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Una porteña enamorada de Salta

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Escrito por Ana María Vázquez Magaña, el sábado, 17 de febrero de 2007 (Ha sido leído 3186 veces)

Llegué por vez primera a Salta entrando por Cafayate. Corría el año 1977, y la violencia que entonces azotaba a los argentinos me impidió conocer, con la necesaria morosidad, los Valles Calchaquíes.

Desde entonces me persiguen, hasta en sueños, su cielo azul y sus estrellas que de tan brillantes enceguecen.

Fue todo uno: pisar sueño salteño y saber que yo, pertinaz amante de los mares, había encontrado mi lugar.

La ciudad de entonces conservaba un numero importante de casas de típico estilo colonial, con sus amplios patios decorados con cerámicos sevillanos y aromáticas flores que invitaban a una visita que sus orgullosos dueños parecían insinuar.

Hoy, muchas de ellas sucumbieron a la perversa obra de la piqueta, y han sido reemplazadas por horribles bloques de cemento o por construcciones que parecen surgidas de las pesadillas de algún falso maestro mayor de obras.

Recorrer sus calles y pasajes, visitar la Catedral o la imponente Iglesia de San Francisco, detenerse en sus librerías con sabor a “antiguo”, disfrutar de la amabilidad de su gente o de la cadencia embriagadora de su lenguaje, forman parte de un encanto construido con calidez humana y con misterio.

El destino quiso que, muchos años después de aquel mi primer contacto, retornara a la ciudad de Salta por motivos profesionales.

La experiencia adquirida durante esta segunda etapa, fue muy rica: tuve contactos más intensos, me comuniqué con su gente. Así fue como pude entonces, mas que descubrir, comprender varias facetas de la salteñidad: desde la típica pregunta: “¿y vos de quien sos?”, hasta la timidez generosa de la gente que baja de las montañas, asemejados al paisaje y que, casi sin preguntar nada, aceptan al otro.

Cuando hube de afrontar aquella pregunta identitaria, lanzada para disipar dudas y facilitar vínculos, mi parentesco con un famoso personaje del cine nacional de los años 50 vino en mi ayuda. Mas tarde un curioso equívoco me emparentó hasta con Generales de la Independencia.

Contra lo que pudiera suponer alguien anclado en la querella que enfrenta a porteños y provincianos, mis relaciones con los montañeses son directas y fructíferas. Me enseñan, aprendo, vivo intensamente sus experiencias, su historia, sus relatos.

Unos de mis paseos favoritos es ir al Mercado San Miguel, verdadero oasis donde conviven olores, sabores, etnias. Allí suelo hacer mis compras diarias y comer (tras haber vencido la aprensión inicial, lógica en alguien acostumbrado a la pesadilla de aire acondicionado) alguna que otra empanadita que con tanta simpatía invitan sus hacedores. Me encanta ver cómo la gama de colores de las distintas verduras y frutas engalanan mi cesto y las hace apetecibles.

Pero hay algo más: Cuando llegó a la zona de Castellanos me invade una sensación de libertad, de plenitud, de paz y reconciliación que ni el más afamado psicólogo de Palermo podría interpretar.

Es que resulta muy fuerte salir de la agitada y tensa Buenos Aires y encontrarse, de pronto, con una variedad enorme de árboles, arbustos, lianas, flores, todos entretejidos en sugerente promiscuidad, y sumergirse en aquel armonioso sonido del río Castellanos cuando baja alimentado por deshielos o diluvios de montaña.

Y ese universo está allí, al alcance de mis manos y de cada uno de mis sentidos.




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