Palliere, es la primera y más viva imagen de esa actividad donde se borraban las barreras estamentales y la “plebe” se mezclaba con señoritos.

¿Espectáculo tradicional y pintoresco? En 1881 el salteño Manuel Solá dio cuenta de la decadencia de las riñas, reducidas entonces a un solo reñidero clandestino al que calificó de "sangriento circo".

“Esperamos ver pronto suprimida esta repugnante diversión", anotó entonces Solá, después de describir aquel ambiente donde se codeaban señoritos y plebeyos, doctores y hortelanos.

En 1885 la Sociedad Protectora de Animales logró la prohibición de las riñas en Salta. Los reñideros desaparecieron de algunos barrios, ante la complacencia de la mayoría de los vecinos.

Años después, en 1923, el jujeño Julio Aramburu llamó "torneos de sangre y barbarie" a las riñas de perros y de gallos. Hay en ellos “un placer indefinible, una embriaguez salvaje y una primitiva perversidad"

Juan Carlos Dávalos, que percibía en cada riña "un poema épico", describe uno de esos espectáculos, donde un gallo ya ciego sigue peleando "a oído". En otra riña los dos contendientes caen muertos.

"El uno tenía traspasada una arteria junto al corazón; el otro no presentaba herida, pero los entendidos dijeron que había muerto de rabia", escribió Dávalos.

En 1902 el investigador alemán Eric von Rosen asistió en los arrabales de la ciudad de Salta a una riña: “Al poco tiempo del combate uno sangraba copiosamente y cayó sin poder seguir la pelea. La sangre tapaba los ojos de un gallo".

Algunos escritores nacionalistas, como Terrera, admitieron que ciertos juegos como "el pato", de supuesto origen criollo, "tenían un carácter salvaje semejante a los torneos feudales".

Otros, como Juan Carulla, un abierto simpatizante del fascismo en la década de 1930 y del dictador Juan Manuel de Rosas, reprochó a éste haber prohibido alguno de esos "varoniles" juegos, lo que era "una claudicación de la personalidad criolla”.

Llama la atención que los proyectos de legalización de la riña, el de 1991 y el actual, sean iniciativas de justicialistas que parecen ignorar que fue Perón quien, en 1954, dictó la ley 14.346 protectora de los animales.

Para Ferrater Mora, ser enemigo de los animales "es otro modo de ser enemigos de los seres humanos". Podemos agregar que quien se complace con el espectáculo de una violencia es permeable a disfrutar de otras violencias.

Desde su sabiduría Leonardo Da Vinci imaginó que llegaría un día en que “dar muerte a un animal nos parecerá un delito, como nos lo parece ahora dar muerte a un hombre”.


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