Gloria I, Reina del Trabajo |
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Escrito por el lunes, 12 de febrero de 2007 (Ha sido leído 3174 veces) Desde temprana edad, Gloria se distinguió por su rubia belleza, por su sobriedad y por su dominio del inglés. Si bien tenía unos cuantos años mas que yo, mi precocidad me permitía disfrutar en silencio de su paso majestuoso por la calle Deán Funes. Eran esos típicos encuentros casi cotidianos, fugaces en donde cada uno de los protagonistas sabía quién era el otro, pero el decoro llevaba a omitir todo saludo hasta que, a lo mejor, se presentara la oportunidad de una “presentación” formal. La diferencia de edad y la paralizante hermosura de Gloria, terminan de explicar que aquella coincidencia espacio-temporal instantánea se saldara siempre con una mirada sin retorno.
Por esas cosas del destino, algún representante de los empleados de comercio reparó en los atributos de esta joven salteña, en sus ojos azules, en su rizada caballera y en su andar bamboleante, y se atrevió a proponerle que presentara su candidatura a Reina del que, por entonces, era uno de los mas grandes sindicatos de Salta. En vano fue que el resto de los directivos, de menor peso, impugnara la candidatura aludiendo al color de los ojos y del pelo de Gloria, y a su evidente contraste con el tipo estético de la mayoría de las afiliadas al sindicato. La certera mirada del Secretario General le había convencido de que, con esta Reina, el sindicato daría que hablar en el plano nacional. Conviene abrir aquí un paréntesis para recordar que, a poco de acceder al poder, hacia comienzos de la década de los 50, el peronismo había logrado limar las aristas mas combativas de las organizaciones obreras y, simultáneamente, aislarlas de las tradiciones del sindicalismo proletario de raíz europea. Así fue como el 1° de Mayo, una jornada de celebración de las luchas obreras y de recordación de los mártires de Chicago, se convirtió en la “Fiesta del Trabajo”, oportunidad en la que los sindicatos movilizaban a sus huestes para honrar al líder y ensalzar las conquistas del Nuevo Estado Justicialista. En el 1° de Mayo confluían, de alguna manera, los días que cada gremio elegía para descansar y reunir a los trabajadores en pacíficas jornadas de mate, truco, asado y baile. Pues bien, el Día del Empleado de Comercio marcó para siempre la vida de Gloria; fue ese día, en los salones del Club Rivadavia, cuando al promediar el baile el jurado la consagró Reina Provincial de la actividad. Pocos meses después, la contundencia de su porte y de su delicada cintura la catapultaron a Reina Provincial del Trabajo y, en tal carácter, a candidata a la corona nacional. Entre familiares y amigos de las candidatas que habrían de viajar representando a Salta, surgieron ciertas preocupaciones por el viaje y sus aspectos más banales: El tren hasta Buenos Aires demoraba 40 horas, signadas por el polvo del camino y la incomodidad; el vestuario estrictamente local de las aspirantes, parecía en extremo opaco en relación con los relumbrones del puerto, del que daban cuenta tanto “El Hogar” como la revista “Mundo Peronista”. Pero los generalmente infundados rumores sobre el donjuanismo de ciertos jerarcas del poder (el entrecano Gobernador de la Provincia de Buenos Aires era el blanco preferido de estos trascendidos infamantes), lanzados a rodar por una oposición desbocada, alumbraban dudas y movían a las familias a tomar precauciones elementales, tal como acompañar a las niñas en su viaje o seleccionar cuidadosamente los hoteles donde habrían de alojarse. En un eficaz intento por atajar esta campaña de los “gorilas”, el gobierno y la CGT lograron incorporar como miembro del jurado nada menos que a Monseñor Santiago Copello. Afortunadamente, todo transcurrió de maravillas para la delegación salteña, que creyó enloquecer de alegría cuando las singulares manos del General Perón (las mismas que culminaban aquellos brazos que al erguirse en la Plaza de Mayo provocaban el delirio de las multitudes; las mismas que embravecidas expulsaron a los entonces imberbes y hoy gobernantes), pusieron la auténtica corona de oro y la bella capa de armiño sobre los espléndidos hombros de la que en adelante sería conocida como Gloria I. La expulsión de los infieles por el caudillo, se concretó aquel 1° de Mayo de 1974, momentos antes de que se reiniciara el ritual peronista eligiéndose a la Reina del Trabajo. El grito furioso de los que hoy se autodenominarían progresistas (“No queremos carnaval, queremos asamblea popular”), fue una de las gotas que rebalsaron el vaso y determinaron la drástica expulsión. Al regreso de esta beldad salteña, las autoridades locales convocaron a una gran fiesta en el estadio de Gimnasia y Tiro, al que asistí integrando una numerosa delegación de la Escuela Urquiza. Tras una interminable sesión de discursos, de malambos y de zambas, presidida por una imperturbable y sonriente Gloria, las chicas y los chicos que se preparaban para los Campeonatos Evita de Gimnasia, hicieron una demostración de su arte. La contemplación de un joven audaz, danzando equívocamente en la pista principal tras una agraciada joven ataviada con esos pretendidamente púdicos “bombachudos negros” (que nunca disuadieron a nadie, y que no usan ya ni las campesinas de la India), me transmitió la primera y mas clara noticia de la existencia del sexo femenino y del erotismo. (Puede que la historia escrita no haya sido justa con nuestra representante. O es posible también que mi exaltado salteñismo me haya jugado una mala pasada encumbrando a nuestra Gloria a la dignidad de Reina Nacional. Una duda que pienso salvar entrevistándola ni bien me sea posible. Mientras, debo señalar que en la bibliografía disponible {“Cuando las mujeres reinaban”, Mirta LOBATO} el título de Reina del Trabajo 1954 aparece otorgado a Susy Leyva, gran intérprete del tango). Gloria I, que dosifica sus salidas al Shoping, todavía deleita a los salteños (Segunda entrega de la serie “Beldades salteñas de mis tiempos, y de otros tiempos”) Más artículos de la categoría Historia y tradición |


