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mar 09 feb 2010
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Salteños ricos y espléndidos (III) Imprimir E-Mail
Escrito por Armando Caro Figueroa, el martes, 13 de febrero de 2007 (Ha sido leído 5084 veces)
Los hermanos Alberto, Víctor y Emilio San Miguel Ovejero

De la mano de su padre, Don Saturnino amigo que fue de don José Gregorio de Lezama y que en 1890 luchó para dotar a Salta de líneas telegráficas (un empeño que, en la era de Internet, bien podría inspirar a algunos intendentes hoy volcados excesivamente hacia los carnavales), estos tres jóvenes salteños añadieron a la formación recibida en el seno del hogar familiar la que les brindó su temprana estancia en Europa.

Heredaron de su padre el espíritu emprendedor; de su madre la imaginación, las ansias de libertad y el buen gusto.

Hacia comienzos del siglo XX, los hermanos San Miguel en sociedad con don David Ovejero, decidieron emprender la construcción del primer rascacielos de Buenos Aires, y edificarlo ajustándose a criterios de calidad, esplendor y belleza desconocidos por ese entonces en la capital de la República.

Para concretar tan ambiciosos propósitos, contrataron al eximio arquitecto piamontés Francisco Gianotti que se había destacado ya en Milán por sus trabajos de decoración del Palazzo Casanova y de la Piazza del Duomo.

Es decir, además de poner en marcha una empresa rentable, se propusieron, como buenos salteños cosmopolitas y cultos, asentar un pedazo de su admirada Europa en el centro de la ciudad de Buenos Aires y, de paso, rendir homenaje al General Martín Miguel de Güemes.

En 1915, con la asistencia del Presidente Victorino de la Plaza (el, hasta ahora, más ilustre salteño nacido en Cachi Adentro, pese a algunas operaciones que pretenden encumbrar en este sitial a otro cacheño contemporáneo), y tras vencer las enormes dificultades provocadas por la primera Guerra Mundial, los hermanos San Miguel vieron realizado su sueño e inauguraron las Galerías Güemes, un espléndido edificio que evoca a las Galerías Vittorio Emmanuele de Milán.

Al momento de la inauguración, el edificio contaba con catorce pisos, cuatro cuerpos, un teatro, dos restaurantes, una sala de fiestas (que funcionó como lujoso cabaret), 350 oficinas, 40 departamentos para vivienda y el ascensor más veloz de aquel tiempo.

Si bien, como es lógico, hay que atribuir tan bello resultado al genio de Gianotti, no puede ignorarse la aportación de los hermanos San Miguel en tanto, en primer lugar, eligieron a un arquitecto cuya línea estilística, renovadora y europeísta, era muy clara y, en segundo lugar, en vez de levantar una de esas horribles torres que hoy afean Salta (o esos hoteles 5 estrellas tan pretenciosos como malogrados), optaron por romper con la rutina edilicia y dar a la ciudad de Buenos Aires un edificio donde el confort, el buen gusto y el arte ornamental confluyen en un todo armónico.

Hay que añadir que el espíritu mundano, afrancesado, de nuestros comprovincianos inspiró, también y de alguna manera, la idea de mezclar el arte escénico (un teatro) con el ocio más frívolo (un cabaret). Así fue como en los primeros tiempos pasaron por el área de espectáculos de las Galerías Güemes, desde el dúo Gardel – Razzano hasta las más célebres cupletistas españolas.

Esta suerte de mestizaje urbanístico llamó la atención de Julio Cortázar que en uno de sus cuentos (“El otro cielo”) nos brinda una fantástica recreación del espíritu oculto de las Galerías (de la Güemes y de otras galerías del mundo), a la par que resalta su misterio y refiere la vida de las Galerías Güemes en un tiempo donde varios de sus recintos y salones, sin mengua de su belleza arquitectónica, daban albergue al pecado. Es, precisamente, esta evidente raigambre europea de las Galerías construidas bajo el impulso de los hermanos San Miguel, la que permite a Julio Cortazar realizar un magistral juego de espejos y trasladar casi caprichosamente la acción desde las porteñas Güemes a la Galerie Vivienne en Paris, aboliendo las distancias.

Fieles a Salta y a sus tradiciones familiares, los hermanos Alberto, Víctor y Emilio encomendaron mas tarde al mismo arquitecto Gianotti el decorado interior de la que fuera sede del Club 20 de Febrero (hoy una dependencia del gobierno de la provincia), la ornamentación del Parque 20 de Febrero, y la remodelación del popular Mercado San Miguel fundado en 1865 por don Saturnino, su padre.

Por cierto, es mas que probable que el actual Intendente de Salta, ilustre hijo de la Colonia Santa Rosa, empeñado en reforzar el carácter popular del mercado (su iniciativa del “Concurso de la Pizza” va en esta dirección), pero también en la loable tarea de reconciliar a nuestro tradicional Mercado con la higiene y con el orden, no haya tenido presente, a la hora de decidir algunos retoques estilísticos, que estaba incidiendo en detalles diseñados por una de las cumbres de la arquitectura de comienzos del siglo XX.

Las Galerías Güemes han sido recientemente remodeladas y los salteños informados que hoy la recorren pueden percibir en ellas el espíritu de los tres comprovincianos que las marcaron con su particular impronta.

(Quienes deseen conocer detalles mas precisos sobre los hermanos San Miguel y su familia, pueden leer la exquisita obra “Mi niñez” recopilada por Carmen San Miguel de Morano)
 

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