Mujeres salteñas inquietas |
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Escrito por el viernes, 16 de febrero de 2007 (Ha sido leído 4856 veces) La revista Escuela de Historia (número 3/2004) que edita la Facultad de Humanidades de la UNSA trae un interesante artículo de las licenciadas María Elina Tejerina y María Mercedes Quiñones sobre “Mujeres y representación política en Salta”. El trabajo analiza la participación formal de la mujer en las instituciones representativas de la provincia, a partir de 1951 (fecha de la aprobación de la Ley del voto femenino) y hasta 1983. Más allá de estas fechas, brinda también una breve panorámica de la actuación política de nuestras comprovincianas aún antes de aquel hito histórico, y apunta, certeramente, que “las mujeres de elite” tuvieron siempre una gran influencia en la vida cívica local. Recuerda, en este sentido y citando a Bernardo Frías, las empecinadas querellas entre realistas y patriotas a comienzos del siglo XIX. Y refiere el caso de Doña Delfina, la madre del poderoso Gobernador don David Ovejero, quién mandó a llamar a su hijo diciéndole: “Quiero que Luís Güemes sea Senador”. Dicho y hecho. Adviértase que la recomendación de la ilustre dama era, por lo demás, extremadamente prudente a juzgar por los quilates del candidato seleccionado, y atinada en un contexto donde las denuncias de nepotismo lanzadas nada menos que por el joven don Robustiano Patrón Costas amenazaban al núcleo del poder por ese entonces en manos de otra familia azucarera con ingenio en Jujuy. Ya en tiempos más próximos me tocó ser testigo de tres hechos o acontecimientos que muestran aspectos, diríase que curiosos, de la influencia y actuación de las mujeres salteñas en el intrincado mundo de la política. El primero de estos hechos que me propongo reseñar, ocurrió en 1970 fecha en la que me desempeñaba como director del diario Democracia. En esta oportunidad, un grupo de señoras cuya edad promedio rondaba los 70 años, decidieron convocarme para que el diario influyera a favor de unos y en contra de otros de los candidatos a ministro que analizaba designar el flamante Interventor Federal de la Provincia de Salta, a la sazón pariente cercano de las damas conjuradas. La reunión se celebró, rodeada de un gran secretismo, en la casona que una de ellas tenía en calle Mitre, y allí fui informado (sin que mi condición de notorio opositor pareciera preocupar a las damas interesadas en derrocar candidatos a ministros) de los tejes y manejes de los que habría de salir el nuevo gabinete provincial. La dueña de casa fue muy explícita al referir que el punto de vista que me transmitían era compartido por la mismísima esposa (y sobrina de las conjuradas) del señor Interventor Federal recién designado. Demás está decir que, antes de que el diario llegara a incursionar en el tema, el Gabinete ministerial salió tal y como lo reclamaban aquellas beneméritas damas, seguramente habituadas desde siempre a este tipo de operaciones en donde política y familia se entremezclaban incesantemente. El otro hecho al que quiero referirme aquí, sucedió un par de años después, cuando, ya en mi carácter de dirigente peronista, recibí una invitación a cenar en la lujosa residencia que la mujer más bella de entonces (no creo exagerar si extiendo su esplendor a 10 años antes y 20 años después de aquella cena) tenía en las cercanías del monumento a Güemes. Nuestra dama, prodigio de inteligencia y buenos modales, culta y siempre rodeada de libros clásicos y de otras obras de arte, históricamente vinculada a la vertiente neoconservadora del radicalismo, nos explicó sus intenciones de mediar para conseguir nada menos que la unidad de los peronistas. Para lograrlo, había sentado a su mesa, a un influyente senador por Anta, a un intelectual por entonces progresista, y a quién esto escribe, en aquel tiempo excesivamente joven para acompañar el intento. La espléndida cena, servida por camareros enguantados, no alcanzó para tan ambicioso propósito ya que las disidencias se mantuvieron, hasta que una orden tajante del mismísimo General Perón logró lo que aquella dama, en su candor enérgico, pretendía. El último hecho se relaciona con un congreso de las mujeres peronistas realizado en el Centro Argentino, probablemente en 1975, tiempo de turbulencias. La rama femenina estaba, como casi siempre, profundamente fragmentada, y el congreso fue el ámbito para que estos enfrentamientos llegaran a extremos tales como el que protagonizaron algunas (pocas) integrantes del grupo vencedor que, subidas en aquel histórico escenario, enseñaron su ropa interior a las derrotadas con el propósito de humillarlas. Si bien los años de normalidad democrática no alcanzan aún para eliminar las trapisondas ni al machismo incivil, han logrado abrir cauces a la paulatina integración igualitaria de la mujer en la vida política local. Más artículos de la categoría Sociedad |


