Kokear en Salta |
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Escrito por el lunes, 12 de febrero de 2007 (Ha sido leído 4515 veces) En nuestra provincia, como sucede en buena parte del mundo, quienes defienden una visión aristocratizante de las costumbres, llaman virtudes a aquellos comportamientos que se trasmiten desde las clases acomodadas hacia el común de los mortales. Por el contrario, los hábitos que desde el vulgo ascienden a las elites se descalifican como vicios. Por esta extraña regla de tres, la ancestral costumbre andina de coquear (ó kokear) fue, y sigue siendo, denostada en ciertos círculos que, en los años 70, aprovecharon su abrumadora cercanía con el régimen dictatorial para penalizar el comercio y todos los usos domésticos de la coca. Para sus defensores adscriptos al circulo de la mitología indígena, el coqueo produce el milagro de adormecer las penas, sostiene al hombre ante las fatigas y el desamor, crea la ilusión de felicidad, alimenta y cura. La complementaria visión de los blancos y mestizos aficionados a mascar hojas de coca, añade al coqueo la virtud de ser un factor de sociabilidad que predispone a las confidencias, enciende el verbo, alegra el espíritu, retrasa el sueño, y facilita la ingesta de alcohol y de grandes cantidades de carne asada. En los mencionados años 70, la penalización del consumo doméstico de la coca produjo varios efectos: Elevó el precio al por menor; habilitó una red clandestina con base, paradójicamente, en la Avenida Tavella; y facilitó a la numerosa judicatura adicta al coqueo el consumo gratuito de las hojas de la mejor calidad. Con el paso de los años, la feliz iniciativa de un diputado jujeño se transformó en Ley (23.737), y la democracia terminó con esta hipocresía. Los coqueros pudientes nunca sintieron la necesidad de ocultar su costumbre, y fueron lentamente sofisticando la práctica; es decir, incorporaron los instrumentos (chuspa, biquero), ceremonias (venteo y despalillado de las hojas) y accesorios (yista) que manejaban desde siempre sus hermanos los indios. También añadieron hábitos acordes con las nuevas tecnologías como, por ejemplo, guardar las hojas en recipientes capaces de conservar la temperatura y la humedad que garantizar su óptima calidad. Sin embargo, este sector de coqueros selectos tropezaba con el rechazo que el penetrante olor a la coca masticada (con o sin yista) provocaba en sus esposas o acompañantes del sexo femenino. Frente a este conflicto, algunos abandonaron la coca, otros a sus esposas y, los más afortunados, lograron trasmitir a sus parejas el hábito de coquear, de modo que aquel olor (ciertamente desagradable para terceros) dejaba de ser una barrera para todos los intercambios a los que convoca la diversidad de género. Es así como en la Salta de hoy es común ver en las reuniones familiares o en los salones a matrimonios y parejas dados al ímpetu de exprimir las hojas de coca con un suave movimiento de los maxilares y con enérgicas succiones internas, casi imperceptibles. Las damas, de vez en cuando y fieles a su afán de pulcritud, extraen coquetos pañuelos y recogen el jugo sobrante, de un verde intenso, que suele estacionarse en la comisura de los labios. Habría que añadir, para ser rigurosos, que tamaña difusión del hábito del coqueo no ha penetrado las sólidas murallas de Las Costas, sitio donde reside el poder. Aunque, todo hay que decirlo, de triunfar uno de los 3 candidatos a Gobernador, tal muro caería estrepitosamente; al menos durante el tiempo que falte para que se cumplan los 24 años ambicionados por el hombre de los Valles. El fin de la veda y la liberalización de las costumbres han descubierto al menos dos nuevos usos domésticos a la coca. Las mejores mesas de Salta reemplazaron al hispánico pacharán o al romano limoncello por un delicioso licor de coca, cuyo primer fabricante fue aquella hermosa dama del Chevy rojo a la que dedico una nota en la serie “Beldades de mi tiempo y de otros tiempos”. A su vez, las pastelerías más exclusivas fabrican galletitas de coca, mezclando hojas trituradas, azúcar, harina de pasacana, mantequilla y huevos. Pero la innovación más significativa vino de la mano de un grupo de sibaritas emigrados del oriente medio, y radicados en el norte de Salta: En efecto, en los pulcros baños de sus influyentes sociedades de socorros mutuos han instalado contundentes duchas bucales, que un amigo sagaz bautizó como "bidet de boca". Se trata de pequeños grifos adosados a mangueras flexibles, que lanzan agua perfumada a presión limpiando la cavidad bucal de las incómodas y malolientes partículas de coca. Los parroquianos mas delicados los utilizan antes de recogerse en sus hogares. (El significado de los términos técnicos puede consultarse en el diccionario de salteñismos de Iruya.com) Más artículos de la categoría Sociedad |


